Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
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sábado, 1 de abril de 2017

CX aniversario de Ramón Nocedal y Romea

Ramón Nocedal Romea (Madrid, 1842-1907)
Pocas veces será tan aplicable y exacto el conocido dicho de «de tal palo tal astilla» como en el caso, y valga la aplicación, de Ramón Nocedal. Hijo de don Cándido Nocedal, el gigantesco político y gran orador que durante varios años, y hasta su muerte, rigiera el partido carlista, no puede extrañar que heredara las excelsas cualidades que en tan elevado grado brillaran en su padre. Tuvo buena escuela y supo sacar provecho de ella.

Formado en el culto de la verdad religiosa y en el amor de los principios tradicionales, comenzó su experiencia política al lado de su padre, en la brillante minoría tradicionalista que él acaudillara en las Cortes de 1871. Ajenos estaban los prohombres de los partidos liberales que se turnaban en el juego del poder, cuando eran incesantemente fustigados por el verbo irresistible y la poderosa argumentación de don Cándido Nocedal, que éste habría de supervivirse de forma tan adecuada y exacta en el terreno de la lucha política.

Murió don Cándido, pero si el enemigo equivocadamente respiró a su muerte, poco le duró el respiro. Porque con la muerte de don Cándido Nocedal no calló su voz, ni mucho menos murieron las doctrinas y principios que tan celosamente defendió en vida. En el progreso hereditario que, como tan acertadamente la definiera Mella, es la Tradición, poco importa la contingencia y brevedad de una vida. Los hombres mueren, pero los principios viven, y por encima de las contingencias personales, el caudaloso río de la Tradición española sigue y seguirá su curso, fluyendo intacto e incontaminado, cada día más limpio y clarificado, hasta el fin de los tiempos, cuyo secreto profundo sólo Dios posee.

Pero si la Tradición no muere, porque es historia viva que arranca del pasado, se perfecciona en el presente y prolonga en el futuro, cabría que una generación infiel —revolucionaria— tratara y aun consiguiera romper momentáneamente su fluir histórico, abandonando su servicio y traicionando con una sustitución,, a base de doctrinas exóticas y heterodoxas, al ser del país que ella constituye. Esto intentó hacer el liberalismo en España y esto fue lo que ni siquiera momentánea ni circunstancilamente consiguió. Porque la Tradición española, aunque traicionada por unos y abandonada por otros, no quedó rota ni falta de seguidores y defensores. El Carlismo la recogió y, haciéndose depositario de ella, la defendió contra doctrinas extrañas y la conservó al día, perfeccionándola con el talento de sus hombres y fecundándola con la sangre de sus mártires, para esperanza y salvación de España.

Pero si la Tradición española encontró en el Carlismo el eslabón preciso para no romperse ni perderse, si gracias a él ha podido guardarse su esencia y continuarse ininterrumpidamente su desarrollo histórico, merece señalarse, dentro de ella, esa supervivencia personal que he indicado al referirme a la muerte de don Cándido Nocedal.


Si las doctrinas tradicionales no murieron porque no podían morir, y ahí estaba el partido carlista para evitarlo, tampoco desapareció del panorama político español, a su muerte, la egregia figura de don Cándido.

Su voz no calló. Esa voz que provocara crisis en los gobiernos liberales y que tan valientemente atacara sus errores y extravíos, continuó resonando, en el Parlamento unas veces, y en los campos y ciudades de España otras, porque otro Nocedal, hechura fiel del primero, continuó, continua y constantemente, encargado de que no se apagaran sus ecos.

Cándido y Ramón Nocedal, dos nombres y un solo apellido, al servicio de un mismo Ideal. Y en esta fusión de personalidades y de ejecutorias en el cumplimiento de una misma y sagrada tarea, está contenido cuanto en explicación y elogio de ambos pueda decirse. Pues para ninguno de ellos cabe mayor elogio que el decir sencillamente que fue padre de tal hijo e hijo de tal padre.

Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor 
(La Coruña, 1821 - Madrid, 1885)

Con lo anterior queda ya implícitamente dicho que Ramón Nocedal y Romea dedicó su vida entera y exclusivamente al servicio de los ideales tradicionalistas que su padre le inculcara y defendiera.

Por ellos renunció a honores, posibilidades sociales y políticas, aficiones particulares y satisfacciones personales. Por ellos también sufrió toda clase de persecuciones y padeció afrentas, intrigas, calumnias e injusticias continuadas. No interesa su inventario, pero sí destacar cómo, en medio de ese mar de adversidades, permaneció siempre entero, erguido y firme, sin claudicar ni acobardarse, clamando incesantemente la verdad y luchando en su defensa hasta llegar a ser un ejemplo digno de ser seguido por las generaciones venideras.


Sus dotes personales eran verdaderamente extraordinarias. Poseía un gran talento histórico-crítico y una maravillosa capacidad de síntesis, evidenciadas en sus apuntes y escritos históricos, y constantemente presentes en sus discursos políticos.

Como orador, sorprenden su facilidad y elocuencia. Hablaba con sencillez cuando de cuestiones sencillas se trataba, y con gran calor, vehemencia y entusiasmo, cuando se proponía llevar al auditorio la fe en sus convicciones y creencias. Y siempre, con gran claridad y elegancia.

En todos sus escritos y discursos se manifiesta una lógica férrea, aguda y sutil. Sus razonamientos son siempre claros y sólidos: acorrala al adversario y le reduce a la impotencia descubriendo sus puntos débiles con fina perspicacia y asestando en ellos los golpes irresistibles de sus argumentos. Esto le hacía un polemista terrible y peligroso, tanto más, cuanto que a su perspicacia y dialéctica razonadora se unían una fina ironía y una profunda intención para confundir al enemigo y ponerle en evidencia.

Contestaba las interrupciones parlamentarias con gran serenidad y frases concisas. Profundo, ardoroso y acometedor siempre, conforme fue adquiriendo experiencia sus magníficas dotes se fueron perfeccionando hasta hacerse un orador intencionado, experto, extraordinariamente eficaz y mortífero en los ataques, a la par que cauto para no dejarse envolver ni caer en las trampas dialécticas de sus enemigos. Esto le hizo brillar con luz propia en Parlamentos en los que figuraban oradores de la talla de Cánovas, Canalejas, Salmerón, Silvela, Sagasta y Maura, con los cuales contendió ventajosamente en innúmeras ocasiones.

Cualidad suya permanente fue la de ser siempre correcto y prudente, aun en sus más claras y duras intervenciones parlamentarias. Respetuoso con las personas, supo siempre decirles las verdades precisas sin ofenderlas y jamás transigió con sus errores, ni con las doctrinas revolucionarias, las defendiera quien las defendiera.


Fundó, con la cooperación de su padre, «El Siglo Futuro» y continuó en el Parlamento varias campañas que él iniciara. Poseedor de una solidísima formación religiosa y política, se constituyó en incansable defensor de los vejados derechos de la Iglesia y de las doctrinas tradicionales españolas.

Motivo constante de sus actuaciones fueron la crítica de las medidas antirreligiosas y antitradicionales de los gobiernos liberales, y continuamente, con fe de iluminado y valentía heroica, expuso ante auditorios muchas veces hostiles y enemigos las verdades salvadoras que él había recogido de la religión católica y de la tradición española. Como dice don Agustín González de Amezúa en el prólogo a uno de los volúmenes de sus «Obras Completas» por él recopiladas, podrá haber sido llamado con toda justicia «procurador en Cortes por la Iglesia». Y las campañas políticas hicieron a su vez de él el más genuino defensor de los fueros y libertades de las sociedades infrasoberanas.


Mucho se ha especulado sobre los acontecimientos que le colocaron fuera de la disciplina carlista y le llevaron a fundar el Partido Católico Nacional, más corrientemente conocido por «integrista», en el que continuó defendiendo, en todos los campos, los principios tradicionales y las doctrinas que recibiera de su padre y del partido carlista.

No interesa ahondar en esta cuestión, zanjada ya por el tiempo, con la natural fusión y vuelta del integrismo a la Comunión Tradicionalista. Por encima de hechos lamentables y de contingencias circunstanciales, carlismo e integrismo lucharon por los mismos principios y contribuyeron a salvar las mismas doctrinas y, desaparecidas las causas que determinaron su separación, se encontraron otra vez juntos en la misma disciplina. Cabe, pues, olvidar esta riña de hermanos, y a la luz de la doctrina, que es lo eterno, por encima de los hechos accidentales, considerar a Ramón Nocedal, ahora, en 1951, como un tradicionalista carlista de siempre, y de los que, de forma destacada, han contribuido en grado máximo a la salvación de la Tradición española y a este vigor actual del Carlismo español, tan magníficamente evidenciado en el florecer de boinas rojas de 1936.

Con este criterio he preparado esta antología y por eso, bajo el epígrafe de «Carlismo», figuran unos textos que, si directamente se refieren al partido integrista, por su sentido y alcance convienen también exactamente al Carlismo, y sobre él habrían sido pronunciadas por s autor de no haberse producido los acontecimientos que determinaron el nacimiento del Partido Católico Nacional.


El pensamiento de Ramón Nocedal fue rico en concepciones y exacto en su expresión. Con intuición profunda descubrió las raíces de los males que aquejaban a España y con claridad meridiana, y con machacona insistencia, expuso las soluciones a ellos. Sus palabras —así cuando anunció la muerte de los partidos liberales y la ruina a que llevarían a España—, muchas veces resultaron proféticas. Y siempre, claras y luminosas para calar en el alma de España y guiar los pasos de quienes buscan la verdad política. Por eso, a los cuarenta y cuatro años de su muerte, conservan todo su interés y viva actualidad y serán, sin duda, sumamente provechosas para los lectores actuales que se preocupan por los problemas políticos.


Del preliminar de la Antología de Ramón Nocedal Romea, preparada por Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo, Editorial Tradicionalista, Madrid 1952, pp. 7-14.

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