Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

domingo, 30 de abril de 2017

Lutero pintado por los suyos

Martín Lutero

«Yo no me admiro, ¡oh Lutero!, de que verdaderamente no tengas vergüenza y te atrevas a levantar los ojos ante Dios y ante los hombres, por haber sido tan ligero y voluble que te dejaras llevar por instigación del demonio a tus más insensatas concupiscencias. Tú, fraile de San Agustín, has abusado, en primer lugar, de una virgen sagrada, que en otros tiempos habría expiado su delito con ser sepultada viva, y tú con ser azotado hasta morir. Y lejos de arrepentirte, ¡cosa execrable!, la has tomado públicamente por mujer, contrayendo con ella nupcias incestuosas, y abusando de la pobre y miserable doncella con escándalo del mundo, con reprobación y oprobio de tu nación, con desprecio del santo matrimonio, y con injuria y vilipendio de los votos hechos a Dios. Finalmente, ¡y es lo más execrable!, en vez de sentirte abatido y lleno de sentimiento y de vergüenza por tu incestuoso matrimonio, tú, ¡miserable!, haces alarde de eso, y en vez de implorar el perdón de tus miserables delitos, provocas con tus cartas y escritos a todos los religiosos a que hagan otro tanto.
ENRIQUE VIII DE INGLATERRA
Enrique VIII

«Dios, para castigar el orgullo y la soberbia que descubre en todos los escritas de Lutero, ha retirado de él tu Espíritu, y le ha entregado al espíritu del error y de la mentira, que siempre poseerá a los que siguen sus opiniones mientras que no se retracten de ellas.
CONRADO REISS, SACRAMENTARIO

«Ved cómo se esfuerza Satanás por apoderarse por completo de Lutero. No es raro el verle contradecirse de una página a la otra. Al verle entre los suyos lo creeríais poseído de una falange de demonios.
ZUINGLIO
Zuinglio

«Las gentes de bien no pueden menos de lamentarse del cisma funesto que has introducido en el mundo con tu arrogancia desenfrenada y sediciosa. —Lutero empieza a perder las simpatías de sus discípulos, hasta el punto que muchos de ellos le tratan de hereje, y afirman que, despojado del espíritu del Evangelio, ha sido abandonado a los delirios del espíritu humano.
ERASMO
Erasmo de Róterdam

«Verdaderamente, Lutero es en extremo vicioso. ¡Pluguiese a Dios que se hubiera cuidado de refrenar la intemperancia que trasciende de toda su persona! ¡Pluguiese a Dios que se hubiera parado un poco a reconocer sus vicios! —Lutero no ha hecho cosa que valga. —No conviene entretenerse en seguir sus huellas siendo papista a medias... Vale más fundar una Iglesia enteramente nueva. —Tu escuela —decía Calvino al luterano Westfal— no es más que una hedionda porquera. ¿Lo oyes, perro? ¿Lo oyes, frenético? ¿Lo oyes, bestia?
CALVINO
Juan Calvino

El Correo Español (18 de marzo 1893)

¡No a la retirada de la Cruz de los muertos de la Cruzada en Órgiva!

Animamos a todos nuestros lectores a firmar la siguiente petición: NO RETIRAR LA CRUZ DE LOS CAÍDOS DE ÓRGIVA.

Se trata de otra cruz que quieren quitar, esta vez en Órgiva, en la Alpujarra granadina, aludiendo razones de la falsa memoria histórica, que en realidad no es sino olvido histórico, pues la cruz, además de representar la fe cristiana de nuestros padres, sirve de piadoso recuerdo a los que murieron en la contienda de 1936.


Órgiva tiene muchas prioridades de las que debería ocuparse el Gobierno Municipal: carreteras infames, hospital, limpieza, infraestructuras municipales, juzgados, empleo, transparencia, participación....... Quitar esta Cruz que no contiene ninguna inscripción y ha sido punto de encuentro y disfrute de muchas generaciones no es ninguna demanda vecinal. No genera ningún conflicto. Actitudes talibanes de destrucción de una Cruz no producen ninguna reparación a nadie. Sólo se explica desde el intento de crear divisiones artificiales ya superadas.

NO RETIRAR LA CRUZ DE LOS CAÍDOS DE ÓRGIVA 

martes, 4 de abril de 2017

Reseña a la Biblioteca Literaria Carlista

Reseña a la Biblioteca Literaria Carlista.




Hace un par de semanas, se terminó en este blog de dar forma definitiva a una Biblioteca Literaria Carlista en la que se han incluido a numerosos autores que militaron en el carlismo durante toda su vida o una parte importante de su vida y en cuyas obras encontramos características comunes con el carlismo. También se ha incluido una sección anexa de autores no carlistas en la misma página, Literatura Tradicionalista, cuyos autores más importantes ya se abordaron hace una semana, además de otros autores que se han añadido y se irán añadiendo con posterioridad.

La principal de las características de la literatura tradicionalista es la importancia de la religión católica, pero también la defensa de lo regional, que se traduce en el gusto por la descripción de las costumbres locales en novelas costumbristas y naturalistas, y a menudo en la defensa de la lengua regional; destacando Pereda en el interés por la lengua montañesa, Pardo Bazán en la reivindicación del gallego y Marián Vayreda en la reivindicación del catalanismo político, siempre desde una órbita tradicionalista.

Nuestra Biblioteca se halla encabezada por los principales autores de la literatura carlista: Ramón María del Valle-Inclán, José María de Pereda, Francisco Navarro Villoslada y Marián Vayreda; cuyas obras se ha buscado organizar en función de su importancia o su interés, con la salvedad de Julio Nombela, cuya extensa producción hace difícil la priorización de sus obras.

Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) dio al mundo de la literatura al personaje carlista por excelencia: el marqués de Bradomín, un don juan «feo, católico y sentimental», que protagoniza las Sonatas de Primavera, de Estío, de Otoño y de Invierno (1902-1905), que tiene lugar en plena Tercera Guerra Carlista; y reivindicaría el carlismo en su serie de La Guerra Carlista (1908-1909). Dentro de la literatura general, Valle-Inclán es recordado también por ser su Tirano Banderas (1926) antecedente de las novelas de dictador y por inaugurar el género del esperpento con Luces de Bohemia (1920). Pereda fue uno de los máximos exponentes del realismo y el costumbrismo y es considerado el creador del género de la novela regional. Son muy importantes para la literatura carlista sus novelas de tesis. La Punyalada (1904) de Marián Vayreda (no hemos sido capaces de encontrar una edición digital de sus obras en castellano) es considerada una de las obras más importantes de la literatura de la Reanixença catalana y una de las máximas novelas de la literatura realista. Aunque Vayreda (1855-1903) abandonó el carlismo en 1896 por el catalanismo, éste seguirá muy influenciado por el tradicionalismo, especialmente en la época en la que sus discrepancias con los catalanistas republicanos y laicistas serán mayores. En este período escribe sus Records de la darrera Carlinada (1898) y Sang Nova (1899), una novela de tesis sobre el catalanismo.

Hemos relegado a Emilia Pardo Bazán (1851-1921) a un plano menor al que correspondería por la importancia y extensión de su obra a causa de la poca extensión de su período de militancia carlista, que según Xosé Ramón Barreiro se extendería hasta 1887 —si bien coincide cronológicamente con la serie que forman Los Pazos de Ulloa (1886) y La Madre Naturaleza (1887), considerada su obra maestra— y por su vida posterior poco ejemplar, tras la separación de su marido y las infidelidades hacia su amante el liberal Benito Pérez Galdós. A pesar de ello, es preciso reconocer la importancia de su extensa obra, siendo ella la introductora del naturalismo en España, que incluyen cuentos, relatos cortos, numerosos libros de viajes (en uno de los cuales, Mi romería, dedica el epílogo a describir al rey Carlos VII), diversas biografías, incluyendo las de Cortés y Pizarro, e importantes ensayos, destacando la cuestión palpitante (muy polémico) y tres tomos de la literatura francesa moderna.

En esta literatura encontramos el interés por las costumbres plasmado en forma de la novela costumbrista y realista. Se destaca los Pazos de Ulloa (1886) y Madre Naturaleza (1887) de Emilia Pardo Bazán y Escenas montañesas (1864), Tipos y paisajes (1871), Tipos trashumantes (1888) y Peñas Arriba (1896) de Pereda.

La importancia del catolicismo, aparte de la que tendrá en Pardo Bazán y su concepción particular (entiéndase: católica) del naturalismo, nos la encontramos en las obras de tesis de dos autores: José María de Pereda (1833-1906) y Manuel de Tamayo y Baus (1829-1898). Pereda escribiría A buey suelto (1888) para defender la indisolubilidad del matrimonio, y De tal palo, tal astilla (1880) para criticar la libertad de cultos; Manuel de Tamayo y Baus dedicaría exclusivamente sus obras a una finalidad moralizante y a atacar la pérdida de los valores tradicionales a partir de 1856 con La bola de nieve (1856), critica los celos con Lances de honor (1863), los duelos y el materialismo y el afán de lucro con Lo positivo (1862) y una diversidad de temas (infidelidad, amor imposible, honor...) en Un drama nuevo (1867).

sábado, 1 de abril de 2017

CX aniversario de Ramón Nocedal y Romea

Ramón Nocedal Romea (Madrid, 1842-1907)
Pocas veces será tan aplicable y exacto el conocido dicho de «de tal palo tal astilla» como en el caso, y valga la aplicación, de Ramón Nocedal. Hijo de don Cándido Nocedal, el gigantesco político y gran orador que durante varios años, y hasta su muerte, rigiera el partido carlista, no puede extrañar que heredara las excelsas cualidades que en tan elevado grado brillaran en su padre. Tuvo buena escuela y supo sacar provecho de ella.

Formado en el culto de la verdad religiosa y en el amor de los principios tradicionales, comenzó su experiencia política al lado de su padre, en la brillante minoría tradicionalista que él acaudillara en las Cortes de 1871. Ajenos estaban los prohombres de los partidos liberales que se turnaban en el juego del poder, cuando eran incesantemente fustigados por el verbo irresistible y la poderosa argumentación de don Cándido Nocedal, que éste habría de supervivirse de forma tan adecuada y exacta en el terreno de la lucha política.

Murió don Cándido, pero si el enemigo equivocadamente respiró a su muerte, poco le duró el respiro. Porque con la muerte de don Cándido Nocedal no calló su voz, ni mucho menos murieron las doctrinas y principios que tan celosamente defendió en vida. En el progreso hereditario que, como tan acertadamente la definiera Mella, es la Tradición, poco importa la contingencia y brevedad de una vida. Los hombres mueren, pero los principios viven, y por encima de las contingencias personales, el caudaloso río de la Tradición española sigue y seguirá su curso, fluyendo intacto e incontaminado, cada día más limpio y clarificado, hasta el fin de los tiempos, cuyo secreto profundo sólo Dios posee.

Pero si la Tradición no muere, porque es historia viva que arranca del pasado, se perfecciona en el presente y prolonga en el futuro, cabría que una generación infiel —revolucionaria— tratara y aun consiguiera romper momentáneamente su fluir histórico, abandonando su servicio y traicionando con una sustitución,, a base de doctrinas exóticas y heterodoxas, al ser del país que ella constituye. Esto intentó hacer el liberalismo en España y esto fue lo que ni siquiera momentánea ni circunstancilamente consiguió. Porque la Tradición española, aunque traicionada por unos y abandonada por otros, no quedó rota ni falta de seguidores y defensores. El Carlismo la recogió y, haciéndose depositario de ella, la defendió contra doctrinas extrañas y la conservó al día, perfeccionándola con el talento de sus hombres y fecundándola con la sangre de sus mártires, para esperanza y salvación de España.

Pero si la Tradición española encontró en el Carlismo el eslabón preciso para no romperse ni perderse, si gracias a él ha podido guardarse su esencia y continuarse ininterrumpidamente su desarrollo histórico, merece señalarse, dentro de ella, esa supervivencia personal que he indicado al referirme a la muerte de don Cándido Nocedal.


Si las doctrinas tradicionales no murieron porque no podían morir, y ahí estaba el partido carlista para evitarlo, tampoco desapareció del panorama político español, a su muerte, la egregia figura de don Cándido.

Su voz no calló. Esa voz que provocara crisis en los gobiernos liberales y que tan valientemente atacara sus errores y extravíos, continuó resonando, en el Parlamento unas veces, y en los campos y ciudades de España otras, porque otro Nocedal, hechura fiel del primero, continuó, continua y constantemente, encargado de que no se apagaran sus ecos.

Cándido y Ramón Nocedal, dos nombres y un solo apellido, al servicio de un mismo Ideal. Y en esta fusión de personalidades y de ejecutorias en el cumplimiento de una misma y sagrada tarea, está contenido cuanto en explicación y elogio de ambos pueda decirse. Pues para ninguno de ellos cabe mayor elogio que el decir sencillamente que fue padre de tal hijo e hijo de tal padre.

Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor 
(La Coruña, 1821 - Madrid, 1885)

Con lo anterior queda ya implícitamente dicho que Ramón Nocedal y Romea dedicó su vida entera y exclusivamente al servicio de los ideales tradicionalistas que su padre le inculcara y defendiera.

Por ellos renunció a honores, posibilidades sociales y políticas, aficiones particulares y satisfacciones personales. Por ellos también sufrió toda clase de persecuciones y padeció afrentas, intrigas, calumnias e injusticias continuadas. No interesa su inventario, pero sí destacar cómo, en medio de ese mar de adversidades, permaneció siempre entero, erguido y firme, sin claudicar ni acobardarse, clamando incesantemente la verdad y luchando en su defensa hasta llegar a ser un ejemplo digno de ser seguido por las generaciones venideras.


Sus dotes personales eran verdaderamente extraordinarias. Poseía un gran talento histórico-crítico y una maravillosa capacidad de síntesis, evidenciadas en sus apuntes y escritos históricos, y constantemente presentes en sus discursos políticos.

Como orador, sorprenden su facilidad y elocuencia. Hablaba con sencillez cuando de cuestiones sencillas se trataba, y con gran calor, vehemencia y entusiasmo, cuando se proponía llevar al auditorio la fe en sus convicciones y creencias. Y siempre, con gran claridad y elegancia.

En todos sus escritos y discursos se manifiesta una lógica férrea, aguda y sutil. Sus razonamientos son siempre claros y sólidos: acorrala al adversario y le reduce a la impotencia descubriendo sus puntos débiles con fina perspicacia y asestando en ellos los golpes irresistibles de sus argumentos. Esto le hacía un polemista terrible y peligroso, tanto más, cuanto que a su perspicacia y dialéctica razonadora se unían una fina ironía y una profunda intención para confundir al enemigo y ponerle en evidencia.

Contestaba las interrupciones parlamentarias con gran serenidad y frases concisas. Profundo, ardoroso y acometedor siempre, conforme fue adquiriendo experiencia sus magníficas dotes se fueron perfeccionando hasta hacerse un orador intencionado, experto, extraordinariamente eficaz y mortífero en los ataques, a la par que cauto para no dejarse envolver ni caer en las trampas dialécticas de sus enemigos. Esto le hizo brillar con luz propia en Parlamentos en los que figuraban oradores de la talla de Cánovas, Canalejas, Salmerón, Silvela, Sagasta y Maura, con los cuales contendió ventajosamente en innúmeras ocasiones.

Cualidad suya permanente fue la de ser siempre correcto y prudente, aun en sus más claras y duras intervenciones parlamentarias. Respetuoso con las personas, supo siempre decirles las verdades precisas sin ofenderlas y jamás transigió con sus errores, ni con las doctrinas revolucionarias, las defendiera quien las defendiera.


Fundó, con la cooperación de su padre, «El Siglo Futuro» y continuó en el Parlamento varias campañas que él iniciara. Poseedor de una solidísima formación religiosa y política, se constituyó en incansable defensor de los vejados derechos de la Iglesia y de las doctrinas tradicionales españolas.

Motivo constante de sus actuaciones fueron la crítica de las medidas antirreligiosas y antitradicionales de los gobiernos liberales, y continuamente, con fe de iluminado y valentía heroica, expuso ante auditorios muchas veces hostiles y enemigos las verdades salvadoras que él había recogido de la religión católica y de la tradición española. Como dice don Agustín González de Amezúa en el prólogo a uno de los volúmenes de sus «Obras Completas» por él recopiladas, podrá haber sido llamado con toda justicia «procurador en Cortes por la Iglesia». Y las campañas políticas hicieron a su vez de él el más genuino defensor de los fueros y libertades de las sociedades infrasoberanas.


Mucho se ha especulado sobre los acontecimientos que le colocaron fuera de la disciplina carlista y le llevaron a fundar el Partido Católico Nacional, más corrientemente conocido por «integrista», en el que continuó defendiendo, en todos los campos, los principios tradicionales y las doctrinas que recibiera de su padre y del partido carlista.

No interesa ahondar en esta cuestión, zanjada ya por el tiempo, con la natural fusión y vuelta del integrismo a la Comunión Tradicionalista. Por encima de hechos lamentables y de contingencias circunstanciales, carlismo e integrismo lucharon por los mismos principios y contribuyeron a salvar las mismas doctrinas y, desaparecidas las causas que determinaron su separación, se encontraron otra vez juntos en la misma disciplina. Cabe, pues, olvidar esta riña de hermanos, y a la luz de la doctrina, que es lo eterno, por encima de los hechos accidentales, considerar a Ramón Nocedal, ahora, en 1951, como un tradicionalista carlista de siempre, y de los que, de forma destacada, han contribuido en grado máximo a la salvación de la Tradición española y a este vigor actual del Carlismo español, tan magníficamente evidenciado en el florecer de boinas rojas de 1936.

Con este criterio he preparado esta antología y por eso, bajo el epígrafe de «Carlismo», figuran unos textos que, si directamente se refieren al partido integrista, por su sentido y alcance convienen también exactamente al Carlismo, y sobre él habrían sido pronunciadas por s autor de no haberse producido los acontecimientos que determinaron el nacimiento del Partido Católico Nacional.


El pensamiento de Ramón Nocedal fue rico en concepciones y exacto en su expresión. Con intuición profunda descubrió las raíces de los males que aquejaban a España y con claridad meridiana, y con machacona insistencia, expuso las soluciones a ellos. Sus palabras —así cuando anunció la muerte de los partidos liberales y la ruina a que llevarían a España—, muchas veces resultaron proféticas. Y siempre, claras y luminosas para calar en el alma de España y guiar los pasos de quienes buscan la verdad política. Por eso, a los cuarenta y cuatro años de su muerte, conservan todo su interés y viva actualidad y serán, sin duda, sumamente provechosas para los lectores actuales que se preocupan por los problemas políticos.


Del preliminar de la Antología de Ramón Nocedal Romea, preparada por Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo, Editorial Tradicionalista, Madrid 1952, pp. 7-14.

lunes, 27 de marzo de 2017

Un trío de excepción: Chesterton, Castellani y Tolkien

Resultado de imagen de castellani tolkien chesterton

La importancia de estos autores para la cultura católica contemporánea y para el mundo tradicionalista y anti-liberal nos obliga a incluir en nuestra Biblioteca de Literatura Tradicionalista un apartado especial para tres autores a los que todo carlista le deberían resultar familiares, si no sus obras, al menos sus nombres: Gilbert Keith Chesterton, Leonardo Luis de Castellani y John Ronald Reuel Tolkien. Estos tres autores se caracterizan por la profunda impronta religiosa de sus obras, en las que además encontramos ataques, más sutiles o más explícitos, al mundo moderno y a todo lo que supone.

G. K. Chesterton (1874-1936) fue un agnóstico convertido a la fe católica, que reflejaría profundamente en sus obras y a la que daría una interpretación original, cuyas principales ideas reflejaría en sus ensayos Herejes (1905) y Ortodoxia (1908), su continuación, considerada un clásico en apologética. También contribuiría decisivamente al Distributismo, cuyas ideas sintetizaría en sus ensayos Lo que está mal en el mundo (1911) y la más importante, Esbozo de Sensatez (1927).

Escribió una prolífica obra en la que se cuentan casi un centenar de novelas, cientos de poemas y de cuentos cortos y miles de ensayos. Cultivó numerosos temas entre los que se cuentan la apologética, la política y la historia, escribiendo una biografía de Santo Tomás de Aquino (1933) y de San Francisco de Asís (1925), y una historia de la humanidad titulada El hombre Eterno (1925). Su personaje más popular es el Padre Brown, un sacerdote católico protagonista de cuentos detectivescos recopilados en el Cándor del Padre Brown (1911), la Sabiduría del Padre Brown (1914), la Incredulidad del Padre Brown (1926), el Secreto del Padre Brown (1927) y el Escándalo del Padre Brown (1935).

Imagen relacionada
«Soy un hombre, y por lo tanto tengo los demonios dentro de mi corazón».
Padre Brown. El martillo de Dios.

El padre Leonardo Castellani (1899-1981) fue un sacerdote jesuita expulsado de la Compañía de Jesús en 1949. Es uno de los mayores referentes en Argentina del llamado nacionalismo católico y del catolicismo anti-liberal. Al igual que Chesterton, escribió cientos de artículos periodísticos de temática política, social, crítica literaria..., de los que recientemente Juan Manuel de Prada ha publicado una antología denominada Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI (2006); sin embargo el género que más cultivó fue el ensayo de múltiples temáticas, principalmente religiosa (¿Cristo vuelve o no vuelve?, el Evangelio de Jesucristo, El Apokalypsis de San Juan...), filosófica (San Agustín y nosotros, de Kierkegard a Santo Tomás de Aquino, Comentarios a la Summa Teológica...) y psicológica (Freud, Psicología Humana...) y política, como la colección de relatos satíricos el Nuevo Gobierno de Sancho (1942). Cultivó también la poesía, dejándonos su Libro de Oraciones (1951) y La muerte de Martín Ferro (1953). En ficción fue uno de los introductores del cuento policial en Argentina con Las nueve muertes del Padre Meri (1942) y el Crimen de Ducadelia y otros cuentos del trío (1959). En el género novelesco destacan Su Majestad Dulcinea (1956) y la futurística Juan XXIII (XXIV), donde noveló sus preocupaciones espirituales.

Resultado de imagen de leonardo luis castellani
Dios no nos pedirá cuentas por las batallas ganadas, 
sino por las cicatrices en la lucha. Leonardo Luis de Castellani

J. R. R. Tolkien fue un escritor profundamente católico dedicado a la fantasía y a la épica que creó una amplia mitología alrededor de su universo literario, a la cual dotó de una amplia y profunda simbología religiosa, adoptada en forma de alegoría. En su simbología se destaca el Anillo Único, Sauron y Gollum, representando al Mal y a sus diversas formas (Tentación, Diablo y Egoísmo), o a Gandalf representando al Papado, en el plano político de la novela, y la Resurrección (transformándose de Gandalf el Gris a Gandalf el Blanco tras su aparente muerte).

Buena parte de su obra está orientada al Universo del Señor de los Anillos, siendo las más importantes (aparte de El Hobbit y el Señor de los Anillos) el Silmarillión (1977) y la Historia de la Tierra Media (1983-1996), una extensa obra de 13 volúmenes que recopila todo el material del Señor de los Anillos, ambas recopilaciones en las que trabajo durante toda su vida. Sin embargo, también escribiría otras obras no relacionadas con el Señor de los Anillos: los poemas El viaje de Eärendel, La estrella vespertina (1914), El regreso de Beorhtnorth, hijo de Beorhthelm (1953), de tipo histórico y la colección de poemas Las aventuras de Tom Bombadil y otros poemas de El Libro Rojo (1962), si bien los dos primeros poemas están relacionados con el Señor de los Anillos, por petición de su tía de escribir una obra sobre Tom Bombadil, un personaje de El Hobbit.

Las principales obras de Tolkien son El Hobbit (1937), y el Señor de los Anillos (1954-1955), que originalmente iba a ser la continuación de El Hobbit, pero acabaría adquiriendo mayor importancia, siendo necesario dividirlo en seis libros y tres volúmenes (dos libros por volumen) debido a su gran extensión. Estas obras son para los lectores carlistas de más obligada lectura incluso que cualquiera de los de la Biblioteca Literaria Carlista, pues el tópico del rey exiliado y la esperanza de la restauración de su monarquía y de la instauración de un orden social cristiano, traducido en un estado orgánico y la mayor importancia del pequeño propietario, es una parte vital de la simbología católica que también se refleja en estas obras, encarnado en el rey Aragorn y en Thorin Escudo de Roble, que salen al final de éstas salen victoriosos satisfaciendo esas esperanzas. Con Thorin Escudo de Roble, uno de los personajes principales de El Hobbit es más fácil identificar con el rey carlista y su causa (aunque probablemente miguelistas, legitimistas franceses y jacobitas también se vean reflejados en su Causa); así, mientras Thorin es Don Carlos, cuyos vasallos se han repartido por el Orbe en el destierro de su patria, y la Compañía son los Carlistas activos que forman parte del Partido o Comunión, el malvado dragón Smaug, que derrocó a los reyes enanos, conquistó el próspero reino de la Montaña y aniquiló a buena parte de su población, representaría al liberalismo.

Todo esto, unido algunos detalles que el lector carlista podría identificar fácilmente con el carácter español, como el tópico de que los españoles somos de baja estatura, el prototipo del hidalgo español y la caballerosidad formal de los enanos, o el gusto por la fiesta y el banquete de españoles y enanos, hace fácil identificarse en la novela con los enanos pueden provocarle una mayor emotividad al relato, pudiendo emocionarse o llegar casi al borde de las lágrimas en ciertos pasajes, como el interrumpido discurso de Thorin, relativo a la recuperación del Reino.

Resultado de imagen de thorin escudo de roble
Thorin, Escudo de Roble en La desolación de Smaug, segunda parte de la adaptación de la novela el Hobbit.
Exiliado del Reino de la Montaña junto a su padre y a su abuelo, destronado por el dragón Smaug, guarda paralelismos evidentes con los reyes carlistas, especialmente con Carlos V, por su fuerte sentido de la realeza y por su carácter duro.

viernes, 24 de marzo de 2017

Doctrina carlista sobre el problema social, los principios tributarios y el militarismo

El problema social 

Las prevenciones y resoluciones de las denominadas cuestiones sociales las entendemos de tal suerte que sea, en general, la Sociedad misma —no el Estado— la que tome a su cargo el asunto, siguiendo en esto el camino de luz que trazó León XIII en la inmortal Encíclica Rerum Novarum. Por esto rechazamos y combatimos las absurdas propagandas que provocan las luchas de clases y propugnamos la armonía de todos los elementos de la producción como fuente fecunda del bienestar social. Por esto protestamos también del irritante intervencionismo de los Gobiernos, que intentan crear un corporativismo artificioso, complicado e infecundo, además de caro y fomentador de parásitos empleados innumerables, para conjurar los conflictos entre capital y trabajo.

Si como base firme de toda la organización natural, empezamos estableciendo el verdadero censo corporativo por la corporación misma, siempre abierto al individuo y a la clase, tendremos la realidad de los componentes y no la injusticia de la intervención abusiva socialista en los organismos oficialmente formados a título absurdo de mayoritismo ficticio, y, aunque fuera cierto, en perjuicio de sectores de trabajo dignos de representación.

Principios tributarios

Esencialísimo el orden económico y hacendístico para la prosperidad material de la Nación, ansiamos acreditar que no admitimos el subversivo principio socialista de que el Estado tiene derecho a participar de las utilidades de la riqueza y del trabajo de los ciudadanos —como dijo la Dictadura fenecida— sino que todos tienen el deber de cooperar al levantamiento de las cargas públicas en proporción a su respectivo haber, lo cual no es lo mismo, porque en lo primero se condensa todo el intervencionismo y ambición del Fisco, y en lo segundo toda la obligación, pero armada de facultad de impedir que el Estado se considere dueño y señor de las fortunas privadas e investigador inquieto de lo más íntimo y espiritual.

El militarismo

Debemos apuntar algo sobre el militarismo, temido por muchos, aunque no por los tradicionalistas, ya que lo previenen y resuelven estableciendo el servicio militar voluntario o profesional y la instrucción militar obligatoria, con lo cual el ahorro del Tesoro es incalculable y el de personal y material guerrero también, demostrando así nuestro espíritu pacifista y nuestro propósito de común defensa de la Patria como soldados y obreros y, a la vez, favorecemos la restitución de brazos a los oficios manuales y culturales. La reorganización de la Milicia debería ejecutarse sobre el fundamento de la interior satisfacción especial de los diversos Cuerpos armados en armonía perfecta con la unidad esencial, de mando en operaciones y sin gravamen económico ni moral para la Patria, como era de esperar del alto deber de los interesados.


Sentados: Sres. Conde de Arana, Marqués de Villores, Juan M. Roma y Lorenzo Sáenz.
De pie: Sres. Tomás Blanco Cicerón, Luciano E. Polo, Lorenzo de Cura y Conde de Rodezno

Tomado de las Doctrinas y anhelos de la Comunión tradicionalista (El Cruzado Español, 23 de mayo de 1930)

Firmantes: Marqués de Villores, Secretario general político en España de S. M. Don Jaime de Borbón, por el antiguo Reino de Valencia. — Conde de Arana, por el Señorío de Vizcaya. — Lorenzo Sáenz Fernández, por Castilla la Nueva. — Luciano Esteban Polo, por el antiguo Reino de León. — Juan María Roma, por el Consejo regional de Cataluña. — Lorenzo de Cura y Pérez Caballero, por Castilla la Vieja. — Conde de Rodezno, Joaquín Beunza, por la Junta regional de Navarra. — Tomás Blanco Cicerón, por el antiguo Reino de Galicia. — Sancho Arias de Velasco, por Asturias. — Antonio de Echave-Sustaeta, por Álava. — Francisco Guerrero Vílchez, por Granada. — José María Bellido Rubio, por Jaén. — Ildefonso Porras Rubio, por Córdoba.

domingo, 19 de marzo de 2017

Tradición y Antitradición (en la fiesta de San José)



En la historia de la divina Infancia de Jesús —período histórico que, como observan los expositores, en el Evangelio de San Lucas tiene por centro a la Inmaculada y en el Evangelio de San Mateo tiene por centro a San José— vemos cómo se encuentran y luchan la TRADICIÓN, la más augusta de las tradiciones, la de la esperanza en el Mesías, y la ANTITRADICIÓN, la más impía de las antitradiciones.

La Antitradición la representa Herodes. Este idumeo, «medio judío», como Josefo le llama, combate la Tradición de todos modos; pero la combate singularmente de un modo especial que consiste en dar a la lucha aspecto de conciliación. Por ejemplo: sintiéndose émulo de la gloria de Salomón, acomete la reconstrucción del Templo, en lo que se muestra amante de la Tradición y con lo que satisface a muchos creyentes. Pero tiene la audacia de colocar sobre la puerta principal del Santuario el águila de oro, símbolo del Imperio, como el águila de plata, con su haz de rayos de oro en las garras, había sido el símbolo de la República de Roma. El águila de oro era también un ídolo que, en tiempos de paz, veneraban los romanos en una capilla próxima al pretorio... Pretendió infelizmente conciliar la Tradición con la Antitradición, dando al César lo que es de Dios.

Esta conciliación provocó sangrientos tumultos que él castigó con mortandad horrible, no sin quemar vivos a los cabecillas. Nada ganaba con esto la Tradición. La Antitradición se llevó todas las ganancias. Por este camino se llegó a la vaticinada «abominación de la desolación», y a aquellos horrores de aquella ruina de Jerusalén que mucho antes de sobrevenir arrancaron de Jesús las lágrimas del flevit super illam.

La Tradición la representa San José. Para demostrar que el mesianismo de Jesús es el verdadero mesianismo, los evangelistas prueban que es el mesianismo tradicional; el de la ley y los profetas que en Jesucristo se cumplen. Y remachando este argumento tradicional, exhiben la genealogía de Jesús según la generación temporal. San Mateo cuenta catorce generaciones desde Abrahán hasta David; otras catorce desde David hasta la transmigración de Babilonia; otras catorce desde la transmigración de Babilonia hasta Jesucristo. Esta genealogía acaba así: «Y Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús.» Aquí es San José el representante de la Tradición, y el que da nobleza y realeza davídica al Verbo humanado.

Jamás se ve que el Patriarca de la Sagrada Familia intente conciliar la Tradición que representa con la Antitradición. Pero defiende y mantiene esa Tradición de manera que así como, mediante la conciliación lograba Herodes que la Antitradición ganara, así ganaba sin conciliaciones la Tradición, a quien la Antitradición servía cooperando a sus triunfos.

La Antitradición es el poder romano que ordena el empadronamiento. Para empadronarse tenían que ir a Belén los de la Casa de David. Aquel empadronamiento sirve para que a los ojos de todas las generaciones resalte el hecho tradicional de la descendencia davídica de Jesús, que nace en Belén adonde ha ido José a empadronarse como descendiente de David. La Antitradición que es Herodes principalmente, pone en fuga a la Sagrada Familia; la persecución servirá para que a los ojos de todas las generaciones resalte el cumplimiento del vaticinio mesiánico: «de Egipto te llamé». De regreso a la patria, José no residirá dentro de la jurisdicción en que impera, heredada por Arquelao, la política de Herodes; esto servirá para que resida en Nazaret y se cumpla el vaticinio que presenta al Mesías como nazareno. Por este camino la Tradición va de triunfo en triunfo, cooperando la Antitradición, con quien no hay contubernio. Es verdad que la Tradición tendrá que ir al Calvario. Pero es que en el Calvario es la Redención. Si no fuera al Calvario no sería la Tradición...

Hemos esbozado una de las infinitas razones que movieron a nuestros mayores a proclamar patrono de los defensores de la Tradición española a San José...

FABIO

El Siglo Futuro (19 de marzo de 1935)

viernes, 10 de marzo de 2017

El General "NO IMPORTA"

Por D. Juan Vázquez de Mella

El general Cabrera rompe el cerco de Morella, obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Es la perseverancia la virtud del héroe, y la resignación en el infortunio la del mártir.

Constancia en el combate para no rendirse, y sublime paciencia en la desgracia para no ir por el camino de la desesperación a la locura o a la vileza, son grandezas del alma que brotan del sacrificio, fuente inexhausta de las bellezas morales. Y el sacrificio supone el imperio de la voluntad sobre las solicitaciones de la concupiscencia y la idea luminosa del deber sojuzgando al entendimiento, y las dos cosas juntas una energía irresistible que hace de la vida un dilema entre el honor o la muerte.

Ni la victoria colma nuestros anhelos, ni la desgracia rinde con la postración del desastre nuestras fuerzas.

España, que, paladín armado del derecho, ha salvado en una cruzada, siete veces secular, la civilización universal del simoun de los desiertos africanos; y en las contiendas de este siglo, luchando cuerpo a cuerpo con la revolución, ha demostrado que será, en la nueva edad que ya comienza, la Covadonga de Europa.

Nuestro pueblo hace de la desgracia el escabel de la fortuna, y de la derrota el pedestal de la victoria.

Por eso, al conmemorar a nuestros mártires y a nuestros héroes, sería la mayor de las injusticias no celebrar la memoria del más grande de los héroes y los mártires, del que resume y condensa así toda nuestra historia y compendia en su nombre, que significa la firmeza del triunfo y el desprecio de la muerte, lodos los rasgos de nuestro carácter, el sublime general NO IMPORTA, emblema de nuestra raza.

El joven Príncipe que después se llamó Carlos V, oponiendo a Napoleón, en el castillo de Marrac, el non possumus del honor en medio de la debilidad y vileza de Carlos IV y Fernando VII, se yergue, al lado de los que cayeron en el Parque y entre los escombros de Zaragoza, como una de las figuras más hermosas, que el odio político ha tratado de cubrir con el velo del silencio, en ese cuadro portentoso que iluminan las descargas del 2 de mayo, las bombas de Gerona y las estrellas arrancadas al cielo de la victoria en Arapiles y Bailén.

Desde el héroe de Arquijas hasta los mártires de Abanto, en las ondas de ese río de sangre generosa que socava los muros del agrietado alcázar revolucionario, se oye, como un murmullo solemne que parece la voz de la Patria, el perpetuo NO IMPORTA español que nos recuerda el deber de no rendirnos nunca al infortunio y alzar altivos la frente en las horas de las grandes tristezas nacionales, recordando las magnificencias del pasado, para salir de las desgracias del presente, fijos siempre los ojos en aquella Bandera que ondeará con su lema glorioso, cifra de nuestros amores y de nuestras esperanzas, sobre los trofeos de la victoria el día en que, aplacada la justicia de Dios con la penitencia, podamos recoger el galardón de tantos sacrificios como aun en este siglo ha ofrecido el gran héroe y el gran mártir, el general NO IMPORTA, oponiendo su pecho a la metralla para que no llegara hasta el altar.

Artículo publicado en El Correo Español el 10 de marzo de 1905, reproducido por El Requeté (Buenos Aires, 1 de marzo de 1939)

sábado, 25 de febrero de 2017

Reseña de «El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)» de Mercedes Vázquez de Prada

Publicamos hoy la reseña bibliográfica en inglés que amablemente nos envía nuestro nuevo colaborador extranjero, Arvo Jokela, sobre el reciente libro de la historiadora Mercedes Vázquez de Prada «El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)», ganador del XIV Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi”. Este libro puede ayudarnos a comprender mejor los entresijos de un periodo en el que unos supuestos carlistas no tradicionalistas —contradicción en sus propios términos—, al tiempo que colaboraban con el General Franco, trataban de desnaturalizar el carlismo, que en aquel momento experimentaba un verdadero auge, para convertirlo en objeto de sus veleidades izquierdistas. Todo ello culminaría con la traición del príncipe Carlos Hugo a la Santa Causa cuando en 1968 vio desvanecerse sus esperanzas de ser nombrado sucesor de Franco a título de rey.


Mercedes Vázquez de Prada, El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967), Schedas, Madrid 2016, ISBN 9788416558407, 356 pages in total, 34 illustrations, soft cover, available also for electronic devices, market price in Spain around €15. 

Historiography on Carlism during the Francoist era keeps growing especially since the late 1980s; it currently amounts to some 200 titles, around 50 of them being major works. The last two years proved particularly fruitful; two PhD dissertations completed were Invierno, primavera y otoño del carlismo (1939-1976) by Ramón María Rodón Guinjoan, accepted at Universitat Abat Oliba CEU in 2015, and La resistencia tradicionalista a la renovación ideológica del carlismo (1965-1973) by Daniel Jesús García Riol, accepted at Universidad Nacional de Educación a Distancia also in 2015. Unfortunately though perhaps understandably, none of these works was known to Mercedes Vázquez de Prada, who at the same time was pursuing her own study. In 2016 it was awarded (ex- aequo with another work) the XIV Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi”, and the same year it was released commercially as a book.

The Progressist bid to take control of Carlism is the subject of numerous works, including major studies of Caspistegui Gorasurreta (1997) and Martorell Pérez (2009). None of them is the ultimate and definitive word on the issue; as some works are focused on limited periods, some examine specific threads, some pursue partisan approach, some are plagued by scholarly deficiencies and none explored all sources available, there is still room for further research. This is why the work of Vázquez de Prada is certainly welcome, even though the author does not aspire to general synthesis of the topic. Declaring the 1960s “key moment in history of the Carlist movement”, she concentrates her attention on this very period and identifies her objective as finding “why the Traditionalist project collapsed”. The answer is structured into 5 chapters, each covering usually a bi-annual period and each subdivided into some 20 brief sub-chapters, usually covering specific episodes within the timeframe discussed.

Apart from historiographic and documentary publications listed in bibliography, the book is based on personal archives. They key one is this of Jose Maria Valiente, a set of personal documents which has been barely taken advantage of so far. Exploring it is perhaps the most fundamental advantage of the work; with Vázquez de Prada’s book the source base on Carlism gets broadened by new records, so far unaccounted for and not referred by any other scholar. The author should also be given credit for referring a number of documents in large and descriptive detail; to future students who might not have access to Valiente’s correspondence, the book might serve as a meta-source itself. On the other hand, one can hardly help the feeling that the work is overfocused; perhaps up to 75% of all the references point to the Valiente’s archive. Though as Jefe Delegado he was obviously the key Carlist politician of the period in question, adopting such a perspective poses serious questions as to how representative the picture painted is, given most letters quoted are either written by Valiente or by people who remained on at least correct if not straightforwardly amicable terms with him. Undoubtedly, as one of the last bulwarks of Traditionalism in the increasingly Progressist realm of Comunión Valiente seems to be a good choice as a focal point of the discourse targeting the collapse of Traditionalism. The problem with Vázquez de Prada’s book is that Valiente and his political entourage are referred as the only Traditionalist fortress. Given declared objectives of the author, this seems to be a hardly acceptable narrowing of discussion. The Traditionalists mounted their defense also beyond Valiente’s circle, e.g. in Juntas de Defensa or Baleztena-dominated Pamplonese realm, and especially beyond the orthodox Comunión, in RENACE, by remnants of the Carloctavistas, among some tending to Juanismo or Franquismo or by intellectual circles organized around various periodicals and Centro de Estudios Zumalacárregui. The result is that the book reads a bit like a political biography of Valiente during his jefatura, even though the author explored also personal archives of Manuel Fal Conde and few others Carlist figures.

The author singled out 1957-1967 as the period crucial for fate of the post-Civil War Carlism. Such a choice allows to sharpen the perspective to a fairly concise timeframe and to stay highly focused; the result is that the work is abundant in detail and very informative. On the other hand, such a choice seems controversial and debatable. The period until 1961, it is prior to Carlos Hugo settling in Madrid, appears to be just a run-up to the conflict between Traditionalists and Progressists rather than part of its most heated phase, which indeed was probably over with resignation of Valiente in 1967. Including the years of 1957-1961 would logically call for including also the years of 1968-1971, when the Progressists consumed their victory in struggle for domination in the Comunión and completed transformation of the organization into a new entity. Either the ultra-focused choice of 1962-1967 or a somewhat broader 1957-1971 perspective would seem logical; settling for 1957-1967 does not. As the border dates chosen mark also Valiente’s tenure as the Carlist leader, one is left with an even stronger impression that Vázquez de Prada’s work is rather the chronicle of his leadership.

What works to author’s advantage is that throughout all of her study she remains fairly restrained. Vázquez de Prada refrains from making audacious suggestions, drawing captivating parallels, advancing puzzling theories, pursuing intriguing speculations, drawing impressive schemes. Her narrative is balanced and unobtrusive, descriptive and very matter-of- fact. However, having closed the book one might be left with an impression that this restraint has been carried a bit too far along the way. Apart from periodization proposed, the book scarcely offers any theoretical superstructure built upon this solid descriptive and reconstructive foundation. Most of the reading is recording one episode after another and they are barely structured or analyzed to sublimate key lines of development, list major factors, draw process maps or plot principal agents on the chart defined by basic lines of conflict. It is very surprising though perhaps also telling that the work ends simply with describing circumstances of Valiente’s resignation; though one assumes that the next section to read would be a synthetic summary offering a number of conclusions, in fact there is none. The question, asked by Vázquez de Prada in the introduction, remains unanswered, at least not explicitly by the author, and a reader is left with his own thoughts. Some, including the undersigned, might find it a bit disappointing.

What makes the book a very interesting read is that the author discusses a number of episodes which were either ignored or barely noticed by other scholars. The attempt on Valiente in mid-1957, the gathering in Hendaya in late 1957, Consejo Privado session of 1962, National Council in Valle de los Caidós in late 1962, the re-appearing question of Libro Blanco, assembly in La Oliva in 1965, Primer Congreso Carlista of 1966 and a number of other events are for the first time neared in detail, possibly re-defining the historiographic vision of trajectory of transformations within the Comunión. Some readers might feel prompted to adjust their understanding of how the Traditionalists lost their grip on the organization. The undersigned tended to locate the moment when the balance of power shifted towards the Progressists in the mid-1960s, perhaps in 1965, when Zavala became head of Secretaría Técnica. Having read the study of Vázquez de Prada I consider it necessary to push this moment two years earlier, to 1963, when departure of a number of individuals combined with re- organization of party executive relegated the Traditionalists to minority position at least in the governing structures of the Comunión. On the other hand, in the Carlist history of the 1960s there are many episodes which were obscure and remain so also after the lecture of Vázquez de Prada’s recent work. Though the author a number of times discusses marginalization of Zamanillo, one still fails to understand the mechanics of the process and why the Traditionalists permitted it to happen. The stand of Massó and his entourage during 1964-1966 remains another highly unclear issue, with their motivations and objectives remaining fairly enigmatic; is it legitimate to consider the group sort of a third force, associated neither with the Traditionalists nor with the Progressists? These and other episodes will still wait for a satisfactory insight.

Final words of compliment should be directed both to the author and to the editor. Unfortunately it is not a standard in Spanish historiographic works to be accompanied by indexes, which is not the case of Vázquez de Prada’s book (though the index attached is far from perfect, e.g. Manuel Fal Conde is not listed as appearing on page 293 or Jose María Araúz de Robles on page 63). Footnotes are conveniently placed at the bottom of the page and the text is free from glaring typos. Regrettably, Roberto Gonzalo Bayod's name being miswritten a number of times as Roberto García Bayod, and a mis-typed date of 1975, referring to Carlos VII (p. 283), make a reader ask himself whether there are any less obvious glitches remaining. An interesting assortment of illustrations, few of them not published elsewhere, complete the nice experience of spending time in the company of the book, though one is left wondering whether the cover picture, being a mirror image of a photo published inside, is an editorial oversight or some sort of a hidden message on part of the author.

Arvo Jokela

viernes, 17 de febrero de 2017

Miguel Fernández Peñaflor, periodista tradicionalista

Tal día como hoy, el 17 de febrero de 1935, moría el antiguo y benemérito periodista católico, director que fue de El Correo Español, don Miguel Fernández, que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de Miguel de Peñaflor.

Nació en Murcia, en 1877, de familia conocida por sus ideas católicas. Se hizo bachiller en el Instituto de Murcia. Su vocación por el periodismo le apartó de la Facultad de Medicina de Valencia, donde estudió dos años con gran brillantez, y marchó a Murcia, dónde se consagró al periodismo, dirigiendo La Semana Católica, y alternando en sus ocupaciones como profesor de Lengua en los Colegios de Segunda enseñanza de Nuestra Señora de las Mercedes y de San Antonio.

Los éxitos de La Semana Católica convirtieron a ésta en diario, con el título de El Correo de la Noche. Allí realizó formidables campañas en favor de sus ideales, campañas que se tradujeron en la fundación de un Círculo Católico de Obreros, del que Peñaflor fue el alma, auxiliado por los profesores del Seminario Conciliar de Murcia, don Antonio Muñera y don José María Molina, y el propietario murciano don Mariano Palarea.

Después, dio multitud de conferencias en Murcia y en los pueblos de la provincia, defendiendo la Causa Tradicionalista, fundando el Círculo Carlista de Murcia y contribuyendo a la organización de la Comunión en aquella región. Su palabra fácil, brillante, elocuentísima, era oída con verdadero entusiasmo, y los murcianos le eligieron concejal de su Ayuntamiento por gran mayoría de votos. Entonces era alcalde de Murcia D. Juan de la Cierva y Peñafiel, quien, al conocer los méritos del señor Fernández, trató en muchas ocasiones de llevarlo a su campo, sin conseguirlo.

Como escritor, es seguramente el que más produjo en el campo católico. pueden contarse por más de treinta mil artículos los que salieron de su pluma. Era el maestro de muchos periodistas que después honraron con sus firmas las columnas de los periódicos católicos de España.

Cuando llegó a Madrid, fue requerido para ocupar puestos de importancia en el periodismo; pero él, que vivió siempre consagrado a la defensa de los ideales católicos, no quiso escribir más que en las publicaciones de sus ideales.

En El Correo Español Peñaflor escribió durante mucho tiempo, alternando con Eneas (Benigno Bolaños), editoriales repletos de doctrina. El marqués de Cerralbo sentía verdadera admiración por el señor Fernández, y lo nombró director del órgano del carlismo. El Correo Español alcanzó en la época en que lo dirigió don Miguel Fernández las mayores tiradas, principalmente durante la guerra europea, en la que superó en número de ejemplares a todos los diarios que se publicaban en Madrid por la tarde.

Vázquez de Mella, muy amigo suyo, quiso que Peñaflor dirigiera la segunda época de El Pensamiento Español fundado por el ilustre escritor don Francisco Navarro Villoslada. Y ese periódico lo dirigió con gran acierto desde su reaparición hasta su muerte.

También escribió mucho en El Universo, en donde sustituyó a don Juan Menéndez Pidal, como subdirector, y los últimos años de su vida dirigió la agencia de información Prensa Asociada.

A los cincuenta y ocho años, y para demostrar que todavía era capaz de mucho, emprendió la carrera de Derecho, que terminó en dos años.

El gran Juan Vázquez de Mella quería y admiraba a Peñaflor como nadie, porque sabía de sus talentos, de sus virtudes y de sus renunciaciones. Los dos grandes hombres. Mella y Peñaflor, se comprendían y estimaban en lo que valían y eran, quizá sin proponérselo, espuela mutua de sus vidas admirables.

Peñaflor, hijo preclarísimo de la luminosa vega murciana, recibió un día el encargo de sus paisanos de llevar a Mella a Murcia, como mantenedor de unos juegos florales.

—Lo que usted quiera— le respondió don Juan a Peñaflor.

Mas llegó la fecha convenida, y Mella dio en la flor de resistirse, más que llevado de la pereza, como creían los miopes, de aquella vida intensa de trabajo interior que dialogaba con su espíritu prócer y fecundísimo.

—No puedo ahora... Estoy enfermo, fatigado...
—Pero, ¿cómo? —le dijo Peñaflor con aquella rudeza de varón de hierro que era su característica— ¿Es posible que usted me deje como informal ante mis paisanos? No, no puede ser. Les he dado palabra que iría usted, y por encima de todo, como sea, entero o en pedazos, en el tren o en una espuerta, usted va a Murcia... ¡Pues no faltaba más!... 

Y Mella, que en estos menesteres era capricho y débil como un niño, fue a Murcia.

Le acompañó Peñaflor, que por el camino le iba diciéndole:

—No crea usted, querido don Juan que con venir a Murcia está todo hecho. Es necesario que usted se supere a sí mismo, que los arrastre, que los ponga de pie en las butacas. De lo contrario, habrá usted fracasado en Murcia, que es tierra de poetas y de oradores insignes.
—Y ¿qué? —le preguntaron a Peñaflor con la curiosidad en carne viva— ¿Qué pasó?
—Pues que antes de los cinco minutos los murcianos estaban de pie, enloquecidos, magnetizados, por la elocuencia maravillosa del gran tribuno.

Tal fue, a grandes rasgos, la vida del insigne periodista católico, Miguel Fernández Peñaflor. Antes de morir, pidió que le administraran los Santos Sacramentos, que recibió con verdadera unción, y en sus últimos momentos, rodeado de su esposa y de sus hijos, no pensaba más que en recomendar a los suyos la defensa de sus cristianos ideales.

Momentos antes de morir, después de rezar fervorosamente el Rosario, sus labios pronunciaron esta frase, que habla con más elocuencia que muchos discursos: «Aprended, hijos míos, a morir cristianamente».

Fuentes:
El Siglo Futuro (17/02/1935)
La Lectura Dominical (23/03/1935)

martes, 31 de enero de 2017

Los últimos de Filipinas

«Los últimos de Filipinas», la original, dirigida en 1945 por Antonio Román, con un gran elenco de actores, es una bella película, de factura impecable, que está por lo menos a la altura de las grandes superproducciones estadounidenses de la época.

Sirve como antídoto contra la pésima película del mismo título dirigida por Salvador Calvo en 2016, film ridículo y panfletario, contra España y de espaldas a la historia. Apoyado y subvencionado, por supuesto, por el Gobierno del PP y por los grandes consorcios mediáticos.

Tomado de la Agencia FARO



LOS SOLDADOS DE BALER

No decimos los héroes, á cosa hecha. Soldados eran cuando se defendieron como tales; soldados duros, inconmovibles ante el empuje del enemigo; soldados en toda la extensión de la palabra; soldados como lo fueron todos los españoles mandados por jefes como don Juan de Austria, Roger de Lauria, Gonzalo de Córdova, el duque de Alba, Reding, Álvarez, el Empecinado y Mina.

Soldados que creían en la honra nacional, cuando aguantaron asedio estrechísimo, cuando se defendieron, en tanto que los otros capitulaban; soldados de verdad; pues, sin esperar ajeno auxilio, abandonados de todos, menos de la fe que alentaba en sus corazones, supieron demostrar que el indomable espíritu que anima nuestra raza, dormita tal vez unos momentos, pero no se extingue, no muere, no acaba.

Miente ó se engaña quien afirma que el espíritu no doma ni moldea la carne. Hemos visto en Francia, los últimos supervivientes de la famosa carga de Reichschoffen; hemos visto en España, al héroe de las Tunas, á los voluntarios catalanes que combatieron en Tetuán y en Wad-Ras á las órdenes de Prim. Sobre todas aquellas caras bronceadas, fulguraba y fulgura una luz que no ilumina las facciones de los demás soldados. Los cuerpos se yerguen con mayor gallardía, las frentes se levantan con mayor dignidad. Es que todos aquellos hombres han recibido el bautismo de gloria; es que todos han visto la muerte cara á cara. Y así como el fuego deja una marca indeleble sobre cuanto toca, así también la gloria y la muerte imprimen un indeleble sello sobre sus elegidos.




Ved sus rostros morenos, curtidos por la intemperie, atezados por la flameante hoguera del sol de los trópicos; ved su continente marcial, la firmeza de sus movimientos, la rapidez y energía del gesto, la mirada fija, serena, dura, sostenida; esa mirada que doma á los felinos, que hace retroceder á los otros hombres; ved la inmovilidad de las facciones, petrificadas por el peligro continuo; mirad uno por uno á esos hombres, y, al advertir su continente reposado y decidido á un tiempo, su apostura gallarda, os explicaréis su conducta heróica, diréis: «Esos son los héroes de Baler; esos, esos solamente son los soldados de España.»

Merced á su titánico arrojo, nuestro pabellón ondeaba aún en Filipinas once meses después de haber capitulado Manila.

Sitiados por los tagalos en Baler, pueblecillo en la costa oriental de la Isla de Luzón, resistieron cerca de un año, desde el convento que les servía de fuerte, las agresiones constantes de sus feroces enemigos; y sólo cuando, faltos de salud, víveres y municiones, se vieron imposibilitados en absoluto de defenderse, aceptaron una capitulación gloriosa, con todos los honores de guerra. Una escolta de honor, formada por sus mismos contrarios, les acompañó hasta las puertas de la capital, en donde fueron recibidos por los victoriosos yankees con vítores y palmas.

Cuando todos los muros se cuartean, cuando todo se hunde, cuando la desolación y la ruina anonadan todo lo fuerte y todo lo inconmovible, saludemos con respeto, con religioso respeto, á ese puñado de valientes que quizá algún día se convierta en legión; descubrámonos á su paso, y digamos una vez más, con entusiasmo, con orgullo: «¡Estos son los soldados de España! ¡estos son hombres!»

ÁLBUM SALÓN (Barcelona, 1.º de marzo de 1899)

domingo, 29 de enero de 2017

Historia de la prensa carlista

Hoy, día de San Francisco de Sales, Patrón celestial de los periodistas católicos, queremos acordarnos de todos los periodistas tradicionalistas de los siglos XIX y XX que pusieron sus plumas al servicio de Dios y de la Patria y dedicaron sus mayores esfuerzos y sus propias vidas al Ideal imborrable de la Tradición española, Tradición inmortal que los irreductibles de la Causa tres veces santa, como buenos hijos de la Iglesia y de España, seguimos defendiendo y defenderemos siempre a toda costa. Con su sacrificio en mente, reproducimos un artículo de Claro Abánades sobre la prensa tradicionalista aparecido en El Siglo Futuro en abril de 1935.

San Francisco de Sales, Doctor de la Iglesia,
Patrón de los periodistas católicos

PRENSA TRADICIONALISTA

El Liberalismo entró en España en el siglo XVIII. Se le abrieron las fronteras y se introdujo en la política, en el campo, en las ciudades, en los hogares. Llevó la discordia a las familias. Sembró la cizaña en el pueblo. La paz, la fraternidad, el amor a la Patria, el apego a la Religión fueron faltando. España cayó en su mayor postración. Faltaban alientos, porque mató el error el fuego de las esperanzas y el consuelo de la fe. Quedó un grupo de hombres a quien no se le pudo arrancar ni la fe en los destinos de la Patria, ni la esperanza en el triunfo. Malandrines de la moral, renegados de su
Dios, asaltantes de alcázares y templos, saqueadores de honras, echaron, con su baba inmunda, una mancha a la gloriosa historia de un pueblo, que causó envidia y admiración al mundo.

Pero todo pasa ante la Verdad. Despojos, ruinas, escombros, miserias, fango, inmundicias, hojas secas que el viento distribuye por todas partes. Todo pasa. Y lo que no, ya pasará. Los tiempos se suceden. Las lecciones de la Historia muéstranse con singular elocuencia.

Se atacó a la Tradición, y la Tradición, con su vejez, con sus arrugas venerables, levanta su voz, y ostentando su estandarte dice a las generaciones:

—Soy inmortal. No muero nunca, Porque, si muriera, el Progreso caería herido de muerte. Yo sostengo en el rescoldo de la hoguera de las Revoluciones el hálito de vida de los pueblos. Entre el polvo de los castillos, entre las piedras calcinadas de los templos incendiados, entre el estrago de las falsas doctrinas, soy como el Fénix. Sin mi, la Civilización perecería. Sin mi espíritu no habría más que escorias muertas. Anciana soy, como una de las primeras obras de la Creación. Pero soy necesaria, porque soy la única destinada por Dios a dar juventud eterna a la obra de los hombres.

Así habla la Tradición a esta generación, del mismo modo que habló a las anteriores, de la misma manera como hablará a las venideras. Inmutable, seguirá desplegando sus banderas por los siglos de los siglos. Y triunfará y acabará por ser vencedora en las lides de la inteligencia y de la política, de la guerra y de la paz.

Para ello se ha servido de sus hombres, de los que nunca claudicaron entre los halagos del error. Para ello ha tenido en sus filas un ejército de abnegados, de mártires, de sabios y de santos. Para ello se esgrimió la espada. Para ello ha contado con quienes han movido su pluma defendiendo nobles ideales. Espadas sostenidas por manos en las que se reflejaban los latidos de un corazón generoso. Plumas que vertían por sus puntos esencias de verdades salvadoras.

Judíos, liberales, masones, regalistas, herejes, hombres sin Dios, incendiarios de iglesias, desamortizadores, volterianos, todos ellos volcaron sus odios, sus malas pasiones sobre los defensores de la Tradición en España. Pero éstos han sabido defender sus ideales en la plaza, en el Parlamento, en el campo de batalla y con sus denodados campeones de la Prensa. Prueba de ello es este SIGLO FUTURO, en el que se han sostenido batallas difíciles, logrando triunfos que pasarán a la historia, en la que puede figurar, señalado con piedra blanca, el de hoy, en que sale remozado, con todos los adelantos modernos, dispuesto a continuar luchando por Dios, la Patria y el Rey.



Ahí va una relación incompleta de los periódicos tradicionalistas de que tenemos noticia, en los que fueron propugnadas las redentoras doctrinas de nuestra Comunión: El Pensamiento de la Nación, de Madrid, fundado por Balmes en 1845. Su sabio fundador se propuso dar fin al pleito dinástico manteniendo la idea de casar a Doña Isabel con su Augusto primo Don Carlos Luis de Borbón y de Braganza.

La Reconquista, de Madrid. Fue su director Melgar, hacia el año 1868, en la época de la revolución que destronó a Doña Isabel.

El Pensamiento Español. Le dio vida el insigne novelista Navarro Villoslada, que aparecía ya como director del mismo en 1858. Se publicaba todavía, en los primeros meses de la guerra carlista que se inició el 1872, y los comentarios que hacía de las noticias del teatro de operaciones desconcertaban a la Prensa liberal. Este diario tuvo su segunda época en 1919, inspirado por el gran Mella y dirigido por Miguel Peñaflor.

El Padre Cobos, periódico satírico, muy difundido en España y codiciado en el extranjero en los años de su publicación (1854 a 1856). Entre sus redactores figuraron don Cándido Nocedal, Navarro Villoslada y Selgas.

La Regeneración, diario que llegó a dirigir, por el año 1870, don Antonio Aparisi Guijarro.

La Esperanza. Luchador infatigable del Tradicionalismo en los años que precedieron a la revolución septembrina. Fue suspendido, como toda la Prensa carlista, durante la guerra del 72 al 76. Don Pedro de la Hoz [lo fundó] para mantener la fe y el entusiasmo de los que [después de la Primera Guerra Carlista] se conservaron fieles a la Causa, para educar políticamente a la generación nueva y para convencer a los que hablan abrazado las ideas liberales del error que padecieron. Colaboraron Melgar, el conde del Pinar, don Juan Antonio Vildósola y otros cultísimos correligionarios.

La Restauración, periódico en el que Aparisi ostentó en sus artículos su indomable carácter y su amor a la Religión y a los principios que eran firmes cimientos de la sociedad española.

El Pensamiento de Valencia, diario dirigido también por Aparisi, y en el que colaboraron don León Galindo de Vera, el conde de Caltavulturo, don José Royo y «Fernán Caballero».

La Libertad Cristiana, que apareció al ser destronada. Doña Isabel, y en el que mostró las galas de su pluma y su fe en el Tradicionalismo el conde de Orgaz, presidente que fue del Centro parlamentario carlista en 1871 y 1872.

La Perseverancia, fundado en Zaragoza por don Bienvenido Comín hacia 1867.

El Legitimista Español, en el que en los días de la revolución de 1869 sostuvo brillante campaña de propaganda católico-monárquica don Cruz Ochoa y Zabalegui, uno de los mejores oradores en las Cortes de 1869 a 1873.

La Unidad. Diario que se publicaba en Oviedo en 1869, dirigido por don Guillermo Estrada, uno de los prohombres de la Comunión Tradicionalista, que, en la Prensa y en el Parlamento, llenó muchas páginas de su historia.

Altar y Trono. Revista de Madrid, fundada por don Antonio Juan de Vildósola en los años anteriores a la última guerra carlista, y en la que colaboró Melgar.

La Convicción, [fundado en Barcelona por Luis María de Llauder en 1870].

El Cuartel Real, órgano oficial del Carlismo de 1872 a 1876. Lo dirigió don Salvador Morales. Publicaba los partes oficiales de la guerra, principalmente de la campaña del Norte, y las Reales Ordenes y disposiciones de Don Carlos y de su Gobierno.

La Fe, periódico muy leído en toda España, después de la guerra, por ser el diario oficial de la Comunión Católico-monárquica. Fué dirigido por don Vicente de la Hoz y de Liniers y por Vildósola.

El Estandarte Real.— Ilustración político-militar (1889-90). Director, Francisco de Paula Oller. Se publicaba con preciosos fotograbados y dibujos de los mejores artistas.

El Correo Español.— Después de La Fe fue el portavoz del Augusto Caudillo Don Carlos de Borbón y Austria de Este. Sus directores fueron en distintas ocasiones don Luis María de Llauder, don Leandro Herrero, don Juan Vázquez de Mella, don Benigno Bolaños («Eneas»), don Salvador Morales y don Miguel Fernández («Peñaflor»).

EL SIGLO FUTURO.— De su larga historia y de las campañas que se dispone a realizar nada debemos decir. Hoy aparece remozado, y quiera Dios que sea el denodado campeón que pregone el triunfo definitivo de nuestra Causa en plazo brevísimo.

Desde la Restauración a nuestros días han sido muchos los diarios, semanarios y revistas que en distintas poblaciones, han visto la luz para formar en el disciplinado ejército del periodismo tradicionalista.

Recordamos los Siguientes:

El Papelito, de Madrid; El Intransigente, de Zaragoza; El Almogávar Leridano; El Pensamiento Galaico, diario de Santiago; El Amigo del Pueblo, de Barcelona; El Restaurador, de Tortosa; La Cruz, de Madrid, revista;  La Voz de Vizcaya, de Bilbao; Biblioteca Popular Carlista, de Barcelona; El Legitimista Español, de Buenos Aires; El Estandarte Católico, de santiago de Chile; El Centinela, de Burgos; El Pilar, de Zaragoza; El Intransigente, de Madrid; La Hormiga de Oro, de Barcelona, revista ilustrada; El Deber, de Olot: El Vigía de la Torre, de Molina de Aragón; El Criterio Católico, de Barcelona, diario; La Gacetilla, de Madrid; España, de Buenos Aires; Lo Crit de la Patria, Lo Crit d'Espanya y La Carcajada, de Barcelona; La Verdad, de Santander; El Basco, de Bilbao; El Correo de Guipúzcoa, de San Sebastián; El Loredán y La Avanzada, de Barcelona; El Correo de Tortosa; El Centro, de Valencia; La Bandera Española, de Córdoba; El Obrero, de Granada; El Alavés, de Vitoria; El Radical, de Sevilla; La Lucha, de Valencia; El Rigoleto, de Madrid; Ausetania, de Vich; La Bandera Regional, de Barcelona; Lau-Caru, de Bilbao; El Combate, de Jaén; El Libertador, de Úbeda; Laurac-bat y Betit-bat, de Bilbao; El Norte Andaluz, de Jaén; El Correo de la Provincia, de Tarragona; La Comarca Leal, de Vich; El Nuevo Cruzado, de Barcelona; La Lealtad Navarra, de Pamplona; Juventud Carlista, de Madrid.

En 1912 fundó el que esto escribe, en compañía de beneméritos escritores de la Comunión, El Combate, del que no se publicó más que un número porque dificultades legales no lo consintieron. En sustitución apareció un semanario ilustrado que mereció por el Augusto Caudillo de la Tradición ser declarado órgano de nuestras Juventudes. La nueva publicación fue Juventud Tradicionalista. Con ella se consiguieron magníficos éxitos, y gracias a ella y a los que la redactábamos se organizaron grandiosos actos de propaganda en Madrid y en algunas ciudades y pueblos de Castilla. A la sazón había en España, entre otros, los siguientes periódicos, defensores de nuestro Credo:

DIARIOS: El Correo Español, Madrid; El Correo Catalán, Barcelona; Diario de Valencia; El Correo del Norte, San Sebastián; El Correo de Zamora; El Pensamiento Navarro, Pamplona; El Salmantino, Salamanca; El Correo de Galicia, Santiago; El Correo Leridano; El Norte, Gerona; El Principado, Gijón.

BISEMANARIOS: El Restaurador, Vigo.

SEMANARIOS: La Voz de la Tradición, Barcelona; Aurrerá, Bilbao; El Tesón Aragonés, Zaragoza; La Bandera Regional, Barcelona; El Jaimista, Vitoria; El Cruzado, Mondoñedo; El Cruzado de Castilla, Palencia; El Radical, Marchena; La Verdad, Granada; La Defensa, Elche; El Radical, Orense; El Maestrazgo, Castellón; La Reconoquista, Tarragona; El Castell Bergadá, Berga; Ausetania, Vich; El Porvenir, Toledo; La Defensa, Gerona; El Radical, Reus: La Tradición, Tortosa; El Requeté, Coruña; Lealtad Riojana, Haro; Tierra Hidalga, Burgos; El Conquistador, Orihuela.

MENSUAL: Vademécum del Jaimista, Barcelona; España, Buenos Aires.

Esta es, en síntesis, la relación de los luchadores de la Prensa. Periódicos todos de limpia historia, enemigos de campañas innobles, campeones de la verdadera libertad, francos, leales a sus principios, incapaces de venderse al oro liberal. Y como los periódicos, los periodistas.

La Tradición es una cantera inagotable. Sus materiales son de la roca viva de la Verdad y de la Historia, Los artífices, los que trabajan esos materiales, han sido y son los mantenedores de la Justicia, los que han consagrado vigilias y vigilias a mojar su pluma en el sacrificio, sin importarles las persecuciones, multas, cárceles, destierros. Han vivido en pleno ambiente de oposición. No han buscado destinos ni han querido prosperar en un régimen liberal, ni han pretendido sinecuras. La mayor parte murieron como buenos soldados, al pie de su trinchera, como si la pluma fuera el cañón que les defendiera de sus adversarlos.

Balmes, Donoso, Vildósola, Navarro Villoslada, La Hoz, Herrero, Bolaños, los Nocedales, Mella, Melgar, Selgas, Aparisi y Guijarro, «Fernán Caballero», Pereda, Cruz Ochoa, Estrada, Morales, Sánchez Asensio, Botella, «Peñaflor», Yáñez... Esos nombres son bastantes para acreditar la limpia historia del periodismo tradicionalista. Los más murieron pobres. Todos ellos acabaron su vida con la satisfacción del deber cumplido para con su Dios y para con su España.

Dejaron una estela de glorias. Sembraron el campo de la política de buenas semillas. Y el fruto no se hará esperar.

Otros más, muchos más ocupan hoy puestos en las avanzadas de la Prensa católico-monárquica. Sabrán imitar las virtudes y procurarán seguir las enseñanzas de los maestros. Porque «per in secula seculorum» y en el entender de que ¡Dios no muere!, los nuevos cruzados del pensamiento español continuarán manejando sus plumas, a la vez que nuestros grandes oradores convencerán a las multitudes de que ni la Religión ni la Patria se pueden salvar si no nos colocamos todos bajo los pliegues de la redentora bandera de la Tradición.

CLARO ABÁNADES

El Siglo Futuro (22 de abril de 1935)

Don Claro Abánades (1879 - 1974)

Después del artículo de Abánades, las posteriores páginas de El Siglo Futuro describen la trayectoria de los siguientes periódicos tradicionalistas activos en 1935:

El Pensamiento Navarro, de Pamplona; El Pensamiento Alavés, de Vitoria; El Correo Catalán, de Barcelona; La Unión, de Sevilla; La Constancia, de San Sebastián; La Croada, de Barcelona; Frohsdorf, de Barcelona; Lealtad Riojana, de Logroño; El Correo de Tortosa; Diario de Jerez; Eco de Jaén; Tradición, de Santander; Tradición Astur, de Gijón; Mi lectura, de Tolosa; Boletín de orientación tradicionalista; La Independencia, de Almería; Seny, de Manresa; Patria, de Villacarrillo; Ausetania, de Vic; España, de Las Palmas; La Tradición, de Tortosa; a.e.t., de Pamplona; Espanya Federal, de San Feliu de Llobregat; Rubricata, de Olesa de Montserrat; El lunes, de Zaragoza; El Tradicionalista, de Valencia; Joventut, de Valls; Terra Ferma, de Lérida; Boinas Rojas, de Aguilar de la Frontera.

Véase también nuestra relación de periódicos carlistas digitalizados y la obra Apuntes bibliográficos de la Prensa Carlista (1917), de José Navarro Cabanes.

Categorías del blog

Tradicionalismo granadino (47) Tradicionalismo en nuestro tiempo (32) Comunión Tradicionalista durante el periodo alfonsino (23) Carlistas de Granada (20) Comunión Tradicionalista durante la Segunda República (20) Comunión Tradicionalista durante el gobierno de Franco (18) Requetés (18) Cruzada de Liberación (17) Guerra Civil Española (17) Tercera guerra carlista (13) Prensa tradicionalista (12) Poemas (11) Tercio de Requetés Isabel la Católica (11) Juan Vázquez de Mella (10) S.A.R. Don Sixto (10) Familia Real proscrita (9) Historia del carlismo (9) Mártires de la Tradición (9) Militares carlistas (8) Primera guerra carlista (8) Rafael Gambra (8) Familia Borbón Parma (7) General Carlos Calderón (7) Círculo Fal Conde (6) El Siglo Futuro (6) Guerra Civil en Granada (6) Cofradía Nuestra Señora de los Dolores de Granada (5) Guerra realista (5) Obispos íntegros (5) Toma de Granada (5) Tradicionalismo malagueño (5) Agrupación Escolar Tradicionalista (4) Fiesta de Cristo Rey (4) Guerra de la independencia (4) Agencia FARO (3) Arzobispos de Granada (3) Boletín Fal Conde (3) Carlistas célebres (3) Doctrina carlista (3) Francisco Guerrero Vílchez (3) Francisco José Fernández de la Cigoña (3) Liturgia católica (3) Manuel Fal Conde (3) Montejurra (3) Virgen de las Angustias (3) 18 de julio (2) Carlismo en Hispanoamérica (2) Carlos Hugo de Borbón Parma (2) Carlos VII (2) Crímenes liberales (2) El Correo Español (2) Francisco Elías de Tejada (2) Francisco de Paula Oller (2) Gran Capitán (2) Historia de España (2) Jaime III (2) Jaimismo (2) Javier de Borbón Parma (2) Juan Manuel de Prada (2) Marqués de Villores (2) Miguel Ayuso (2) Partido Integrista (2) Periodistas carlistas (2) Revista Cristiandad (2) himnos tradicionalistas (2) A los 175 años del Carlismo (1) Abrazo de Vergara (1) Acción Católica (1) Andrés Manjón (1) Antonio Aparisi y Guijarro (1) Balbino Santos Olivera (1) Bandera de Andalucía (1) Batalla de Lepanto (1) Carlistas de Almería (1) Cayetano de Borbón Parma (1) Cerro Muriano (1) Cien Mil Hijos de San Luis (1) Conde de Arana (1) Conde de Rodezno (1) Conrado Reiss (1) Corpus Christi en Granada (1) Cristóbal Colón (1) Cruzadas (1) Crímenes nazis (1) Dalmacio Iglesias (1) Descubrimiento de América (1) Dinastía carlista (1) Dinastía usurpadora (1) Don Quijote de la Mancha (1) Día de la Hispanidad (1) Edad Media (1) Editorial Católica Española S. A. (1) Editorial Tradicionalista (1) El Cruzado Español (1) El Pensamiento Navarro (1) Emilia Pardo Bazán (1) Emilio Ruiz Muñoz (1) Enrique VIII de Inglaterra (1) Erasmo de Rotterdam (1) Fabio (1) Francisco Javier Mier y Campillo (1) Francisco Navarro Villoslada (1) G. K. Chesterton (1) Historia de Andalucía (1) Historia del Tradicionalismo Español (1) Isabel la Católica (1) Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo (1) José María Lamamié de Clairac (1) José María de Pereda (1) José Meseguer y Costa (1) José Miguel Gambra (1) José Moreno Mazón (1) Juan Calvino (1) Juan Donoso Cortés (1) Juan María Roma (1) Juan Marín del Campo (1) Julio Nombela (1) Leonardo Castellani (1) León XIII (1) Literatura (1) Lorenzo Sáenz y Fernández Cortina (1) Los últimos de Filipinas (1) Manifiesto de los Persas (1) Manuel Senante (1) Marcelino Menéndez Pelayo (1) Marián Vayreda (1) Martin Luther (1) Martín Lutero (1) Masonería (1) Melchor Ferrer Dalmau (1) Mercedes Vázquez de Prada (1) Miguel de Cervantes (1) Muertos por Dios y por España (1) Obispos de Almería (1) Padre Manjón (1) Papa Pío XII (1) Partido carlista (1) Programa tradicionalista (1) Protestantes (1) Protestantismo (1) Quintillo (1) Ramón María del Valle-Inclán (1) Ramón Nocedal (1) Reforma protestante (1) Reyes Católicos (1) Salvador Morales Marcén (1) San Fernando (1) San José (1) Santiago Apóstol (1) Tercio de Requetés Nuestra Señora de las Angustias (1) Tolkien (1) Ulrich Zwingli (1) Ulrico Zuinglio (1) Unidad católica (1) Ángel David Martín Rubio (1) Ángel Ganivet (1) Órgiva (1)

¡Ayúdanos a mantener enhiesta la bandera de la Tradición!