Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Declaración Unilateral de Restauración del Imperio Español (leer hasta el final)


Se abre el telón. Día 10 de octubre de 2017. El Parlamento Catalán redacta una Declaración Unilateral de Independencia, como confiesa Carlos Puigdemont, presidente de la Generalitat, sin ningún valor real. Confusión. El Gobierno pregunta a Puigdemont si ha declarado la independencia que llevan jaleando declarar durante años. Le da seis días. Dice que "quizás". Le da otros tres días. Le responde algo que no le ha preguntado. Concluye el ultimátum y el Senado debate si hay que reaccionar. Tras varios días de intensos debates (la pausa para dar emoción), se decide una tímida aplicación del artículo 155, al mismo tiempo que se declara "formalmente" la independencia. La independencia se anula. Se aplica el 155. Chasco. Cataluña sigue igual (aunque con algunas empresas menos). Algunos políticos van a la cárcel, unos se quedan, otros se van (previo pago de fianza por el contribuyente) y otros huyen a Bruselas. Fin del esperpento.

Bueno, todavía no. El esperpento en que se ha convertido España continúa: después de esta obra protagonizada por un Estado que tiene miedo de mantener su autoridad y defender su integridad territorial, unos políticos que consideran que la reacción más moderada es radical, unos separatistas tratados como delincuentes por hacer algo que sabían que era ilegal, y por un pueblo medio eufórico, medio desesperado; se estrena la segunda parte: el 4 de diciembre del año 2017, la auto-proclamada Asamblea Nacional Andaluza declara la independencia de Andalucía... por Twitter.

Ahora bien, después de ver la independencia de los cinco minutos y la independencia twittera, ¿qué hay de malo en añadir un nuevo capítulo a esta obra de teatro? ¿Por qué no continuar con la función? Pero esta vez hagamos la obra un poco más delirante, y a la vez un poco más seria. De esto trata el documento que les presentamos, la Declaración Unilateral de Restauración del Imperio Español, o DURIE, para abreviar, hecha por iniciativa particular desde el foro hispanismo.org (y en la que ha participado activamente un servidor). Se trata a la vez de una parodia de la DUI, que ridiculice esta locura en la que se han convertido los separatismos, pero también en una contra-DUI, un documento, que si bien carece de algún valor jurídico y real, quiere reivindicar, desde la ironía, el proyecto tradicional de las Españas, y la reconstrucción de la sociedad tradicional desde la propia sociedad, y no desde el poder.


Nota preliminar: el sitio de procedencia de este documento es http://hispanismo.org/temas-de-portada/24413-declaracion-unilateral-de-restauracion-del-imperio-espanol.html, publicado el día 8 de diciembre de este año 2017, solicitando una máxima difusión desde entonces. El documento está presentado aisladamente, sin introducción alguna, por lo que las ideas aquí expresadas se repiten, con más o con menos detalles, en el apartado final del documento.




Declaración Unilateral de Restauración del Imperio Español.

A todos los pueblos de las Españas y del mundo:

La Unidad Católica y nuestros fueros, usos y costumbres, fundamentos irrenunciables de la historia y las instituciones de los pueblos de hispánicos, son la base de la constitución histórica de las Españas.

Las Españas, sus culturas, sus lenguas y sus tradiciones, han existido durante más de mil quinientos años de historia. Durante siglos, los pueblos de las Españas han adoptado, bien por donación o por invención, instituciones, derechos y usos propios, con los Fueros como máxima expresión de sus libertades. La Unidad Católica ha sido, en nuestros períodos de grandeza, el cauce a través del cual las tradiciones hispánicas se han canalizado en una sola y ha cristalizado en la Monarquía Universal Española, también conocida como Monarquía Católica.

Las Españas restauran hoy su Monarquía Universal, arrebatada y largo tiempo anhelada, tras doscientos de años de separación, desgracias y auténtica opresión por los estados liberales.

Desde las Proclamaciones de los Estados Liberales, los españoles hemos tenido un papel primordial y protagonista en la lucha contra estos regímenes y en la defensa de nuestros usos y costumbres.

Por esta razón, tras obtener sus victorias respectivas, los estados liberales trataron a los pueblos españoles como naciones conquistadas y como pueblos enemigos, persiguiendo sus tradiciones más apreciadas, denigrándolas y marginándolas hasta hacerlas desaparecer; y destruyendo todas sus libertades y las corporaciones que empleaban para su defensa y supervivencia propias, pasando a depender de Estados cada vez más omnipotentes y hostiles.

La Transición a la Democracia en España, realizada por oligarquías políticas y a espaldas del pueblo español, se presentó como una etapa de transición pacífica que pudiera reconciliar a los dos bandos enfrentados en la última guerra civil; lo que pronto se vino a desmontar la práctica de un régimen que se comportó como si hubiera dado un golpe de Estado y realizado una feroz represión contra el régimen derrocado y sus partidarios.
Recogemos las demandas de la práctica totalidad de los españoles, que desde opciones políticas muy distintas, han reclamado el fin de este sistema político.

Ante la constatación de que el Gobierno encabezado por Mariano Rajoy Brey y los partidos políticos representados en el Parlamento y el Congreso no tienen voluntad alguna de solucionar el estado de crisis ocasionado por el control de los organismos de poder por un grupo de sediciosos durante más de cuarenta años, hemos llegado a la conclusión de que la solución no puede llegar desde los organismos políticos imperantes.

La traición de los partidos y la incapacidad del gobierno han comportado la constitución por nuestra parte de una Diputación General de las Españas y de las Indias, que en representación de los Reinos, Principados y Señoríos de las Españas y sus Indias, decreta por la presente la anulación del sistema político vigente.

Millares de funcionarios, y entre ellos numerosos altos magistrados de la política española, entre los que se encuentran importantes cargos del gobierno y cabezas y dirigentes de partidos separatistas, serán juzgados, detenidos y castigados por la Diputación General por delitos de sedición, malversación de fondos y corrupción, no perseguidos por el régimen imperante a pesar de que incumplen su propia legislación.

Los gobiernos españoles, que deberían proteger a sus propios ciudadanos de las técnicas mafiosas de las oligarquías políticas, han permanecido neutrales durante más de cuarenta años, o incluso convirtiéndose en cómplices directos de éstas, dejando a la ciudadanía española a su total y completa merced.

A pesar de estos múltiples agravios y más que aquí callamos y que son motivo suficiente para ejecutar un tiranicidio sistemático, los españoles se han pronunciado públicamente a favor de un proceso rápido y eficaz que permita destruir este sistema y restaurar la Monarquía Universal Española.

La Constitución histórica de la Monarquía Hispánica se fundamenta en la necesidad de mantener las libertades y franquicias de todos los Reinos, Principados y Señoríos de las Españas, y de avanzar a la constitución de un orden social cristiano total; y responde a la necesidad de establecer el Reinado Social de Cristo en todas las naciones.

Las Españas son amantes de sus libertades, y el respeto a los fueros es uno de los principios fundamentales de la Monarquía Hispánica. La Monarquía y las instituciones forales acatarán y harán cumplir las disposiciones que conforman los ordenamientos forales de los pueblos españoles. La Corona garantiza a los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado que el respeto al principio de subsidiariedad será uno de los pilares de esta monarquía.

La Constitución histórica de las Españas es una espada contra la imposición y el centralismo. Manteniendo nuestra tradición política pactista, nos comprometemos al uso de la bilateralidad como forma de establecimiento de leyes y tributos. Asimismo, reafirmamos nuestra hermandad con todos los pueblos de la Cristiandad, con especial atención a Portugal y al resto de países lusos, con los que compartimos sangre y nacionalidad, en la defensa de los principios de la verdadera religión y la verdadera civilización.

La Monarquía Hispánica es una oportunidad de enmendar los errores que han provocado la degeneración de los sistemas políticos históricos y construir un sistema político, económico y social llevando al terreno de la práctica las doctrinas e ideas planteados por los clásicos contrarrevolucionarios durante estos últimos doscientos años.

En virtud de lo que se acaba de exponer, nosotros, auto-proclamados representantes de los Reinos, Principados y Señoríos de las Españas y las Indias, en el libre ejercicio del derecho de resistencia contra la autoridad tiránica y por la legitimidad concedida por la legalidad de la Novísima Recopilación.

REINSTAURAMOS la Monarquía Católica de España, como una Monarquía Católica, Tradicional, Social y Representativa.

EJECUTAMOS la Restauración de las Coronas Reales de Aragón y Castilla, con sus reinos de de Navarra, Galicia, Castilla, León, Murcia, Aragón, Jaén, Córdoba, Sevilla, Granada, Valencia y Mallorca, principados de Cataluña y Asturias, señorío de Vizcaya y Virreinatos de Nueva España, Perú, Nueva Granada y Río de la Plata, con todas sus dependencias.

RESTAURAMOS los Fueros, Libertades y Franquicias de los Reinos, Principados y Señoríos de las Españas y de los Gremios, Universidades, Municipios y demás corporaciones de los Reinos de las Españas y las Indias.

DOTAMOS a los Reinos y Cuerpos Intermedios entre el Individuo y el Estado de ordenaciones e instituciones forales, asegurando el ejercicio de su libertad política y su autarquía de acuerdo al principio de subsidiariedad y del Derecho Público Cristiano e Hispánico.

RECLAMAMOS a los gobiernos del Reino de España y de las repúblicas Dominicana, de Cuba, México, Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador, Chile, Bolivia, Argentina, Paraguay, Costa Rica, el Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Guinea Ecuatorial, Filipinas, Marianas, Carolinas y Palaos la vuelta a la obediencia del Rey Católico de las Españas y la devolución de la Soberanía Social y la Soberanía Política a los cuerpos que les corresponde.

EXIGIMOS al Reino Unido la devolución del Peñón de Gibraltar, a razón de las reiteradas infracciones contra el Tratado de Utrecht de 1713, y de las islas Malvinas, en razón a su ilegal ocupación; a los Estados Unidos de América a la evacuación de los territorios de California, Texas, Nuevo México y los demás usurpados a Nueva España en contra del Tratado de Adam-Onís de 1819.

SOLICITAMOS a la Santa Sede el reconocimiento de la Monarquía Universal Española y su profesión de la Unidad Católica en las Españas y en las naciones cristianas.

EXPRESAMOS la voluntad de establecer un proyecto pan-hispánico que refuerce la cultura y la civilización de los pueblos hispánicos castellano-hablantes y luso-hablantes, así como las buenas relaciones entre los Estados españoles y portugueses, favoreciendo la inversión del gregarismo con la reunificación de Estados segregados, y la continua unificación de políticas expresada en una gran Confederación Hispánica.

NEGAMOS el deseo de las Españas de seguir formando parte de los sistemas políticos internacionales. La Monarquía reconocerá las deudas y obligaciones asumidas por los estados liberales, pero no se someterá a legislación alguna que contradiga el Derecho Natural y el Derecho Público Cristiano, ni confirmará las Declaraciones de Independencia de las provincias americanas rebeldes.

INSTAMOS a las autoridades internacionales y a los estados del mundo al reconocimiento de la Monarquía Universal de las Españas y sus derechos de soberanía sobre los virreinatos americanos y sus dependencias y sobre el continente antártico en virtud de su descubrimiento por el español Gabriel de Castilla.

EXIGIMOS al Gobierno, Congreso y Parlamento de España la entrega de la Administración Nacional y Autonómica en virtud del Real Decreto dado por nosotros, que contempla la toma del poder por la Diputación General.

HACEMOS un llamamiento a los españoles de ambos hemisferios:

Este documento es una muestra de la inutilidad de un documento o una voluntad si no se corresponde con la realidad, sin embargo, todo lo que se ha dicho hasta aquí es cierto, desde lo que son las Españas hasta los principios políticos de la Monarquía Universal Española, con la salvedad de todo lo relativo a la Diputación General, pero incluyendo los agravios sufridos por los Españoles de todos los continentes.

Los recientes sucesos relativos a la crisis catalana han demostrado que la sociedad española todavía tiene pulso y capacidad de reacción, aún sin contar con el apoyo de las instituciones políticas, aunque para ello deba ser forzada a situaciones extremas; y la voluntad de los partidos políticos de instrumentalizar a su favor esta reacción espontánea de la sociedad española.

Por ello, y si queremos que todos los principios redactados aquí se lleven a la práctica, o que cualquier otro asunto, ya sea la batalla contra el independentismo, la partitocracia o la imposición de la ideología de género, llegue a buen término, no podemos esperar a que se haga por iniciativa del Estado, o a que aparezca de forma mesiánica un partido político que salve la situación, sino que se debe realizar, sea cual sea el caso, por nuestra iniciativa particular.

Aunque tenemos fe en que llegará el día en cual una Monarquía Católica regrese a las Españas, y el Leviatán y la Partitocracia serán derrocados, la creación de una sociedad hispánica, tradicional y cristiana no puede llevarse a cabo desde el poder político, sino desde la propia sociedad.

Para solucionar los problemas concretos que nos aquejan, debemos recurrir a nuestra propia iniciativa, formando asociaciones o fundaciones, o incorporándonos a ellas si ya existen; recurrir a la desescolarización y a las escuelas de barrio para contrarrestar el intrusismo estatal en materia educativa y el adoctrinamiento político, formar una opinión pública favorable a la restauración de la Monarquía Universal Española divulgando los principios, historia y cultura hispánicas, y restaurar los antiguos gremios y cuerpos de oficio, asociándose miembros de un mismo oficio, bajo el patronato de un santo identificativo, en una corporación que solucione por sí misma, sin recurrir al Estado ni a intermediarios, todos los problemas internos de sus miembros.

La acción sobre el Estado deberá suponer el forzar el reconocimiento por éste de una situación de facto, o formar grupos de presión como una confederación de todos los cuerpos intermedios y asociaciones formadas.

Un supuesto partido político destinado a actuar en el Parlamento, sea español o americano, deberá ser una institución delegada de los cuerpos intermedios, que deberá rendir cuentas de su actuación a éstos, actuar por mandato imperativo y luchar por sus intereses y supervivencia.

La Diputación General de las Españas y las Indias.
Hispanismo.org. Fiesta de la Inmaculada Concepción.


Don Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti. Jefe Regional de Granada, por Manuel Fal Conde

Reproducimos hoy, en el aniversario de la muerte de nuestro jefe regional, D. Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti —a quien ya dedicamos una reseña biográfica en una entrada de blog anterior— un interesantísimo artículo de D. Manuel Fal Conde publicado en El Pensamiento Navarro en 1970.


DE LAS TIERRAS DEL SUR [XIV]

Don Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti. Jefe Regional de Granada

Escribe Manuel FAL CONDE


Ramón de Contreras y Pérez de Herrasti
(Granada, 1886 - 1952)
Esta maravillosa longevidad de la Comunión Tradicionalista no se explica, supuesto el designio divino, sin el riesgo del sacrificio. De lindes nacionales allá, [por] la Realeza de la España ideal, fidelísima a unos deberes de legítimo ejercicio y depositaria de un sagrado derecho de los españoles: el derecho a ser gobernados en legitimidad.

A este tierno Infantito, ¡cuán grave profesión de sacrificios le han impuesto sus padres en la presentación al pueblo carlista!

Y dentro de las fronteras, esto es, bajo los poderes monárquicos, republicanos, dictatoriales, por este gran pueblo carlista, milagro de supervivencia secular, secularmente incomprendido. Raras veces en mayoría, constituye en algunas regiones del Norte y Levante fuertes minorías, no tan compactas como debieran; y en el resto de España, núcleos pequeños, muy diversos y significativos los carlistas aislados, esos valientes a quienes no hay quién apee de su burro ni haga callar en una discusión.

Ejemplo, no de estoicismo, que es insensibilidad pagana, sino de fortaleza, que es virtud cardinal hermana de la justicia; es fenómeno singular en el mundo, que ha resistido las más poderosas persecuciones.


LA PROBIDAD POLÍTICA POR ANTONOMASIA

Sea un mérito para los jefes: conservar el fuego entre los hielos de la general indiferencia; la honestidad política frente a tanta picaresca; el freno paternal para los ímpetus juveniles, aunque luego, como el inolvidable jefe de Granada del que vamos a ocuparnos, se presentara a la policía, cuando estaban detenidos los requetés por pintar letreros “subversivos”, para hacerse responsable de los mismos; la sabiduría de la prudencia en autorizar cuándo y quién podía aceptar cargos públicos; platicar amabilidades con fuerzas políticas llamadas afines, pero oportunidad en echar la raya de contención de sus abusos, siempre convencidos de que siempre se nos buscaba para absorbernos.

Y a cada gobernador que iba ocupando la sucursal del centralismo madrileño:

“Señor Gobernardor: vengo en nombre de la Comunión Tradicionalista a ofrecerme a usted para cuanto pueda interesar a España, al orden público, a la paz…”, si bien que haciendo constar nuestra disparidad actual con las orientaciones políticas del Gobierno.

O a cada obispo, acabado de prestar juramento de fidelidad a la Jefatura del Estado:

“En representación de la Comunión Tradicionalista vengo a ofrecerme a usted como católicos fervientes, que aman y sirven la religión y a la Iglesia, sin pretender jamás servirse de ella…”.


BUEN PLANTEL CARLISTA

O este relevante servicio a la Iglesia del fidelísimo jefe regional de Andalucía Oriental, el modelo de caballeros, don Ramón Contreras y Pérez de Herrasti, de la Real Maestranza de Granada, a cuya honrosa memoria va este artículo.

Granada tiene abolengo carlista: por el brazo enjoyado aristócrata, los Condes de Padul, los Marqueses de Casablanca, los Herrasti y otros muchos; y por el brazo en artesanía o en labranza, tanto la campiña como la sierra, y en especial las Alpujarras, contienen canteras vivas de mozos y zagales para las hondas, las lanzas, de la imperecedera esperanza del Rey carlista que cantara Valle Inclán.

En las Alpujarras realizó su mayor recluta el intrépido general Gómez, como si hubiera quedado en sus breñas flotando el alma de don Juan de Austria; y cuando en 1929 Primo de Rivera anunció que se levantaba la veda de elecciones a diputados a Cortes, nuestros jefes hicieron sondeos para presentar un candidato, y me contaba don Fernando Contreras que habían recogido en no pocos pueblos, de bocas de gente anciana, esta peregrina afiliación política: “Yo soy del Rey Don Carlos”, expresión significativa de don Carlos María Isidro, aunque sirvieran, para poder vivir, al cacicato del liberal don Natalio Rivas.

De ese cuño, pero sin concesión ni mínima a los liberales, fue el Tercio de Isabel la Católica.


ÉPOCA DE CONFUSIÓN

La unificación política abrió en España una era de oscurecimiento de ciertas libertades. El aval, el V.º B.º del magisterio de derecho público cristiano, puesto al alzamiento, esa unidad de los espíritus, enfeudó quizá con exceso a la jerarquía eclesiástica. Al menos en copiosa enumeración de casos concretos: la mitificación de nombres y signos; las prerrogativas eclesiásticas de personas o cargos cívicos; la vinculación económica de la Iglesia al Estado.

En ese prevalerse para fines políticos –quede de una vez para siempre a salvo la intención– de personas o cosas sagradas, tuvo un significado prevalentísimo, como señal y cuño de adhesión política, el juramento. Por respeto a esas intenciones, que he dejado marginadas, no reproduzco aquí la fórmula del juramento publicado, preceptuado oficialmente en el boletín del Movimiento.

Se perturbaron las conciencias. Yo pedí dictamen de moralistas a dos doctores de primerísima categoría, como reservándoles sus nombres, porque yo no tenía derecho a ponerles en la picota, como en la que yo estaba, a todos los vientos de iras y malos modos.


UN GRAN CARDENAL Y UN GRAN JEFE CARLISTA

¡Qué página de caballerosidad católica y de grandeza de alma escribió don Ramón Contreras!:

–“Señor Cardenal, se dice que en vista de las discrepancias que sobre el juramento de Falange existían, ha reunido V. Emma. a párrocos y superiores religiosos, y les ha dicho…”.

–“Sí, les he dicho que se puede, mejor dicho, se debe prestar ese juramento, y que se atengan todos a esa norma”. (Este íntegro cardenal de Granada no bailaba en la cuerda de cada personaje visitante).

Don Ramón:

“Pero es que yo he recibido este dictamen de moralistas que dicen lo contrario, y vengo a traérselo”.

Y con la humilde corrección de su limpio linaje, le entregó la cuartilla que el doctor Parrado leyó atentamente:

“El juramento promisorio obliga en conciencia, sea la materia grave o leve, y su incumplimiento es pecado grave de perjurio… obliga a manera de ley particular que el jurante se impone con el testimonio divino… el juramento promisorio, según Santo Tomás, obliga gravemente, y peca mortalmente quien jura sin ánimo de prometer y de cumplir lo prometido…”.

Seguía, tras las citas de los más autorizados moralistas, analizando el juramento oficial de FET de las JONS:

“Es juramento promisorio”. Después de la promesa laudable de defender la Patria y la autoridad legítima, “se ofrecen otras muy especiosas y bastante equívocas, que pueden ser causa de perturbación espiritual. Jurar no tener otro orgullo que el de la Patria in sensu exclusivo es inadmisible. La primera gloria del hombre es Dios. Presenta algunos equívocos, v. gr.: juro mantener sobre todo la idea de unidad en el hombre. El hombre est per se quid unum subsistens sin nuestra defensa. Jurar impasible perseverancia en todas las vicisitudes supone un heroísmo poco común.”

Retuvo el insigne prelado la cuartilla para copiarla y devolverla, y rogó al señor Contreras que volviera a los pocos días.


LA HUMILDAD DE LA SABIDURÍA

Nueva reunión en Palacio de la clerecía granadina:

El sabio y santo prelado:

“Les he vuelto a reunir para leerles un dictamen anónimo de moralista sobre el juramento de Falange y decirles que, ni se puede, ni menos se debe prestar dicho juramento, porque es promisorio y a nadie puede obligarse a prometer sino lo que quiera libremente y porque…” (siguen las razones).

Nunca aquellos celosos párrocos y piadosos religiosos besaron con tanta veneración el pastoral anillo, por pastoral, ni gozaron tanto los consuelos del Espíritu Santo por la unción del Orden Episcopal.

Don Ramón Contreras, siempre amante de la jerarquía eclesiástica, creció mucho en su devoción al sabio y humilde cardenal don Agustín Parrado. Con la mayor reverencia, no exenta de su gracia peculiar, relataba el final de su vida edificante.

Un impresionante hecho ameniza los últimos instantes de la vida, adustos hasta el desabrimiento, que ratifican la conducta recta y ascética de un prelado ejemplar.

Como era propio de su genio, iba preguntando al médico si ya la gravedad de su enfermedad indicaba la oportunidad del Santo Viático o de la Extremaunción. Si ya debía hacerse la recomendación del alma y encargaba a cada capitular su cometido.

Todo ejecutado piadosa y devotamente, quedaron solos en el aposento, su hermana, santa mujer que lo cuidó siempre, y un ancianísimo sacerdote de Palencia, que había sido su párroco cuando el doctor Parrado había empezado su vida sacerdotal.

Entregó entonces a su hermana su rosario de uso ordinario y le dijo que, según su creencia, los cardenales de la Santa Iglesia están ligados con voto de pobreza y que, por eso, no podía dejarle otra cosa que el rosario, porque su modesta hacienda la dejaba al seminario, y a ella la confiaba a la caridad de la diócesis.

¡Imponente final de un príncipe de la Iglesia!


MARAVILLOSO ENCARGO

En el silencio imponente de la alcoba, don Tomás, el viejo párroco, le dice:

“Prométame, señor Cardenal, pedir al Señor cuando esté en su Gloria, llevarme con su eminencia”.

“Así lo haré”.

La voz de la inconsolable hermana:

“¡Agustín, Agustín, que eso lo ha dicho don Tomás. Que yo no he dicho nada”.

Se quedó la cuidadosa Marta tan feliz con su rosario, y tranquila en la caridad de la diócesis.

Pero al día octavo, como en la liturgia de difuntos, don Tomás, que permanecía en Granada durante el novenario, se murió. Dulcemente se murió. Se murió de dolor de ausencia.

¡Ah! del desamor de algunos sacerdotes a sus obispos. Que aprendan.


IGUAL QUE…

La Reina inolvidable Doña María de las Nieves, para la que hubiera habido que inventar, si no lo tuviera nuestro idioma, el calificativo de amable, tuvo toda su vida una doncella guipuzcoana, llevada con ella en la guerra a los 17 años, y que cuando la Señora murió el 15 de Febrero de 1941, a los 89, Petra Echevarría llevaba al servicio de la Señora –unidísima, fidelísima, inseparable– unos setenta años.

El buen Eliseo Calle me escribía contándome cómo la óptima Petra no podía ni alimentarse ni llorar.

A la semana justa se quedó dulcemente muerta. El médico, a preguntas de Eliseo, no supo decir otra cosa que había muerto de pena por la separación.

¡Ah! del desamor de algunos carlistas al principio real.


Fuente: El Pensamiento Navarro, 12 de Mayo de 1970, página 6.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Presentación en Granada del libro «Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo»

El Club de Tertulia Secondo Venerdi y el Círculo carlista General Calderón organizaron en la Casa de Melilla de Granada una animada tertulia con Víctor Ibáñez sobre terrorismo, que tuvo lugar el pasado miércoles, 8 de noviembre.

Con el hilo conductor de las investigaciones desarrolladas en la obra «Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo» (Ediciones Auzolan, 2017) se habló sobre los fundamentos ideológicos del terrorismo etarra, la ofensiva criminal contra los tradicionalistas, la tragedia de los forzados a abandonar su tierra o la resistencia de los partidos foralistas —inspirados por los carlistas— en la Transición.

Hubo asimismo un recuerdo a todos los granadinos víctimas del terrorismo, con una mención particular al inspector José Manuel Baena Martín, asesinado el 11 de enero de 1978 durante el tiroteo mantenido con el Comando etarra que en Pamplona asesinó a finales de noviembre del año anterior al Comandante Joaquín Ímaz Martínez, de ascendencia y firmes simpatías carlistas.

Entre los participantes en la tertulia merece destacarse la presencia de Loreto Díaz Peinado y Dionisio Bolívar, de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, que realizaron muy incisivas aportaciones y a los que Víctor Ibáñez rindió un cariñoso reconocimiento por su labor.


El autor del libro, Víctor Ibáñez, acompañado por Rodrigo Bueno (izq.),
y Alejandro Aguilar (der.), presidente del Club de Tertulia Secondo Venerdi.

La tertulia, con tapas incluidas, fue muy agradable y animada.

Varios carlistas granadinos asistieron al acto.

Víctor Ibáñez tuvo ocasión de dedicar
un ejemplar de su libro a Dionisio Bolívar,
de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

martes, 7 de noviembre de 2017

La Batalla de Montejurra (1873)



El día de hoy, y los de mañana y pasado, nos recuerdan los de iguales fechas del año 1873, por haberse librado la primer gran batalla entre el Ejército carlista, mandado por el general Elío, y el liberal, mandado por el general Morlones.

Sabíamos, ciertamente, que el objetivo principal del general Moriones era entrar en Estella por el valle de Azqueta, para lo cual disponía de un numeroso Ejército compuesto de todas las armas, y sabíamos, también, que abrigaba una completa seguridad en el triunfo.

Aunque en el ánimo del general Elío estaba dejar avanzar a nuestros adversarios hasta el mismo valle de Azqueta para librar allí la batalla, es lo cierto que el general Moriones, sea por lo que fuere, no se permitió más que quedar en Luquín, Barbarín y Urbiola, pueblos que ignominiosamente fueron desolados por las fuerzas a sus órdenes. Suponemos, buenamente, que la actitud en que se presentaron nuestros valientes voluntarios desde la madrugada del 7 que comenzó el fuego harían desistir de sus propósitos al citado general. Hizo perfectamente, aun cayendo, como cayó, en el mayor de los ridículos, porque de otro modo el desastre era inevitable.

En los dos primeros días que sostuvimos el fuego incesantemente, jugando principal papel la artillería, hubo que lamentar sensibles y numerosas pérdidas por ambas partes; pero el día tercero, al emprender el enemigo su vergonzosa retirada, cayeron en nuestro poder muchos prisioneros, y tuvimos la satisfacción de que un numeroso pelotón de fuerzas de Caballería se pasara a nuestras filas.

Como dato curioso y del que indudablemente recordarán algunos, jefes hoy, del Real Cuerpo de Artillería, podemos decir con orgullo que a nuestro Augusto Jefe, a quien siempre se le vio en las guerrillas animando con su valor a sus heroicos voluntarios, le conocieron perfectamente y saludaron con no pocos disparos, cayendo una de las granadas (que reventó) a muy pocos metros de distancia; y volviéndose el Rey al brigadier Bérriz, le dijo:

«Mira qué regalo me mandan tus compañeros de arma». 

Un enorme casco del proyectil a que aludimos ordenó el Rey lo recogieran, y mandó hacer en Eibar una purera, que conserva entre los muchos recuerdos que se hallan en el Palacio de Loredán.

I. de G.

El Correo Español (7 de noviembre 1901)

jueves, 12 de octubre de 2017

En el día de la Hispanidad: dos fechas memorables

Recuerdos y esperanzas

¡Tres de agosto y doce de octubre de 1492! Fiesta de la Raza se ha denominado a la conmemoración del glorioso acontencimiento comprendido en estas fechas imperecederas de nuestra Historia.

Los legitimistas, que, lejos de oponernos, nos congratulamos de la exaltación pública de sucesos tradicionales, queremos escribir unas líneas sobre los enunciados desde las columnas de EL CRUZADO ESPAÑOL.

Que este Semanario, amante de las glorias patrias como el que más, ansía dar brillo y esplendor al recuerdo de tan faustas efemérides.


¡Tres de agosto de 1492!... Noche serena y apacible. Dos horas antes de que la aurora despejara las sombras de la noche, cuando aun se veía un firmamento tachonado de rutilantes estrellas, aquel peregrino que en 1484 se acercaba al histórico convento de la Rábida pidiendo hospitalidad y alimento para el niño de seis años que llevaba de la mano —alimento y hospitalidad concedida tan generosamente por el P. Guardián— y que es Almirante general de la flota, pronta a partir en busca de lo ignoto, se dispone a pronunciar las simpáticas y majestuosas palabras In Nómine D. J. Christi, que era, según el P. Coll, «el lema y como el alfa y omega de todas sus acciones».

El astro-rey lanza desde el horizonte sus crenchas de oro por el espacio y hace brillar los cascos embreados de las naves surtas en el puerto de Palos de Moguer. A la izquierda, a unos tres kilómetros, aparece sobre una prominencia el blanco Monasterio, albergue de los humildes hijos de San Francisco, patrocinadores de la magna empresa.

¡Momento solemne!... El sonido de las campanas de cercana iglesia se confunde con el griterío de los ciento treinta hombres que componen la tripulación. El P. Fr. Juan Pérez, erguido y con el brazo en alto, según un célebre escritor, «cortaba el aire con la cruz de sus incesantes bendiciones»; un viento favorable hincha las velas de la Santa María, la Pinta y la Niña, capitaneadas por el genovés y los dos Pinzones. Comienzan los buques a «cabecear, cortan vertiginosamente las rojizas aguas del Tinto, y se pierden en la lejanía...» ¡Allí va España!...

* * *

¡Doce de octubre de 1492!... Son las dos ríe la madrugada. La Pinta hace señal de tierra. Un marinero está en la delantera de la proa desde anochecido oteando el horizonte. Se aclara el nublado cielo, y Juan Rodríguez Bermejo divisa sobre las aguas una mancha blanquecina: era de arena. Alza los ojos y descubre claramente, a la luz de la luna, la línea negra de la costa. Un trueno de bombarda hiere el espacio, y el grito de ¡Tierra! ¡Tierra! detiene los navíos hasta que aclara el día.

Colón, al oír el cañonazo, grita:

— Señor Martín Alonso, habéis fallado tierra.
— Que mis albricias no se pierdan, señor — contestó Pinzón. 

Se descorrió el velo, y apareció a la vista un Nuevo Mundo: un florón que, merced a Isabel, va a tener Iberia de hoy en adelante: sarta de perlas que los Reyes Católicos engarzan a la corona de España y que posteriormente nefastos políticos desgranaron una a una...

***

Esta es la fecha que hoy conmemoramos; fiesta cívica que parece haber relegado a segundo término a esa otra más gloriosa para los españoles, puesto que la Reina del Cielo elige a España su pueblo predilecto, visitándonos en carne mortal y dejando la huella perenne cabe las rientes márgenes del Ebro.

Los defensores de la Bandera de la Fe, de la Patria y la Monanquía nacional consideramos que esos pueblos de allende los mares son nuestros en todas sus manifestaciones: en sus modos, en sus costumbres, en su idioma, en su raza. Tan nuestros que hacemos votos fervientes por que sea un hecho el testamento de la excelsa Reina —América para España— siquiera en la forma y conforme al pensamiento de nuestros augustos Caudillos Don Carlos y Don Jaime de Borbón.

Y cabalmente por ello debiera ésta llamarse la Fiesta de la Tradición española. Y así, recordando fechas y hechos. cuantos españoles se precien de serlo, estudiarían detenidamente lo que fuimos y lo que somos, y harían el decidido propósito de rectificar erró­neas conductas para que España recobrara la fe perdida y la riqueza despilfarrada.

Fe y riqueza que no se hubiesen perdido de no haber vuelto la espalda a la Tradición. Riqueza y fe que no se recobrarán en toda su plenitud, ínterin no se reintegre la sociedad española a la Tradición.

BRUNO RAMOS MARTINEZ


EL CRUZADO ESPAÑOL (11 de octubre de 1929)

sábado, 30 de septiembre de 2017

Una solución tradicionalista: el problema separatista.


Una solución tradicionalista: el problema separatista.


Históricamente, los procesos secesionistas han tenido lugar en épocas de crisis políticas y económicas, en las que hay una tendencia generalizada a buscar una solución a la situación mediante nuevos valores morales y proyectos políticos alternativos. En el caso catalán, esto ha venido de la mano de una crisis económica de escala global, en la que se encuadra con una oleada de nacionalismos que han estallado, entre otros, en Escocia (Reino Unido), Patagonia (Argentina) y California (Estados Unidos), y en particular de la crisis económica y política española, que se ha traducido en una debilidad extrema del Estado, incapaz de asegurar su integridad política ni el cumplimiento de la ley y que ha cedido progresivamente más poder por parte de los gobiernos de turno (PP y PSOE), que a cambio de apoyos para gobernar han aumentado las competencias de los gobiernos controlados por los separatistas, de forma que la debilidad del Estado en Cataluña y su incapacidad para hacer cumplir la ley es una consecuencia lógica de esta cesión de poderes.

A cambio de votos para poder gobernar por no contar con
mayoría absoluta, el PP y el PSOE han aumentado las competencias
de las autonomías catalanas y vascas, controladas por separatistas.

Los separatismos españoles surgieron a principios del siglo XIX. Al principio comenzaron como simples regionalismos, movimientos de reacción contra el centralismo de los gobiernos liberales y de reivindicación de la identidad regional. En un primer momento, los separatistas se limitaban a un puñado de excéntricos burgueses bilbaínos y barceloneses, sin embargo esta situación cambió como resultado del desastre del 98, dentro de España estalló una grave crisis de identidad, pasando España de ser indiscutiblemente una nación a ojos de los españoles, a sufrir un problema de identidad, el famoso problema de España. En este contexto de duda y desorientación, los nacionalismos separatistas, principalmente el vasco y el catalán, alzados como alternativa a una España derrumbada política y moralmente, adquirieron una fuerza inusitada, originándose los problemas vasco y catalán tal y como los conocemos.

La pérdida de las provincias de Ultramar tras el Desastre del 98,
provocada por el escaso interés del Gobierno español en una guerra 
larga, provocó una gravísima crisis de identidad en España, 
favoreciendo la extensión del separatismo.

Durante la etapa final del Franquismo y los años de la Transición es cuando se perfiló la situación nacionalista actual: los nacionalistas, antiguos colaboracionistas y anti-franquistas de última hora, obtuvieron un inmerecido prestigio político dentro de las fuerzas demócratas, que les colocó entre los “vencedores” tras la dictadura, obteniendo una posición de privilegio en el panorama político que les permitiría acceder al control de los gobiernos regionales catalán y vasco, sobre los que han gobernado hasta el presente casi sin interrupción como auténticos feudos políticos, a través de los que han inoculado el independentismo a las masas catalanas y vascas. Los separatistas adquirieron un lugar importante en la redacción de la Constitución del 78 y en los estatutos de autonomía, que cubrirían ciertas demandas suyas, como la posibilidad de una anexión de Navarra a País Vasco, e incluso, en un vano intento de conciliar las aspiraciones de los nacionalistas, la doctrina oficial definiría a España como una nación de naciones, lo que en concordia con el principio de Estado-nación vigente hoy en día, constituye un suicidio político.


Las escuelas públicas y otros organismos de influencia social,
bajo competencia de las Comunidades Autónomas, han permitido a
los separatistas contar con armas de adoctrinamiento de masas de 
primer orden, permitiendo un gran aumento del secesionismo.

Ahora bien, ¿cuál es la forma de dar solución a esta situación? La respuesta a esta pregunta no lo pueden dar los partidos políticos que han sido responsables de la situación catalana actual por su codicia de poder y sus pocos escrúpulos, ni mucho menos en los partidos y movimientos que son favorables al descuartizamiento de España. Tampoco puede encontrarse en partidos “constitucionalistas”, favorables a una actuación en el marco político actual, pues si una minoría puede acceder al poder político e implantar sus ideas a la población, es porque existe un sistema político que da pie a ello, lo que es más grave cuando se supone que ese sistema política implica el gobierno de la mayoría.

En primer lugar, el motivo principal que ha dado lugar a la proliferación de los independentismos en toda la geografía española desde Galicia a Canarias ha sido, como ya se ha visto en la exposición histórica del problema, es el problema de identidad provocado por los gobiernos españoles desde 1833 y el Desastre del 98. Para solucionar el problema de los nacionalismos, es preciso solucionar el problema español, lo que se debe hacer mediante un retorno a los principios tradicionales hispánicos, que fueron los principios generadores de nuestra nación, de nuestra historia y de nuestras glorias, y cuya pérdida ha ido pareja a la decadencia española.


El catolicismo como forjador de España y como causa espiritual 
hispánica, el viejo concepto de Las Españas, y la Monarquía Católica 
como representante de la tradición española, han de volver a ser las 
bases de la identidad hispánica y de la comunidad política española.

En segundo lugar, si se quiere extirpar el nacionalismo, es preciso un sistema político que asegure la integridad de la comunidad política, que no permita la entrega de poder a separatistas como parte de las luchas políticas de los partidos y que no permita que una minoría sediciosa pueda alcanzar el poder. Nosotros los carlistas creemos que el sistema político más conveniente para realizar lo arriba expuesto es una monarquía católica, tradicional, social y representativa, que con el principio monárquico asegure un gobierno estable que no necesite de pactar con separatistas para gobernar con normalidad y que pueda realizar planes de gobierno duraderos que no cambien según el vaivén de los partidos políticos, que con una estricta separación entre la representación y el gobierno, un férreo control de los representantes por parte de los representados y el empleo del mandato imperativo en la representación, asegure una representación auténtica, que impida el acceso al poder a minorías políticas y sediciosas.

La Unidad Católica, una monarquía que reine y gobierne,
la autarquía de los cuerpos intermedios y unas Cortes tradicionales
son los principios de la Monarquía Católica, Tradicional, Social y
Representativa, defendida por los carlistas y encarnada en la dinastía 
proscrita, inaugurada por don Carlos María Isidro de Borbón, Carlos V. 

Sólo de esta forma se podrá dar fin último y definitivo a este problema centenario que son los separatismos españoles, pues aunque se pueda solucionar el problema al margen de la situación actual, éste volverá a resurgir a corto plazo, no dándosele nunca solución definitiva sin que España quede desmembrada.  

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Una solución tradicionalista: las huelgas de taxis del Prat y Barajas

Una solución tradicionalista: las huelgas de taxistas del Prat y Barajas.



Entre la segunda mitad de julio y la primera mitad de agosto hemos asistido a unas jornadas de huelgas de taxistas en diversos puntos de España como respuesta a la competencia ejercida por las internacionales de transporte Cabify y Uber y a la gran permisividad legal por parte del Gobierno liberal. Esto no es cuestión baladí, y mucho menos para los taxistas, que viven en una situación de total injusticia en la que las citadas empresas no pagan impuestos, cobran precios más altos por kilómetro recorrido, y las licencias por la que se rigen sus conductores tienen precios irrisorios en contra de los elevados precios que alcanzan las licencias para taxistas. Esto no es algo por lo que desde el carlismo, más amigo del pequeño propietario que de las grandes empresas internacionales extranjeras, seamos mudos, ciegos y sordos.

Bien es verdad que la doctrina tradicionalista no contempla un punto específico para el mundo del taxi, y que tampoco se lo espera; pero sí que se puede aplicar una situación que desde el carlismo sí que se ha prestado gran atención, y es lo relativo a la doctrina de los cuerpos intermedios, y con mayor atención a los cuerpos de oficio o gremios.

Los gremios son cuerpos intermedios de tipo profesional, y una de sus características es la capacidad de redactar sus ordenanzas, que en la práctica son las leyes por las que se rige su vida laboral, y juzgar todas sus infracciones. Al observador extraño esto le puede sonar un tanto a utópico o irrealizable; sin embargo, a un observador más versado en la cultura política española no se le debería escapar que esta realidad sí que es aplicable, y que incluso en la actualidad sigue existiendo un organismo que funciona con esa lógica y que ha alcanzado gran renombre en la esfera internacional por su gran eficiencia (e incluso que por su gran perfección podría constituirse en el modelo de los cuerpos intermedios una vez producida la Restauración del sistema tradicional): el Tribunal de las Aguas de Valencia.



El Tribunal de las Aguas es el órgano judicial de las Comunidades de Regantes de la Vega de Valencia. La Comunidad de Regantes es una especie de gremio de acequieros, esto es, de regantes y labradores de una acequia. Hay una Comunidad de Regantes por cada una de las ocho acequias de la Vega. Cada Comunidad tiene a su cabeza un síndico, encargado de labores de gobierno. Los ocho síndicos componen el Tribunal de los Acequieros de la Vega de Valencia, que se encarga del gobierno conjunto de las ocho acequias, y juzgan los pleitos en el Tribunal de las Aguas propiamente dicho. Las Comunidades se gobiernan por sus Ordenanzas consuetudinarias, si bien fueron plasmadas por escrito durante la Edad Moderna, y el Tribunal de las Aguas se encarga de juzgar las infracciones.

Los síndicos no cobran por su labor de jueces, pues forma parte de su trabajo de gobierno de las Acequias, y son conocedores de las Ordenanzas a pesar de que no son abogados, pues son las leyes que rigen la vida diaria de los regantes de las Acequias, y todos los regantes las conocen. El juicio tiene lugar todos los jueves en la Puerta de los Apóstoles de la Catedral de Valencia, a partir de las doce, con una puntualidad proverbial, y de forma pública. Todo el juicio es oral, y en lengua valenciana, muy rápido (siendo el tiempo máximo de duración de una semana) y apenas produce gastos, siendo éstos los gastos de desplazamiento de los Guardas para poner una denuncia y del Tribunal si debe desplazarse para realizar una “vista” in situ. La jurisdicción del tribunal de las Aguas, que goza de gran prestigio, se extiende a todas las personas físicas y jurídicas que labran en los territorios de la Vega de Valencia, o cuyas acciones puedan influir al curso del agua, empresas incluidas.

El profesor Víctor Fairén-Guillén, ha sido uno de los que más ha estudiado el proceso jurídico del Tribunal de las Aguas de Valencia, y ha señalado dos hechos: en primer lugar, que el hecho de que los juicios sean públicos ha sido una de las principales fuentes de auctoritas del tribunal, que se ve doblemente obligado a dictar una sentencia justa por obligación moral y por presión popular, y en segundo lugar, que las cuatro grandes ambiciones doctrinales de todos los tribunales del mundo son características propias de este tribunal: concentración (dispone de todo lo necesario en el momento del juicio), rapidez (el tiempo máximo de un juicio es de siete días, si bien se puede extender a tres semanas si un denunciado desoye las tres llamadas a juicio, tras lo que es juzgado por rebelión), economía (el proceso genera unos gastos mínimos) y oralidad (todo el juicio se realiza de forma oral).



Aplicado al caso de los taxistas, se formaría en cada ciudad un gremio de taxistas que podría dividirse en Comunidades o sindicatos, con un síndico a la cabeza, que distribuyan entre los taxistas el territorio en que realizan su labor, de la misma forma en que las Comunidades de Regantes distribuyen el agua entre los acequieros. Estas Comunidades se agruparán en un Cuerpo mayor, el Gremio propiamente dicho, que redacte y haga cumplir las ordenanzas, que deberán incluir el método de cálculo de precios y normas para evitar cualquier tipo de fraude o de maniobra para aumentar el precio o la distancia del viaje realizado. Contará con un Consejo o una Junta de gobierno compuesta por todos los síndicos del gremio, igualmente cabezas de las respectivas juntas de gobierno de sus respectivos sindicatos, y dedicada a labores administrativas, entre ellas, la emisión de las licencias de taxis y la adjudicación de su precio, una cuestión de queja hoy entre los taxistas, y un Tribunal, que de la misma forma que el Tribunal de las Aguas, se reunirá en una Catedral o en una Parroquia de forma conjunta con la Junta de Gobierno, iniciando el Tribunal sus sesiones a toque de campana. Los juicios serán públicos y se realizarán de forma oral. El Tribunal juzgará infracciones a las Ordenanzas realizadas por cualquier persona física o jurídica relacionada con el transporte de personas, incluidas empresas internacionales de transporte (y aquí es dónde interesa a nuestros queridos amigos los taxistas) como Cabify y Uber.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Himno a la Virgen de las Angustias



HIMNO OFICIAL A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS, PATRONA DE GRANADA

CORO 

Oh Virgen de las Angustias,
Reina y Madre de Granada,
que es, a tus plantas postrada,
hoguera de fe y de amor;

En la vida y en la muerte,
protégenos con tu manto,
y nos consiga tu llanto
el amparo del Señor.

ESTRIBILLO 

Hay una Madre de amores
que adora Granada entera;
La Virgen de las Angustias;
La que vive en la Carrera.

PRIMERA ESTROFA 

Desde las costas que el azul baña,
Hasta la sierra, cumbre de España,
donde es la nieve blanco fulgor;
Desde los riscos alpujarreños,
A los alegres campos lojeños,
Madre del alma, Tú eres el sol.

(ESTRIBILLO)

SEGUNDA ESTROFA 

De nuestra Alhambra los ruiseñores,
de nuestras fuentes los surtidores
bajo el bendito cielo andaluz,
cantan el himno de la esperanza
y los favores que de Ti alcanza
toda Granada junto a la Cruz.

(ESTRIBILLO)

martes, 12 de septiembre de 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017

San Pío X y Carlos VII

Los hechos expuestos a continuación ponen en tela de juicio los argumentos de quienes sostienen que la Iglesia fue partidaria del sistema alfonsino y que para ser buenos católicos y complacer al Santo Padre, los españoles tenían la obligación acatar reverentemente los Poderes constituidos, cuestiones tan complejas y delicadas, que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas, con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.


San Pío X, Romano Pontífice entre 

No podían ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa Pío X y el Augusto Caudillo de la Comunión Tradicionalista, Carlos VII. Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

Dos visitas hizo Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces fue recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe a los reyes verdaderamente católicos, que han prestado o prestan grandes servicios a la Iglesia.

A los regalos de Don Carlos correspondió el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

El Papa enriqueció generosamente la capilla del Palacio Loredán, residencia de Don Carlos, con indulgencias plenarias y parciales, como no lo hizo con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituidos.

Carlos VII,
Duque de Madrid, Rey legítimo de España 

El 4 de noviembre de 1905, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebraba el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concedía que se pudiese celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.— Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

Lo cual significa que Su Santidad concedía especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción a la Santa Sede Apostólica tenían en grande estima.

No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó a Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le deseaba, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y mandaba con efusión, tanto a Él como a la Señora, la bendición apostólica.

Por último, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, el general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dio el pésame a nuestros Augustos Señores.

¿Que todo esto petenecía al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero resultaba elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de quienes eran nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más o menos vergonzantes, enamorados del mal menor, y que, no contentos con eso, formaban juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizando en las Cofradías frases que, si no deshonraban, empañaban al menos nuestra reputación religiosa, y sostenían en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvidaba decir.

Decía proféticamente Eseverri (seudónimo de Manuel Polo y Peyrolón) en EL CORREO ESPAÑOL, que si nos dejábamos seducir por los que, con pretextos religiosos, se proponían por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole a los pies de las instituciones liberales, debíamos prepararnos para llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

Información obtenida de El Correo Español (11 de enero 1906)

miércoles, 9 de agosto de 2017

Disturbios en Granada durante la Primera Guerra Carlista

Desde que los franceses introdujeran el liberalismo en España, siempre ha habido contrarrevolucionarios en Granada. En entradas anteriores hemos hablado del Padre Osuna, religioso cruelmente asesinado por los constitucionalistas en 1823 y del que, a diferencia de la masona ajusticiada Mariana Pineda, nadie se acuerda en nuestra ciudad.

Al estallar la primera guerra carlista, tampoco faltaron partidas legitimistas en nuestra patria chica, de lo que da cuenta la obra del liberal Antonio Pirala, que sin embargo sostiene que el levantamiento fue sofocado pronto. Nos parece que no se ha hecho aun justicia histórica sobre la abundante y continua presencia carlista en Granada y Andalucía en todas las guerras civiles de España y en concreto durante la primera. Prueba de ello son los hechos relatados por Melchor Ferrer en su monumental obra Historia del Tradicionalismo Español, que reproducimos:


Ante la alarma de que han entrado los carlistas en Granada, la banda de bomberos suspende su tocata

[En 1835] no era quietud lo que reinaba en Andalucía. Tantas conspiraciones descubiertas, seguidas de sangrientas represiones y castigos, tanta invasión de partidas manchegas, tanto malestar en el fondo de la sociedad andaluza, y también la presencia de pequeñas partidas que hostilizaban al enemigo y que por su exigüidad escapaban a una obra general, pero que molestaban y excitaban el amor propio, el cada vez más decaído prestigio... y los nervios de los cristinos. Sólo así se comprenden los sucesos del 9 de agosto [de 1835] en la ciudad de Granada.

De ser cierta la paz octaviana y la unanimidad liberal que, al decir de Pirala y de sus seguidores, reinaba en Andalucía, sería incomprensible lo que allí ocurrió. En dicha fecha, a las once y media de la noche, estaba la banda de bomberos dando un concierto de música en la calle de Mesones. De pronto, aparece entre la gran concurrencia allí reunida un individuo con el uniforme de cazador de la Milicia Urbana, y grita:

«Compañeros, en la Puerta Real hay carlinos. A ellos...». 

Nos dice un periódico oficial: «El desorden que en aquel momento de pura diversión causaran tales expresiones, es de penetrar. La mayor parte del concurso, a la vez que los músicos, desapareció...» [1]. Se formaron patrullas que salieron para Puerta Real, pero prefirieron refugiarse pronto en el portal de la casa del Marqués de los Villares, en la que acababa de llegar el Capitán General [2], de retorno del teatro. «La hora, el sitio y las circunstancias del caso produjeron una confusión, y ésta un alboroto», dice el mismo periódico.

El Capitán General desciende a la calle y ve que un hombre iba corriendo. Sale detrás, seguido de los milicianos urbanos, que ahora han recobrado ardor a la vista del general y, después de dar el fugitivo las voces de alto y en vista de que no paraba en su carrera, disparan y cae herido. Este después dice que corría porque creyó que le perseguían los carlistas...

¿Es concebible que en una región en la que se dice que no existen carlistas armados, en una capital como Granada, la noticia de que los carlistas están dentro de la localidad pueda causar tal confusión hasta el extremo de que el Capitán General corra desaforado por las calles detrás de un individuo que se le conceptúa sospechoso? [...] Nada se ha hecho en España en relación a las guerrillas carlistas, y si algo puede presentarse con alguna proporción respecto de los hechos, son los períodos de Zumalacárregui y de Cabrera, o, generalmente, a las campañas del Norte, Maestrazgo y Cataluña; y lo poco que se presenta de otras partes hemos de recogerlo de los enemigos del carlismo, que han pintado la historia a su gusto y a su interés.




[1] Boletín Oficial de Granada del 12 de Agosto de 1835. 
[2] Lo era de la Capitanía general de Granada don Carlos Espinosa quien después de haberse distinguido en la guerra de la Independencia mandó en 1822 el ejército constitucionalista en Navarra contra los realistas, emigrando al triunfar las armas de los partidarios de Fernando VII. Volvió al servicio activo a la vuelta del régimen liberal, y fue gobernador de Cádiz y capitán general de Granada. Fue muy adicto al liberalismo y murió en edad avanzada en 1850. 


Historia del Tradicionalismo Español (tomo IX, p.248)

viernes, 4 de agosto de 2017

White Russians in the Requeté: Константин Константинович Семенов, Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг.

Publicamos hoy nuevamente una reseña bibliográfica en inglés de nuestro colaborador extranjero Arvo Jokela, en esta ocasión sobre el libro de Konstantin Semenov publicado en 2016 «Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг.» (Emigración rusa y la Guerra Civil Española de 1936-1939 / Russian Emigration and the Spanish Civil War of 1936 - 1939).


Константин Константинович Семенов, Русская эмиграция и гражданская война в Испании 1936-1939 гг., Москва 2016, ISBN 9785906842701. Hard cover, 256 pages, in-text photos

It is well known that there were tens of Russians who joined Requeté units and fought in the Civil War. The subject is flagged rather than discussed in a number of works, be it those focusing on the Carlist realm (Julio Aróstegui, Combatientes Requetés en la Guerra Civil española, 2013), on foreign volunteers to Nationalist ranks in general (Judith Keene, Fighting for Franco: International Volunteers in Nationalist Spain During the Spanish Civil War, 2001, Christopher Othen, Franco's International Brigades, 2008), or on Russian volunteers and the war (Roberto Palacios-Fernández, Русские добровольцы в испанской Гражданской войне, 1995). There are brief monographs on Russians volunteers in specific formations (Сергей Балмасов, Русские в бандерах Испанского иностранного легиона, 2003), yet there is no monograph on Russians in the Carlist ranks. The recent approximation to the issue is offered by Konstantin Semenov, the Russian historian specializing in recent military history; with no academic background, he is involved in the realm of museums and in editorial activities. Unfortunately, the work discussed is not a monograph on the Russians in Requeté either. Its objective is to present the position of Russian emigration towards the Spanish war; particular attention is paid to France and to flow of Russian volunteers to both sides of the conflict. The work contains no specific section on Carlist units, though the chapter dedicated to Russian volunteers to the Nationalist faction in general is heavily based on the Russian Carlist experience.

The first chapters of the volume are of little value to readers interested in the war itself. One chapter provides a very basic account of run-up to the conflict and it might be interesting only for those willing to see how Russian historiography perceives the problem; the account starts – fairly typically – with the Napoleonic area (p. 24), though it might sound odd that pronunciamentos of the 19th century are systematically called „revolutions” (p. 25) and that summary of the republican period underlines political conflict with little attention paid to structural problems (pp. 29-35); few simplifications, natural in such a helicopter-view account, seem a bit excessive (e.g. Sanjurjo is named „nominal head” of the 1932 conspiracy, pp. 29-30). Another chapter offers a general overview of the war (pp. 36-49) and one more deals with the Russian emigration in general (pp. 50- 60). The following section discusses attitudes of the émigrés towards the conflict (pp. 61-72); it demonstrates that siding with the Nationalists was by no means obvious; some sympathized with the Republicans and some called to stay clear of foreign conflicts and save „Russian blood” for liberation of Russia. It is perhaps surprising to note that the decision to support the Nationalists, adopted by the émigré military organisation, was taken regardless of the mounting Soviet engagement; launch of the volunteering scheme was motivated rather as a joint fight against the revolution and as Christian solidarity. It seems that the Russians approached the Nationalists as homogeneous realm and that neither press pundits nor high officers engineering the volunteering scheme developed preference for any section of the Nationalist coalition.

Two key chapters of the work are these dealing with volunteers to the Nationalist (pp. 73-108) and to the Republican side (pp. 109-137). The latter will not be discussed here, though the undersigned must admit being shocked upon learning that there were 4 times more Russians volunteering to the latter than to the former. The section on Russians joining the rebels does not offer much new information on Requeté compared to what we know already; perhaps its key value is that it enables us to gauge Russian engagement in Carlist troops compared to other Nationalist units. Semenov’s work suggests that around a half of all Russians serving with the rebels ended up in Requeté tercios (47 individuals out of 98 cases when a unit or at least a formation could be identified). In particular, it was Tercio Maria de Molina which attracted some one third of all Russians among the Nationalists, with a few in Tercio de Navarra and single individuals in other tercios (pp. 142-151). Some 10 Russians moved to tercios either from the Falangist banderas or from the Foreign Legion, which remained key other formations where they served. Appendix containing a table with details of Nationalist volunteers (pp. 142-151, the Republican ones in table pp. 152-175) is among most valuable sections of the book, though the total of 684 names listed can hardly be reconciled with the claim that the number of Russian volunteers did not exceed 600 (p. 138).

Perhaps the key flaw of the book, at least from the Carlist perspective, is that it offers no information on mechanism of assignment to particular formations. The tendency to move to Requeté and not to other troops is clear yet we know no details how it came about. Negotiations among ROVS (organisation of Russian émigré military) and Francoist authorities do not reveal penchant for any formation and there is no information on would-be negotiations between ROVS and Junta Nacional Carlista de Guerra. One might speculate that perhaps Christian motivations, visible as key mobilization factor among the Russian military, was responsible, yet there is no proof of such a theory. Another theory might be that as the incoming Russians crossed the Spanish frontier mostly in Navarre (p. 79-80), they found it easiest to enlist to Requeté. One more option could be that ultraconservative Carlist outlook suited the Russian emigrants vey well (see p. 85). The Russian overrepresentation in Carlist units seems especially puzzling given Franco opposed clear O’Duffy preference for Requeté and finally managed to divert the Irish into a separate stand-alone brigade; perhaps the Russians were too few to pose a political problem and unlike the Irish, they were permitted to join the Carlists. It seems that Semenov’s focus on Russian rather that on Spanish documents (of which only two fonds of the Avila military archive were researched, p. 248) might be responsible for insufficient analysis of the issue.


Semenov’s volume provides abundant evidence that – at least from the Russian perspective – relations between the Russians and the Spanish Requetés were very good if not excellent. One might suspect that they were much better than in the socially-minded Falange or in the mercenary-like Foreign Legion; perhaps as the news spread, it prompted many Russians to seek re-assignment from banderas to tercios. The work contains numerous accounts pointing to very friendly relations and no account pointing to a conflict; one can even learn that the Russians attended Roman Catholic masses, and some Spanish Requetés were at least present at Orthodox liturgies (p. 233, 234). Some Russian documentary narratives attached as appendices, like Как дралась Наварра (Navarre in combat, account of Monterrubio fightings in January 1939, pp. 211-215), are in fact exalted homages to the Carlists; Carlist rule in towns re-taken by the Nationalists, like Caspe, prompted some Russians to imagine that their own rule in Russian towns re-taken from the Soviets would look very much the same (pp. 231-232). Apparently it was not a big problem that many Russians (most?) served in ranks far lower than their original ones (e.g. Владимир Двойченко raised to colonel in his native Tavricheskiy cavalry unit, but in Tercio de Navarra he was killed as a sargento, compare Semenov p. 144, Aróstegui p. 166). Semenov does not offer any explanation of this under-ranking phenomenon, interesting given permanent shortages of officers in Requeté (and political problems ensuing, see the Academia Militar issue) and given many Russians were competent enough to lead a battalion if not a regiment; perhaps their poor command of Spanish was an insurmountable obstacle.

Semenov’s volume only slightly broadens the list of Russian Requeté combatants known already from the requetes.com service, yet it provides more detail and names in original transcription. We can now determine that e.g. a Russian officer of Tercio Maria de Molina, referred to as „Peluquín” in Aróstegui (p. 546) is most likely Яков Полухин (Yakov Polukhin, born 1895 p. 148, in requetes.com listed as „Poluhin Jakob”), „Illin” (p. 548) is most likely Борис Ильин (Boris Illin, born 1910, p. 145) and „Fot”, is perhaps Анатолий Фок (Anatoliy Fok, born 1879, p. 150, in requetes.com listed as „Anatole Fock”). However, there are cases which still remain unclear: „Krivochensko” (Aróstegui p. 548) might be one of the Кривошея (Krivosheya) brothers (pp. 146-7), though other names also seem to be a close match. There is some additional detail on fightings in Biscay (Ochandiano, p. 89), Aragón (Quinto de Ebro, pp. 93-95) and Extremadura (Monterrubio, pp. 211-215) and on outstanding Russian personalities, like Анатолий Фок or Николай Шинкаренко. The volume provides also interesting though rather anecdotal evidence; it falsifies claims that the Carlists did not resort to „Arriba España” cries (p. 212), testifies that the Carlists were very much visible as far South as in Cádiz (pp. 205-206) and – which seems surprising – notes that also in the very heat of the battle the Spanish Requetés were addressing their Russian comrades „de usted” (p. 213). Some parallels drawn by the Russians are telling, even though they do not refer to the Carlist realm: Burgos as headquarters of the Nationalists is compared to Ekaterinodar during the Russian Civil War (p. 207) and the Nationalist rising itself is compared to Kornilov’s affair (p. 56).

The book suggests that there were at least 8 Russians who died in combat when serving in Requeté units, which would make up for an extraordinarily high 17% KIA ratio. Unfortunately, there is no section on post-war fate of the survivors, even though it seems that for many the war changed their personal lot. The requetes.com site lists some 20 Russians who apparently remained in Spain and passed away there in the 1960s, 1970s or the 1980s; this would suggest that some 45% of all Russian Requeté combatants did not return to France or their original emigration country and opted for a new homeland. Unfortunately the author did not decide to track their fate, which after all was also part of the Russian emigration history. Following two key chapters on volunteers to both sides Semenov proceeds to offers a brief concluding section (pp. 138-141). His work consists also of some 100 pages of appendices (pp. 142-246). They contain already mentioned tables with lists of Nationalist and Republican volunteers, few articles from the Russian press, ROVS-related documents and excerpts from Russian letters and memoirs, some of them particularly interesting as containing unedited first-hand record on the Carlists as perceived by the Russians. The list of sources consulted reveals that the author was allowed access to Russian archives which usually remain out-of- reach for foreign scholars and that the secondary literature consulted contains only few titles printed beyond Russia or the USSR. Overall evaluation of the volume is not the objective of this review; contribution to the Carlist and Requeté history seems rather modest.

Arvo Jokela


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