Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

viernes, 24 de marzo de 2017

Doctrina carlista sobre el problema social, los principios tributarios y el militarismo

El problema social 

Las prevenciones y resoluciones de las denominadas cuestiones sociales las entendemos de tal suerte que sea, en general, la Sociedad misma —no el Estado— la que tome a su cargo el asunto, siguiendo en esto el camino de luz que trazó León XIII en la inmortal Encíclica Rerum Novarum. Por esto rechazamos y combatimos las absurdas propagandas que provocan las luchas de clases y propugnamos la armonía de todos los elementos de la producción como fuente fecunda del bienestar social. Por esto protestamos también del irritante intervencionismo de los Gobiernos, que intentan crear un corporativismo artificioso, complicado e infecundo, además de caro y fomentador de parásitos empleados innumerables, para conjurar los conflictos entre capital y trabajo.

Si como base firme de toda la organización natural, empezamos estableciendo el verdadero censo corporativo por la corporación misma, siempre abierto al individuo y a la clase, tendremos la realidad de los componentes y no la injusticia de la intervención abusiva socialista en los organismos oficialmente formados a título absurdo de mayoritismo ficticio, y, aunque fuera cierto, en perjuicio de sectores de trabajo dignos de representación.

Principios tributarios

Esencialísimo el orden económico y hacendístico para la prosperidad material de la Nación, ansiamos acreditar que no admitimos el subversivo principio socialista de que el Estado tiene derecho a participar de las utilidades de la riqueza y del trabajo de los ciudadanos —como dijo la Dictadura fenecida— sino que todos tienen el deber de cooperar al levantamiento de las cargas públicas en proporción a su respectivo haber, lo cual no es lo mismo, porque en lo primero se condensa todo el intervencionismo y ambición del Fisco, y en lo segundo toda la obligación, pero armada de facultad de impedir que el Estado se considere dueño y señor de las fortunas privadas e investigador inquieto de lo más íntimo y espiritual.

El militarismo

Debemos apuntar algo sobre el militarismo, temido por muchos, aunque no por los tradicionalistas, ya que lo previenen y resuelven estableciendo el servicio militar voluntario o profesional y la instrucción militar obligatoria, con lo cual el ahorro del Tesoro es incalculable y el de personal y material guerrero también, demostrando así nuestro espíritu pacifista y nuestro propósito de común defensa de la Patria como soldados y obreros y, a la vez, favorecemos la restitución de brazos a los oficios manuales y culturales. La reorganización de la Milicia debería ejecutarse sobre el fundamento de la interior satisfacción especial de los diversos Cuerpos armados en armonía perfecta con la unidad esencial, de mando en operaciones y sin gravamen económico ni moral para la Patria, como era de esperar del alto deber de los interesados.


Sentados: Sres. Conde de Arana, Marqués de Villores, Juan M. Roma y Lorenzo Sáenz.
De pie: Sres. Tomás Blanco Cicerón, Luciano E. Polo, Lorenzo de Cura y Conde de Rodezno

Tomado de las Doctrinas y anhelos de la Comunión tradicionalista (El Cruzado Español, 23 de mayo de 1930)

Firmantes: Marqués de Villores, Secretario general político en España de S. M. Don Jaime de Borbón, por el antiguo Reino de Valencia. — Conde de Arana, por el Señorío de Vizcaya. — Lorenzo Sáenz Fernández, por Castilla la Nueva. — Luciano Esteban Polo, por el antiguo Reino de León. — Juan María Roma, por el Consejo regional de Cataluña. — Lorenzo de Cura y Pérez Caballero, por Castilla la Vieja. — Conde de Rodezno, Joaquín Beunza, por la Junta regional de Navarra. — Tomás Blanco Cicerón, por el antiguo Reino de Galicia. — Sancho Arias de Velasco, por Asturias. — Antonio de Echave-Sustaeta, por Álava. — Francisco Guerrero Vílchez, por Granada. — José María Bellido Rubio, por Jaén. — Ildefonso Porras Rubio, por Córdoba.

domingo, 19 de marzo de 2017

Tradición y Antitradición (en la fiesta de San José)



En la historia de la divina Infancia de Jesús —período histórico que, como observan los expositores, en el Evangelio de San Lucas tiene por centro a la Inmaculada y en el Evangelio de San Mateo tiene por centro a San José— vemos cómo se encuentran y luchan la TRADICIÓN, la más augusta de las tradiciones, la de la esperanza en el Mesías, y la ANTITRADICIÓN, la más impía de las antitradiciones.

La Antitradición la representa Herodes. Este idumeo, «medio judío», como Josefo le llama, combate la Tradición de todos modos; pero la combate singularmente de un modo especial que consiste en dar a la lucha aspecto de conciliación. Por ejemplo: sintiéndose émulo de la gloria de Salomón, acomete la reconstrucción del Templo, en lo que se muestra amante de la Tradición y con lo que satisface a muchos creyentes. Pero tiene la audacia de colocar sobre la puerta principal del Santuario el águila de oro, símbolo del Imperio, como el águila de plata, con su haz de rayos de oro en las garras, había sido el símbolo de la República de Roma. El águila de oro era también un ídolo que, en tiempos de paz, veneraban los romanos en una capilla próxima al pretorio... Pretendió infelizmente conciliar la Tradición con la Antitradición, dando al César lo que es de Dios.

Esta conciliación provocó sangrientos tumultos que él castigó con mortandad horrible, no sin quemar vivos a los cabecillas. Nada ganaba con esto la Tradición. La Antitradición se llevó todas las ganancias. Por este camino se llegó a la vaticinada «abominación de la desolación», y a aquellos horrores de aquella ruina de Jerusalén que mucho antes de sobrevenir arrancaron de Jesús las lágrimas del flevit super illam.

La Tradición la representa San José. Para demostrar que el mesianismo de Jesús es el verdadero mesianismo, los evangelistas prueban que es el mesianismo tradicional; el de la ley y los profetas que en Jesucristo se cumplen. Y remachando este argumento tradicional, exhiben la genealogía de Jesús según la generación temporal. San Mateo cuenta catorce generaciones desde Abrahán hasta David; otras catorce desde David hasta la transmigración de Babilonia; otras catorce desde la transmigración de Babilonia hasta Jesucristo. Esta genealogía acaba así: «Y Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús.» Aquí es San José el representante de la Tradición, y el que da nobleza y realeza davídica al Verbo humanado.

Jamás se ve que el Patriarca de la Sagrada Familia intente conciliar la Tradición que representa con la Antitradición. Pero defiende y mantiene esa Tradición de manera que así como, mediante la conciliación lograba Herodes que la Antitradición ganara, así ganaba sin conciliaciones la Tradición, a quien la Antitradición servía cooperando a sus triunfos.

La Antitradición es el poder romano que ordena el empadronamiento. Para empadronarse tenían que ir a Belén los de la Casa de David. Aquel empadronamiento sirve para que a los ojos de todas las generaciones resalte el hecho tradicional de la descendencia davídica de Jesús, que nace en Belén adonde ha ido José a empadronarse como descendiente de David. La Antitradición que es Herodes principalmente, pone en fuga a la Sagrada Famiüa; la persecución servirá para que a los ojos de todas las generaciones resalte el cumplimiento del vaticinio mesiánico: «de Egipto te llamé». De regreso a la patria, José no residirá dentro de la jurisdicción en que impera, heredada por Arquelao, la política de Herodes; esto servirá para que resida en Nazaret y se cumpla el vaticinio que presenta al Mesías como nazareno. Por este camino la Tradición va de triunfo en triunfo, cooperando la Antitradición, con quien no hay contubernio. Es verdad que la Tradición tendrá que ir al Calvario. Pero es que en el Calvario es la Redención. Si no fuera al Calvario no sería la Tradición...

Hemos esbozado una de las infinitas razones que movieron a nuestros mayores a proclamar patrono de los defensores de la Tradición española a San José...

FABIO

El Siglo Futuro (19 de marzo de 1935)

viernes, 10 de marzo de 2017

El General "NO IMPORTA"

Por D. Juan Vázquez de Mella

El general Cabrera rompe el cerco de Morella, obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Es la perseverancia la virtud del héroe, y la resignación en el infortunio la del mártir.

Constancia en el combate para no rendirse, y sublime paciencia en la desgracia para no ir por el camino de la desesperación a la locura o a la vileza, son grandezas del alma que brotan del sacrificio, fuente inexhausta de las bellezas morales. Y el sacrificio supone el imperio de la voluntad sobre las solicitaciones de la concupiscencia y la idea luminosa del deber sojuzgando al entendimiento, y las dos cosas juntas una energía irresistible que hace de la vida un dilema entre el honor o la muerte.

Ni la victoria colma nuestros anhelos, ni la desgracia rinde con la postración del desastre nuestras fuerzas.

España, que, paladín armado del derecho, ha salvado en una cruzada, siete veces secular, la civilización universal del simoun de los desiertos africanos; y en las contiendas de este siglo, luchando cuerpo a cuerpo con la revolución, ha demostrado que será, en la nueva edad que ya comienza, la Covadonga de Europa.

Nuestro pueblo hace de la desgracia el escabel de la fortuna, y de la derrota el pedestal de la victoria.

Por eso, al conmemorar a nuestros mártires y a nuestros héroes, sería la mayor de las injusticias no celebrar la memoria del más grande de los héroes y los mártires, del que resume y condensa así toda nuestra historia y compendia en su nombre, que significa la firmeza del triunfo y el desprecio de la muerte, lodos los rasgos de nuestro carácter, el sublime general NO IMPORTA, emblema de nuestra raza.

El joven Príncipe que después se llamó Carlos V, oponiendo a Napoleón, en el castillo de Marrac, el non possumus del honor en medio de la debilidad y vileza de Carlos IV y Fernando VII, se yergue, al lado de los que cayeron en el Parque y entre los escombros de Zaragoza, como una de las figuras más hermosas, que el odio político ha tratado de cubrir con el velo del silencio, en ese cuadro portentoso que iluminan las descargas del 2 de mayo, las bombas de Gerona y las estrellas arrancadas al cielo de la victoria en Arapiles y Bailén.

Desde el héroe de Arquijas hasta los mártires de Abanto, en las ondas de ese río de sangre generosa que socava los muros del agrietado alcázar revolucionario, se oye, como un murmullo solemne que parece la voz de la Patria, el perpetuo NO IMPORTA español que nos recuerda el deber de no rendirnos nunca al infortunio y alzar altivos la frente en las horas de las grandes tristezas nacionales, recordando las magnificencias del pasado, para salir de las desgracias del presente, fijos siempre los ojos en aquella Bandera que ondeará con su lema glorioso, cifra de nuestros amores y de nuestras esperanzas, sobre los trofeos de la victoria el día en que, aplacada la justicia de Dios con la penitencia, podamos recoger el galardón de tantos sacrificios como aun en este siglo ha ofrecido el gran héroe y el gran mártir, el general NO IMPORTA, oponiendo su pecho a la metralla para que no llegara hasta el altar.

Artículo publicado en El Correo Español el 10 de marzo de 1905, reproducido por El Requeté (Buenos Aires, 1 de marzo de 1939)

sábado, 25 de febrero de 2017

Reseña de «El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)» de Mercedes Vázquez de Prada

Publicamos hoy la reseña bibliográfica en inglés que amablemente nos envía nuestro nuevo colaborador extranjero, Arvo Jokela, sobre el reciente libro de la historiadora Mercedes Vázquez de Prada «El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)», ganador del XIV Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi”. Este libro puede ayudarnos a comprender mejor los entresijos de un periodo en el que unos supuestos carlistas no tradicionalistas —contradicción en sus propios términos—, al tiempo que colaboraban con el General Franco, trataban de desnaturalizar el carlismo, que en aquel momento experimentaba un verdadero auge, para convertirlo en objeto de sus veleidades izquierdistas. Todo ello culminaría con la traición del príncipe Carlos Hugo a la Santa Causa cuando en 1968 vio desvanecerse sus esperanzas de ser nombrado sucesor de Franco a título de rey.


Mercedes Vázquez de Prada, El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967), Schedas, Madrid 2016, ISBN 9788416558407, 356 pages in total, 34 illustrations, soft cover, available also for electronic devices, market price in Spain around €15. 

Historiography on Carlism during the Francoist era keeps growing especially since the late 1980s; it currently amounts to some 200 titles, around 50 of them being major works. The last two years proved particularly fruitful; two PhD dissertations completed were Invierno, primavera y otoño del carlismo (1939-1976) by Ramón María Rodón Guinjoan, accepted at Universitat Abat Oliba CEU in 2015, and La resistencia tradicionalista a la renovación ideológica del carlismo (1965-1973) by Daniel Jesús García Riol, accepted at Universidad Nacional de Educación a Distancia also in 2015. Unfortunately though perhaps understandably, none of these works was known to Mercedes Vázquez de Prada, who at the same time was pursuing her own study. In 2016 it was awarded (ex- aequo with another work) the XIV Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi”, and the same year it was released commercially as a book.

The Progressist bid to take control of Carlism is the subject of numerous works, including major studies of Caspistegui Gorasurreta (1997) and Martorell Pérez (2009). None of them is the ultimate and definitive word on the issue; as some works are focused on limited periods, some examine specific threads, some pursue partisan approach, some are plagued by scholarly deficiencies and none explored all sources available, there is still room for further research. This is why the work of Vázquez de Prada is certainly welcome, even though the author does not aspire to general synthesis of the topic. Declaring the 1960s “key moment in history of the Carlist movement”, she concentrates her attention on this very period and identifies her objective as finding “why the Traditionalist project collapsed”. The answer is structured into 5 chapters, each covering usually a bi-annual period and each subdivided into some 20 brief sub-chapters, usually covering specific episodes within the timeframe discussed.

Apart from historiographic and documentary publications listed in bibliography, the book is based on personal archives. They key one is this of Jose Maria Valiente, a set of personal documents which has been barely taken advantage of so far. Exploring it is perhaps the most fundamental advantage of the work; with Vázquez de Prada’s book the source base on Carlism gets broadened by new records, so far unaccounted for and not referred by any other scholar. The author should also be given credit for referring a number of documents in large and descriptive detail; to future students who might not have access to Valiente’s correspondence, the book might serve as a meta-source itself. On the other hand, one can hardly help the feeling that the work is overfocused; perhaps up to 75% of all the references point to the Valiente’s archive. Though as Jefe Delegado he was obviously the key Carlist politician of the period in question, adopting such a perspective poses serious questions as to how representative the picture painted is, given most letters quoted are either written by Valiente or by people who remained on at least correct if not straightforwardly amicable terms with him. Undoubtedly, as one of the last bulwarks of Traditionalism in the increasingly Progressist realm of Comunión Valiente seems to be a good choice as a focal point of the discourse targeting the collapse of Traditionalism. The problem with Vázquez de Prada’s book is that Valiente and his political entourage are referred as the only Traditionalist fortress. Given declared objectives of the author, this seems to be a hardly acceptable narrowing of discussion. The Traditionalists mounted their defense also beyond Valiente’s circle, e.g. in Juntas de Defensa or Baleztena-dominated Pamplonese realm, and especially beyond the orthodox Comunión, in RENACE, by remnants of the Carloctavistas, among some tending to Juanismo or Franquismo or by intellectual circles organized around various periodicals and Centro de Estudios Zumalacárregui. The result is that the book reads a bit like a political biography of Valiente during his jefatura, even though the author explored also personal archives of Manuel Fal Conde and few others Carlist figures.

The author singled out 1957-1967 as the period crucial for fate of the post-Civil War Carlism. Such a choice allows to sharpen the perspective to a fairly concise timeframe and to stay highly focused; the result is that the work is abundant in detail and very informative. On the other hand, such a choice seems controversial and debatable. The period until 1961, it is prior to Carlos Hugo settling in Madrid, appears to be just a run-up to the conflict between Traditionalists and Progressists rather than part of its most heated phase, which indeed was probably over with resignation of Valiente in 1967. Including the years of 1957-1961 would logically call for including also the years of 1968-1971, when the Progressists consumed their victory in struggle for domination in the Comunión and completed transformation of the organization into a new entity. Either the ultra-focused choice of 1962-1967 or a somewhat broader 1957-1971 perspective would seem logical; settling for 1957-1967 does not. As the border dates chosen mark also Valiente’s tenure as the Carlist leader, one is left with an even stronger impression that Vázquez de Prada’s work is rather the chronicle of his leadership.

What works to author’s advantage is that throughout all of her study she remains fairly restrained. Vázquez de Prada refrains from making audacious suggestions, drawing captivating parallels, advancing puzzling theories, pursuing intriguing speculations, drawing impressive schemes. Her narrative is balanced and unobtrusive, descriptive and very matter-of- fact. However, having closed the book one might be left with an impression that this restraint has been carried a bit too far along the way. Apart from periodization proposed, the book scarcely offers any theoretical superstructure built upon this solid descriptive and reconstructive foundation. Most of the reading is recording one episode after another and they are barely structured or analyzed to sublimate key lines of development, list major factors, draw process maps or plot principal agents on the chart defined by basic lines of conflict. It is very surprising though perhaps also telling that the work ends simply with describing circumstances of Valiente’s resignation; though one assumes that the next section to read would be a synthetic summary offering a number of conclusions, in fact there is none. The question, asked by Vázquez de Prada in the introduction, remains unanswered, at least not explicitly by the author, and a reader is left with his own thoughts. Some, including the undersigned, might find it a bit disappointing.

What makes the book a very interesting read is that the author discusses a number of episodes which were either ignored or barely noticed by other scholars. The attempt on Valiente in mid-1957, the gathering in Hendaya in late 1957, Consejo Privado session of 1962, National Council in Valle de los Caidós in late 1962, the re-appearing question of Libro Blanco, assembly in La Oliva in 1965, Primer Congreso Carlista of 1966 and a number of other events are for the first time neared in detail, possibly re-defining the historiographic vision of trajectory of transformations within the Comunión. Some readers might feel prompted to adjust their understanding of how the Traditionalists lost their grip on the organization. The undersigned tended to locate the moment when the balance of power shifted towards the Progressists in the mid-1960s, perhaps in 1965, when Zavala became head of Secretaría Técnica. Having read the study of Vázquez de Prada I consider it necessary to push this moment two years earlier, to 1963, when departure of a number of individuals combined with re- organization of party executive relegated the Traditionalists to minority position at least in the governing structures of the Comunión. On the other hand, in the Carlist history of the 1960s there are many episodes which were obscure and remain so also after the lecture of Vázquez de Prada’s recent work. Though the author a number of times discusses marginalization of Zamanillo, one still fails to understand the mechanics of the process and why the Traditionalists permitted it to happen. The stand of Massó and his entourage during 1964-1966 remains another highly unclear issue, with their motivations and objectives remaining fairly enigmatic; is it legitimate to consider the group sort of a third force, associated neither with the Traditionalists nor with the Progressists? These and other episodes will still wait for a satisfactory insight.

Final words of compliment should be directed both to the author and to the editor. Unfortunately it is not a standard in Spanish historiographic works to be accompanied by indexes, which is not the case of Vázquez de Prada’s book (though the index attached is far from perfect, e.g. Manuel Fal Conde is not listed as appearing on page 293 or Jose María Araúz de Robles on page 63). Footnotes are conveniently placed at the bottom of the page and the text is free from glaring typos. Regrettably, Roberto Gonzalo Bayod's name being miswritten a number of times as Roberto García Bayod, and a mis-typed date of 1975, referring to Carlos VII (p. 283), make a reader ask himself whether there are any less obvious glitches remaining. An interesting assortment of illustrations, few of them not published elsewhere, complete the nice experience of spending time in the company of the book, though one is left wondering whether the cover picture, being a mirror image of a photo published inside, is an editorial oversight or some sort of a hidden message on part of the author.

Arvo Jokela

viernes, 17 de febrero de 2017

Miguel Fernández Peñaflor, periodista tradicionalista

Tal día como hoy, el 17 de febrero de 1935, moría el antiguo y benemérito periodista católico, director que fue de El Correo Español, don Miguel Fernández, que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de Miguel de Peñaflor.

Nació en Murcia, en 1877, de familia conocida por sus ideas católicas. Se hizo bachiller en el Instituto de Murcia. Su vocación por el periodismo le apartó de la Facultad de Medicina de Valencia, donde estudió dos años con gran brillantez, y marchó a Murcia, dónde se consagró al periodismo, dirigiendo La Semana Católica, y alternando en sus ocupaciones como profesor de Lengua en los Colegios de Segunda enseñanza de Nuestra Señora de las Mercedes y de San Antonio.

Los éxitos de La Semana Católica convirtieron a ésta en diario, con el título de El Correo de la Noche. Allí realizó formidables campañas en favor de sus ideales, campañas que se tradujeron en la fundación de un Círculo Católico de Obreros, del que Peñaflor fue el alma, auxiliado por los profesores del Seminario Conciliar de Murcia, don Antonio Muñera y don José María Molina, y el propietario murciano don Mariano Palarea.

Después, dio multitud de conferencias en Murcia y en los pueblos de la provincia, defendiendo la Causa Tradicionalista, fundando el Círculo Carlista de Murcia y contribuyendo a la organización de la Comunión en aquella región. Su palabra fácil, brillante, elocuentísima, era oída con verdadero entusiasmo, y los murcianos le eligieron concejal de su Ayuntamiento por gran mayoría de votos. Entonces era alcalde de Murcia D. Juan de la Cierva y Peñafiel, quien, al conocer los méritos del señor Fernández, trató en muchas ocasiones de llevarlo a su campo, sin conseguirlo.

Como escritor, es seguramente el que más produjo en el campo católico. pueden contarse por más de treinta mil artículos los que salieron de su pluma. Era el maestro de muchos periodistas que después honraron con sus firmas las columnas de los periódicos católicos de España.

Cuando llegó a Madrid, fue requerido para ocupar puestos de importancia en el periodismo; pero él, que vivió siempre consagrado a la defensa de los ideales católicos, no quiso escribir más que en las publicaciones de sus ideales.

En El Correo Español Peñaflor escribió durante mucho tiempo, alternando con Eneas (Benigno Bolaños), editoriales repletos de doctrina. El marqués de Cerralbo sentía verdadera admiración por el señor Fernández, y lo nombró director del órgano del carlismo. El Correo Español alcanzó en la época en que lo dirigió don Miguel Fernández las mayores tiradas, principalmente durante la guerra europea, en la que superó en número de ejemplares a todos los diarios que se publicaban en Madrid por la tarde.

Vázquez de Mella, muy amigo suyo, quiso que Peñaflor dirigiera la segunda época de El Pensamiento Español fundado por el ilustre escritor don Francisco Navarro Villoslada. Y ese periódico lo dirigió con gran acierto desde su reaparición hasta su muerte.

También escribió mucho en El Universo, en donde sustituyó a don Juan Menéndez Pidal, como subdirector, y los últimos años de su vida dirigió la agencia de información Prensa Asociada.

A los cincuenta y ocho años, y para demostrar que todavía era capaz de mucho, emprendió la carrera de Derecho, que terminó en dos años.

El gran Juan Vázquez de Mella quería y admiraba a Peñaflor como nadie, porque sabía de sus talentos, de sus virtudes y de sus renunciaciones. Los dos grandes hombres. Mella y Peñaflor, se comprendían y estimaban en lo que valían y eran, quizá sin proponérselo, espuela mutua de sus vidas admirables.

Peñaflor, hijo preclarísimo de la luminosa vega murciana, recibió un día el encargo de sus paisanos de llevar a Mella a Murcia, como mantenedor de unos juegos florales.

—Lo que usted quiera— le respondió don Juan a Peñaflor.

Mas llegó la fecha convenida, y Mella dio en la flor de resistirse, más que llevado de la pereza, como creían los miopes, de aquella vida intensa de trabajo interior que dialogaba con su espíritu prócer y fecundísimo.

—No puedo ahora... Estoy enfermo, fatigado...
—Pero, ¿cómo? —le dijo Peñaflor con aquella rudeza de varón de hierro que era su característica— ¿Es posible que usted me deje como informal ante mis paisanos? No, no puede ser. Les he dado palabra que iría usted, y por encima de todo, como sea, entero o en pedazos, en el tren o en una espuerta, usted va a Murcia... ¡Pues no faltaba más!... 

Y Mella, que en estos menesteres era capricho y débil como un niño, fue a Murcia.

Le acompañó Peñaflor, que por el camino le iba diciéndole:

—No crea usted, querido don Juan que con venir a Murcia está todo hecho. Es necesario que usted se supere a sí mismo, que los arrastre, que los ponga de pie en las butacas. De lo contrario, habrá usted fracasado en Murcia, que es tierra de poetas y de oradores insignes.
—Y ¿qué? —le preguntaron a Peñaflor con la curiosidad en carne viva— ¿Qué pasó?
—Pues que antes de los cinco minutos los murcianos estaban de pie, enloquecidos, magnetizados, por la elocuencia maravillosa del gran tribuno.

Tal fue, a grandes rasgos, la vida del insigne periodista católico, Miguel Fernández Peñaflor. Antes de morir, pidió que le administraran los Santos Sacramentos, que recibió con verdadera unción, y en sus últimos momentos, rodeado de su esposa y de sus hijos, no pensaba más que en recomendar a los suyos la defensa de sus cristianos ideales.

Momentos antes de morir, después de rezar fervorosamente el Rosario, sus labios pronunciaron esta frase, que habla con más elocuencia que muchos discursos: «Aprended, hijos míos, a morir cristianamente».

Fuentes:
El Siglo Futuro (17/02/1935)
La Lectura Dominical (23/03/1935)

martes, 31 de enero de 2017

Los últimos de Filipinas

«Los últimos de Filipinas», la original, dirigida en 1945 por Antonio Román, con un gran elenco de actores, es una bella película, de factura impecable, que está por lo menos a la altura de las grandes superproducciones estadounidenses de la época.

Sirve como antídoto contra la pésima película del mismo título dirigida por Salvador Calvo en 2016, film ridículo y panfletario, contra España y de espaldas a la historia. Apoyado y subvencionado, por supuesto, por el Gobierno del PP y por los grandes consorcios mediáticos.

Tomado de la Agencia FARO



LOS SOLDADOS DE BALER

No decimos los héroes, á cosa hecha. Soldados eran cuando se defendieron como tales; soldados duros, inconmovibles ante el empuje del enemigo; soldados en toda la extensión de la palabra; soldados como lo fueron todos los españoles mandados por jefes como don Juan de Austria, Roger de Lauria, Gonzalo de Córdova, el duque de Alba, Reding, Álvarez, el Empecinado y Mina.

Soldados que creían en la honra nacional, cuando aguantaron asedio estrechísimo, cuando se defendieron, en tanto que los otros capitulaban; soldados de verdad; pues, sin esperar ajeno auxilio, abandonados de todos, menos de la fe que alentaba en sus corazones, supieron demostrar que el indomable espíritu que anima nuestra raza, dormita tal vez unos momentos, pero no se extingue, no muere, no acaba.

Miente ó se engaña quien afirma que el espíritu no doma ni moldea la carne. Hemos visto en Francia, los últimos supervivientes de la famosa carga de Reichschoffen; hemos visto en España, al héroe de las Tunas, á los voluntarios catalanes que combatieron en Tetuán y en Wad-Ras á las órdenes de Prim. Sobre todas aquellas caras bronceadas, fulguraba y fulgura una luz que no ilumina las facciones de los demás soldados. Los cuerpos se yerguen con mayor gallardía, las frentes se levantan con mayor dignidad. Es que todos aquellos hombres han recibido el bautismo de gloria; es que todos han visto la muerte cara á cara. Y así como el fuego deja una marca indeleble sobre cuanto toca, así también la gloria y la muerte imprimen un indeleble sello sobre sus elegidos.




Ved sus rostros morenos, curtidos por la intemperie, atezados por la flameante hoguera del sol de los trópicos; ved su continente marcial, la firmeza de sus movimientos, la rapidez y energía del gesto, la mirada fija, serena, dura, sostenida; esa mirada que doma á los felinos, que hace retroceder á los otros hombres; ved la inmovilidad de las facciones, petrificadas por el peligro continuo; mirad uno por uno á esos hombres, y, al advertir su continente reposado y decidido á un tiempo, su apostura gallarda, os explicaréis su conducta heróica, diréis: «Esos son los héroes de Baler; esos, esos solamente son los soldados de España.»

Merced á su titánico arrojo, nuestro pabellón ondeaba aún en Filipinas once meses después de haber capitulado Manila.

Sitiados por los tagalos en Baler, pueblecillo en la costa oriental de la Isla de Luzón, resistieron cerca de un año, desde el convento que les servía de fuerte, las agresiones constantes de sus feroces enemigos; y sólo cuando, faltos de salud, víveres y municiones, se vieron imposibilitados en absoluto de defenderse, aceptaron una capitulación gloriosa, con todos los honores de guerra. Una escolta de honor, formada por sus mismos contrarios, les acompañó hasta las puertas de la capital, en donde fueron recibidos por los victoriosos yankees con vítores y palmas.

Cuando todos los muros se cuartean, cuando todo se hunde, cuando la desolación y la ruina anonadan todo lo fuerte y todo lo inconmovible, saludemos con respeto, con religioso respeto, á ese puñado de valientes que quizá algún día se convierta en legión; descubrámonos á su paso, y digamos una vez más, con entusiasmo, con orgullo: «¡Estos son los soldados de España! ¡estos son hombres!»

ÁLBUM SALÓN (Barcelona, 1.º de marzo de 1899)

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