Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón

Órgano del Círculo Tradicionalista General Carlos Calderón leal a S.A.R. el Duque de Aranjuez Don Sixto Enrique de Borbón y al ideario católico-monárquico.
DIOS-PATRIA-REY

martes, 4 de abril de 2017

Reseña a la Biblioteca Literaria Carlista

Reseña a la Biblioteca Literaria Carlista.




Hace un par de semanas, se terminó en este blog de dar forma definitiva a una Biblioteca Literaria Carlista en la que se han incluido a numerosos autores que militaron en el carlismo durante toda su vida o una parte importante de su vida y en cuyas obras encontramos características comunes con el carlismo. También se ha incluido una sección anexa de autores no carlistas en la misma página, Literatura Tradicionalista, cuyos autores más importantes ya se abordaron hace una semana, además de otros autores que se han añadido y se irán añadiendo con posterioridad.

La principal de las características de la literatura tradicionalista es la importancia de la religión católica, pero también la defensa de lo regional, que se traduce en el gusto por la descripción de las costumbres locales en novelas costumbristas y naturalistas, y a menudo en la defensa de la lengua regional; destacando Pereda en el interés por la lengua montañesa, Pardo Bazán en la reivindicación del gallego y Marián Vayreda en la reivindicación del catalanismo político, siempre desde una órbita tradicionalista.

Nuestra Biblioteca se halla encabezada por los principales autores de la literatura carlista: Ramón María del Valle-Inclán, José María de Pereda, Francisco Navarro Villoslada y Marián Vayreda; cuyas obras se ha buscado organizar en función de su importancia o su interés, con la salvedad de Julio Nombela, cuya extensa producción hace difícil la priorización de sus obras.

Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) dio al mundo de la literatura al personaje carlista por excelencia: el marqués de Bradomín, un don juan «feo, católico y sentimental», que protagoniza las Sonatas de Primavera, de Estío, de Otoño y de Invierno (1902-1905), que tiene lugar en plena Tercera Guerra Carlista; y reivindicaría el carlismo en su serie de La Guerra Carlista (1908-1909). Dentro de la literatura general, Valle-Inclán es recordado también por ser su Tirano Banderas (1926) antecedente de las novelas de dictador y por inaugurar el género del esperpento con Luces de Bohemia (1920). Pereda fue uno de los máximos exponentes del realismo y el costumbrismo y es considerado el creador del género de la novela regional. Son muy importantes para la literatura carlista sus novelas de tesis. La Punyalada (1904) de Marián Vayreda (no hemos sido capaces de encontrar una edición digital de sus obras en castellano) es considerada una de las obras más importantes de la literatura de la Reanixença catalana y una de las máximas novelas de la literatura realista. Aunque Vayreda (1855-1903) abandonó el carlismo en 1896 por el catalanismo, éste seguirá muy influenciado por el tradicionalismo, especialmente en la época en la que sus discrepancias con los catalanistas republicanos y laicistas serán mayores. En este período escribe sus Records de la darrera Carlinada (1898) y Sang Nova (1899), una novela de tesis sobre el catalanismo.

Hemos relegado a Emilia Pardo Bazán (1851-1921) a un plano menor al que correspondería por la importancia y extensión de su obra a causa de la poca extensión de su período de militancia carlista, que según Xosé Ramón Barreiro se extendería hasta 1887 —si bien coincide cronológicamente con la serie que forman Los Pazos de Ulloa (1886) y La Madre Naturaleza (1887), considerada su obra maestra— y por su vida posterior poco ejemplar, tras la separación de su marido y las infidelidades hacia su amante el liberal Benito Pérez Galdós. A pesar de ello, es preciso reconocer la importancia de su extensa obra, siendo ella la introductora del naturalismo en España, que incluyen cuentos, relatos cortos, numerosos libros de viajes (en uno de los cuales, Mi romería, dedica el epílogo a describir al rey Carlos VII), diversas biografías, incluyendo las de Cortés y Pizarro, e importantes ensayos, destacando la cuestión palpitante (muy polémico) y tres tomos de la literatura francesa moderna.

En esta literatura encontramos el interés por las costumbres plasmado en forma de la novela costumbrista y realista. Se destaca los Pazos de Ulloa (1886) y Madre Naturaleza (1887) de Emilia Pardo Bazán y Escenas montañesas (1864), Tipos y paisajes (1871), Tipos trashumantes (1888) y Peñas Arriba (1896) de Pereda.

La importancia del catolicismo, aparte de la que tendrá en Pardo Bazán y su concepción particular (entiéndase: católica) del naturalismo, nos la encontramos en las obras de tesis de dos autores: José María de Pereda (1833-1906) y Manuel de Tamayo y Baus (1829-1898). Pereda escribiría A buey suelto (1888) para defender la indisolubilidad del matrimonio, y De tal palo, tal astilla (1880) para criticar la libertad de cultos; Manuel de Tamayo y Baus dedicaría exclusivamente sus obras a una finalidad moralizante y a atacar la pérdida de los valores tradicionales a partir de 1856 con La bola de nieve (1856), critica los celos con Lances de honor (1863), los duelos y el materialismo y el afán de lucro con Lo positivo (1862) y una diversidad de temas (infidelidad, amor imposible, honor...) en Un drama nuevo (1867).

sábado, 1 de abril de 2017

CX aniversario de Ramón Nocedal y Romea

Ramón Nocedal Romea (Madrid, 1842-1907)
Pocas veces será tan aplicable y exacto el conocido dicho de «de tal palo tal astilla» como en el caso, y valga la aplicación, de Ramón Nocedal. Hijo de don Cándido Nocedal, el gigantesco político y gran orador que durante varios años, y hasta su muerte, rigiera el partido carlista, no puede extrañar que heredara las excelsas cualidades que en tan elevado grado brillaran en su padre. Tuvo buena escuela y supo sacar provecho de ella.

Formado en el culto de la verdad religiosa y en el amor de los principios tradicionales, comenzó su experiencia política al lado de su padre, en la brillante minoría tradicionalista que él acaudillara en las Cortes de 1871. Ajenos estaban los prohombres de los partidos liberales que se turnaban en el juego del poder, cuando eran incesantemente fustigados por el verbo irresistible y la poderosa argumentación de don Cándido Nocedal, que éste habría de supervivirse de forma tan adecuada y exacta en el terreno de la lucha política.

Murió don Cándido, pero si el enemigo equivocadamente respiró a su muerte, poco le duró el respiro. Porque con la muerte de don Cándido Nocedal no calló su voz, ni mucho menos murieron las doctrinas y principios que tan celosamente defendió en vida. En el progreso hereditario que, como tan acertadamente la definiera Mella, es la Tradición, poco importa la contingencia y brevedad de una vida. Los hombres mueren, pero los principios viven, y por encima de las contingencias personales, el caudaloso río de la Tradición española sigue y seguirá su curso, fluyendo intacto e incontaminado, cada día más limpio y clarificado, hasta el fin de los tiempos, cuyo secreto profundo sólo Dios posee.

Pero si la Tradición no muere, porque es historia viva que arranca del pasado, se perfecciona en el presente y prolonga en el futuro, cabría que una generación infiel —revolucionaria— tratara y aun consiguiera romper momentáneamente su fluir histórico, abandonando su servicio y traicionando con una sustitución,, a base de doctrinas exóticas y heterodoxas, al ser del país que ella constituye. Esto intentó hacer el liberalismo en España y esto fue lo que ni siquiera momentánea ni circunstancilamente consiguió. Porque la Tradición española, aunque traicionada por unos y abandonada por otros, no quedó rota ni falta de seguidores y defensores. El Carlismo la recogió y, haciéndose depositario de ella, la defendió contra doctrinas extrañas y la conservó al día, perfeccionándola con el talento de sus hombres y fecundándola con la sangre de sus mártires, para esperanza y salvación de España.

Pero si la Tradición española encontró en el Carlismo el eslabón preciso para no romperse ni perderse, si gracias a él ha podido guardarse su esencia y continuarse ininterrumpidamente su desarrollo histórico, merece señalarse, dentro de ella, esa supervivencia personal que he indicado al referirme a la muerte de don Cándido Nocedal.


Si las doctrinas tradicionales no murieron porque no podían morir, y ahí estaba el partido carlista para evitarlo, tampoco desapareció del panorama político español, a su muerte, la egregia figura de don Cándido.

Su voz no calló. Esa voz que provocara crisis en los gobiernos liberales y que tan valientemente atacara sus errores y extravíos, continuó resonando, en el Parlamento unas veces, y en los campos y ciudades de España otras, porque otro Nocedal, hechura fiel del primero, continuó, continua y constantemente, encargado de que no se apagaran sus ecos.

Cándido y Ramón Nocedal, dos nombres y un solo apellido, al servicio de un mismo Ideal. Y en esta fusión de personalidades y de ejecutorias en el cumplimiento de una misma y sagrada tarea, está contenido cuanto en explicación y elogio de ambos pueda decirse. Pues para ninguno de ellos cabe mayor elogio que el decir sencillamente que fue padre de tal hijo e hijo de tal padre.

Cándido Nocedal y Rodríguez de la Flor 
(La Coruña, 1821 - Madrid, 1885)

Con lo anterior queda ya implícitamente dicho que Ramón Nocedal y Romea dedicó su vida entera y exclusivamente al servicio de los ideales tradicionalistas que su padre le inculcara y defendiera.

Por ellos renunció a honores, posibilidades sociales y políticas, aficiones particulares y satisfacciones personales. Por ellos también sufrió toda clase de persecuciones y padeció afrentas, intrigas, calumnias e injusticias continuadas. No interesa su inventario, pero sí destacar cómo, en medio de ese mar de adversidades, permaneció siempre entero, erguido y firme, sin claudicar ni acobardarse, clamando incesantemente la verdad y luchando en su defensa hasta llegar a ser un ejemplo digno de ser seguido por las generaciones venideras.


Sus dotes personales eran verdaderamente extraordinarias. Poseía un gran talento histórico-crítico y una maravillosa capacidad de síntesis, evidenciadas en sus apuntes y escritos históricos, y constantemente presentes en sus discursos políticos.

Como orador, sorprenden su facilidad y elocuencia. Hablaba con sencillez cuando de cuestiones sencillas se trataba, y con gran calor, vehemencia y entusiasmo, cuando se proponía llevar al auditorio la fe en sus convicciones y creencias. Y siempre, con gran claridad y elegancia.

En todos sus escritos y discursos se manifiesta una lógica férrea, aguda y sutil. Sus razonamientos son siempre claros y sólidos: acorrala al adversario y le reduce a la impotencia descubriendo sus puntos débiles con fina perspicacia y asestando en ellos los golpes irresistibles de sus argumentos. Esto le hacía un polemista terrible y peligroso, tanto más, cuanto que a su perspicacia y dialéctica razonadora se unían una fina ironía y una profunda intención para confundir al enemigo y ponerle en evidencia.

Contestaba las interrupciones parlamentarias con gran serenidad y frases concisas. Profundo, ardoroso y acometedor siempre, conforme fue adquiriendo experiencia sus magníficas dotes se fueron perfeccionando hasta hacerse un orador intencionado, experto, extraordinariamente eficaz y mortífero en los ataques, a la par que cauto para no dejarse envolver ni caer en las trampas dialécticas de sus enemigos. Esto le hizo brillar con luz propia en Parlamentos en los que figuraban oradores de la talla de Cánovas, Canalejas, Salmerón, Silvela, Sagasta y Maura, con los cuales contendió ventajosamente en innúmeras ocasiones.

Cualidad suya permanente fue la de ser siempre correcto y prudente, aun en sus más claras y duras intervenciones parlamentarias. Respetuoso con las personas, supo siempre decirles las verdades precisas sin ofenderlas y jamás transigió con sus errores, ni con las doctrinas revolucionarias, las defendiera quien las defendiera.


Fundó, con la cooperación de su padre, «El Siglo Futuro» y continuó en el Parlamento varias campañas que él iniciara. Poseedor de una solidísima formación religiosa y política, se constituyó en incansable defensor de los vejados derechos de la Iglesia y de las doctrinas tradicionales españolas.

Motivo constante de sus actuaciones fueron la crítica de las medidas antirreligiosas y antitradicionales de los gobiernos liberales, y continuamente, con fe de iluminado y valentía heroica, expuso ante auditorios muchas veces hostiles y enemigos las verdades salvadoras que él había recogido de la religión católica y de la tradición española. Como dice don Agustín González de Amezúa en el prólogo a uno de los volúmenes de sus «Obras Completas» por él recopiladas, podrá haber sido llamado con toda justicia «procurador en Cortes por la Iglesia». Y las campañas políticas hicieron a su vez de él el más genuino defensor de los fueros y libertades de las sociedades infrasoberanas.


Mucho se ha especulado sobre los acontecimientos que le colocaron fuera de la disciplina carlista y le llevaron a fundar el Partido Católico Nacional, más corrientemente conocido por «integrista», en el que continuó defendiendo, en todos los campos, los principios tradicionales y las doctrinas que recibiera de su padre y del partido carlista.

No interesa ahondar en esta cuestión, zanjada ya por el tiempo, con la natural fusión y vuelta del integrismo a la Comunión Tradicionalista. Por encima de hechos lamentables y de contingencias circunstanciales, carlismo e integrismo lucharon por los mismos principios y contribuyeron a salvar las mismas doctrinas y, desaparecidas las causas que determinaron su separación, se encontraron otra vez juntos en la misma disciplina. Cabe, pues, olvidar esta riña de hermanos, y a la luz de la doctrina, que es lo eterno, por encima de los hechos accidentales, considerar a Ramón Nocedal, ahora, en 1951, como un tradicionalista carlista de siempre, y de los que, de forma destacada, han contribuido en grado máximo a la salvación de la Tradición española y a este vigor actual del Carlismo español, tan magníficamente evidenciado en el florecer de boinas rojas de 1936.

Con este criterio he preparado esta antología y por eso, bajo el epígrafe de «Carlismo», figuran unos textos que, si directamente se refieren al partido integrista, por su sentido y alcance convienen también exactamente al Carlismo, y sobre él habrían sido pronunciadas por s autor de no haberse producido los acontecimientos que determinaron el nacimiento del Partido Católico Nacional.


El pensamiento de Ramón Nocedal fue rico en concepciones y exacto en su expresión. Con intuición profunda descubrió las raíces de los males que aquejaban a España y con claridad meridiana, y con machacona insistencia, expuso las soluciones a ellos. Sus palabras —así cuando anunció la muerte de los partidos liberales y la ruina a que llevarían a España—, muchas veces resultaron proféticas. Y siempre, claras y luminosas para calar en el alma de España y guiar los pasos de quienes buscan la verdad política. Por eso, a los cuarenta y cuatro años de su muerte, conservan todo su interés y viva actualidad y serán, sin duda, sumamente provechosas para los lectores actuales que se preocupan por los problemas políticos.


Del preliminar de la Antología de Ramón Nocedal Romea, preparada por Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo, Editorial Tradicionalista, Madrid 1952, pp. 7-14.

lunes, 27 de marzo de 2017

Un trío de excepción: Chesterton, Castellani y Tolkien

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La importancia de estos autores para la cultura católica contemporánea y para el mundo tradicionalista y anti-liberal nos obliga a incluir en nuestra Biblioteca de Literatura Tradicionalista un apartado especial para tres autores a los que todo carlista le deberían resultar familiares, si no sus obras, al menos sus nombres: Gilbert Keith Chesterton, Leonardo Luis de Castellani y John Ronald Reuel Tolkien. Estos tres autores se caracterizan por la profunda impronta religiosa de sus obras, en las que además encontramos ataques, más sutiles o más explícitos, al mundo moderno y a todo lo que supone.

G. K. Chesterton (1874-1936) fue un agnóstico convertido a la fe católica, que reflejaría profundamente en sus obras y a la que daría una interpretación original, cuyas principales ideas reflejaría en sus ensayos Herejes (1905) y Ortodoxia (1908), su continuación, considerada un clásico en apologética. También contribuiría decisivamente al Distributismo, cuyas ideas sintetizaría en sus ensayos Lo que está mal en el mundo (1911) y la más importante, Esbozo de Sensatez (1927).

Escribió una prolífica obra en la que se cuentan casi un centenar de novelas, cientos de poemas y de cuentos cortos y miles de ensayos. Cultivó numerosos temas entre los que se cuentan la apologética, la política y la historia, escribiendo una biografía de Santo Tomás de Aquino (1933) y de San Francisco de Asís (1925), y una historia de la humanidad titulada El hombre Eterno (1925). Su personaje más popular es el Padre Brown, un sacerdote católico protagonista de cuentos detectivescos recopilados en el Cándor del Padre Brown (1911), la Sabiduría del Padre Brown (1914), la Incredulidad del Padre Brown (1926), el Secreto del Padre Brown (1927) y el Escándalo del Padre Brown (1935).

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«Soy un hombre, y por lo tanto tengo los demonios dentro de mi corazón».
Padre Brown. El martillo de Dios.

El padre Leonardo Castellani (1899-1981) fue un sacerdote jesuita expulsado de la Compañía de Jesús en 1949. Es uno de los mayores referentes en Argentina del llamado nacionalismo católico y del catolicismo anti-liberal. Al igual que Chesterton, escribió cientos de artículos periodísticos de temática política, social, crítica literaria..., de los que recientemente Juan Manuel de Prada ha publicado una antología denominada Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI (2006); sin embargo el género que más cultivó fue el ensayo de múltiples temáticas, principalmente religiosa (¿Cristo vuelve o no vuelve?, el Evangelio de Jesucristo, El Apokalypsis de San Juan...), filosófica (San Agustín y nosotros, de Kierkegard a Santo Tomás de Aquino, Comentarios a la Summa Teológica...) y psicológica (Freud, Psicología Humana...) y política, como la colección de relatos satíricos el Nuevo Gobierno de Sancho (1942). Cultivó también la poesía, dejándonos su Libro de Oraciones (1951) y La muerte de Martín Ferro (1953). En ficción fue uno de los introductores del cuento policial en Argentina con Las nueve muertes del Padre Meri (1942) y el Crimen de Ducadelia y otros cuentos del trío (1959). En el género novelesco destacan Su Majestad Dulcinea (1956) y la futurística Juan XXIII (XXIV), donde noveló sus preocupaciones espirituales.

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Dios no nos pedirá cuentas por las batallas ganadas, 
sino por las cicatrices en la lucha. Leonardo Luis de Castellani

J. R. R. Tolkien fue un escritor profundamente católico dedicado a la fantasía y a la épica que creó una amplia mitología alrededor de su universo literario, a la cual dotó de una amplia y profunda simbología religiosa, adoptada en forma de alegoría. En su simbología se destaca el Anillo Único, Sauron y Gollum, representando al Mal y a sus diversas formas (Tentación, Diablo y Egoísmo), o a Gandalf representando al Papado, en el plano político de la novela, y la Resurrección (transformándose de Gandalf el Gris a Gandalf el Blanco tras su aparente muerte).

Buena parte de su obra está orientada al Universo del Señor de los Anillos, siendo las más importantes (aparte de El Hobbit y el Señor de los Anillos) el Silmarillión (1977) y la Historia de la Tierra Media (1983-1996), una extensa obra de 13 volúmenes que recopila todo el material del Señor de los Anillos, ambas recopilaciones en las que trabajo durante toda su vida. Sin embargo, también escribiría otras obras no relacionadas con el Señor de los Anillos: los poemas El viaje de Eärendel, La estrella vespertina (1914), El regreso de Beorhtnorth, hijo de Beorhthelm (1953), de tipo histórico y la colección de poemas Las aventuras de Tom Bombadil y otros poemas de El Libro Rojo (1962), si bien los dos primeros poemas están relacionados con el Señor de los Anillos, por petición de su tía de escribir una obra sobre Tom Bombadil, un personaje de El Hobbit.

Las principales obras de Tolkien son El Hobbit (1937), y el Señor de los Anillos (1954-1955), que originalmente iba a ser la continuación de El Hobbit, pero acabaría adquiriendo mayor importancia, siendo necesario dividirlo en seis libros y tres volúmenes (dos libros por volumen) debido a su gran extensión. Estas obras son para los lectores carlistas de más obligada lectura incluso que cualquiera de los de la Biblioteca Literaria Carlista, pues el tópico del rey exiliado y la esperanza de la restauración de su monarquía y de la instauración de un orden social cristiano, traducido en un estado orgánico y la mayor importancia del pequeño propietario, es una parte vital de la simbología católica que también se refleja en estas obras, encarnado en el rey Aragorn y en Thorin Escudo de Roble, que salen al final de éstas salen victoriosos satisfaciendo esas esperanzas. Con Thorin Escudo de Roble, uno de los personajes principales de El Hobbit es más fácil identificar con el rey carlista y su causa (aunque probablemente miguelistas, legitimistas franceses y jacobitas también se vean reflejados en su Causa); así, mientras Thorin es Don Carlos, cuyos vasallos se han repartido por el Orbe en el destierro de su patria, y la Compañía son los Carlistas activos que forman parte del Partido o Comunión, el malvado dragón Smaug, que derrocó a los reyes enanos, conquistó el próspero reino de la Montaña y aniquiló a buena parte de su población, representaría al liberalismo.

Todo esto, unido algunos detalles que el lector carlista podría identificar fácilmente con el carácter español, como el tópico de que los españoles somos de baja estatura, el prototipo del hidalgo español y la caballerosidad formal de los enanos, o el gusto por la fiesta y el banquete de españoles y enanos, hace fácil identificarse en la novela con los enanos pueden provocarle una mayor emotividad al relato, pudiendo emocionarse o llegar casi al borde de las lágrimas en ciertos pasajes, como el interrumpido discurso de Thorin, relativo a la recuperación del Reino.

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Thorin, Escudo de Roble en La desolación de Smaug, segunda parte de la adaptación de la novela el Hobbit.
Exiliado del Reino de la Montaña junto a su padre y a su abuelo, destronado por el dragón Smaug, guarda paralelismos evidentes con los reyes carlistas, especialmente con Carlos V, por su fuerte sentido de la realeza y por su carácter duro.

viernes, 24 de marzo de 2017

Doctrina carlista sobre el problema social, los principios tributarios y el militarismo

El problema social 

Las prevenciones y resoluciones de las denominadas cuestiones sociales las entendemos de tal suerte que sea, en general, la Sociedad misma —no el Estado— la que tome a su cargo el asunto, siguiendo en esto el camino de luz que trazó León XIII en la inmortal Encíclica Rerum Novarum. Por esto rechazamos y combatimos las absurdas propagandas que provocan las luchas de clases y propugnamos la armonía de todos los elementos de la producción como fuente fecunda del bienestar social. Por esto protestamos también del irritante intervencionismo de los Gobiernos, que intentan crear un corporativismo artificioso, complicado e infecundo, además de caro y fomentador de parásitos empleados innumerables, para conjurar los conflictos entre capital y trabajo.

Si como base firme de toda la organización natural, empezamos estableciendo el verdadero censo corporativo por la corporación misma, siempre abierto al individuo y a la clase, tendremos la realidad de los componentes y no la injusticia de la intervención abusiva socialista en los organismos oficialmente formados a título absurdo de mayoritismo ficticio, y, aunque fuera cierto, en perjuicio de sectores de trabajo dignos de representación.

Principios tributarios

Esencialísimo el orden económico y hacendístico para la prosperidad material de la Nación, ansiamos acreditar que no admitimos el subversivo principio socialista de que el Estado tiene derecho a participar de las utilidades de la riqueza y del trabajo de los ciudadanos —como dijo la Dictadura fenecida— sino que todos tienen el deber de cooperar al levantamiento de las cargas públicas en proporción a su respectivo haber, lo cual no es lo mismo, porque en lo primero se condensa todo el intervencionismo y ambición del Fisco, y en lo segundo toda la obligación, pero armada de facultad de impedir que el Estado se considere dueño y señor de las fortunas privadas e investigador inquieto de lo más íntimo y espiritual.

El militarismo

Debemos apuntar algo sobre el militarismo, temido por muchos, aunque no por los tradicionalistas, ya que lo previenen y resuelven estableciendo el servicio militar voluntario o profesional y la instrucción militar obligatoria, con lo cual el ahorro del Tesoro es incalculable y el de personal y material guerrero también, demostrando así nuestro espíritu pacifista y nuestro propósito de común defensa de la Patria como soldados y obreros y, a la vez, favorecemos la restitución de brazos a los oficios manuales y culturales. La reorganización de la Milicia debería ejecutarse sobre el fundamento de la interior satisfacción especial de los diversos Cuerpos armados en armonía perfecta con la unidad esencial, de mando en operaciones y sin gravamen económico ni moral para la Patria, como era de esperar del alto deber de los interesados.


Sentados: Sres. Conde de Arana, Marqués de Villores, Juan M. Roma y Lorenzo Sáenz.
De pie: Sres. Tomás Blanco Cicerón, Luciano E. Polo, Lorenzo de Cura y Conde de Rodezno

Tomado de las Doctrinas y anhelos de la Comunión tradicionalista (El Cruzado Español, 23 de mayo de 1930)

Firmantes: Marqués de Villores, Secretario general político en España de S. M. Don Jaime de Borbón, por el antiguo Reino de Valencia. — Conde de Arana, por el Señorío de Vizcaya. — Lorenzo Sáenz Fernández, por Castilla la Nueva. — Luciano Esteban Polo, por el antiguo Reino de León. — Juan María Roma, por el Consejo regional de Cataluña. — Lorenzo de Cura y Pérez Caballero, por Castilla la Vieja. — Conde de Rodezno, Joaquín Beunza, por la Junta regional de Navarra. — Tomás Blanco Cicerón, por el antiguo Reino de Galicia. — Sancho Arias de Velasco, por Asturias. — Antonio de Echave-Sustaeta, por Álava. — Francisco Guerrero Vílchez, por Granada. — José María Bellido Rubio, por Jaén. — Ildefonso Porras Rubio, por Córdoba.

domingo, 19 de marzo de 2017

Tradición y Antitradición (en la fiesta de San José)



En la historia de la divina Infancia de Jesús —período histórico que, como observan los expositores, en el Evangelio de San Lucas tiene por centro a la Inmaculada y en el Evangelio de San Mateo tiene por centro a San José— vemos cómo se encuentran y luchan la TRADICIÓN, la más augusta de las tradiciones, la de la esperanza en el Mesías, y la ANTITRADICIÓN, la más impía de las antitradiciones.

La Antitradición la representa Herodes. Este idumeo, «medio judío», como Josefo le llama, combate la Tradición de todos modos; pero la combate singularmente de un modo especial que consiste en dar a la lucha aspecto de conciliación. Por ejemplo: sintiéndose émulo de la gloria de Salomón, acomete la reconstrucción del Templo, en lo que se muestra amante de la Tradición y con lo que satisface a muchos creyentes. Pero tiene la audacia de colocar sobre la puerta principal del Santuario el águila de oro, símbolo del Imperio, como el águila de plata, con su haz de rayos de oro en las garras, había sido el símbolo de la República de Roma. El águila de oro era también un ídolo que, en tiempos de paz, veneraban los romanos en una capilla próxima al pretorio... Pretendió infelizmente conciliar la Tradición con la Antitradición, dando al César lo que es de Dios.

Esta conciliación provocó sangrientos tumultos que él castigó con mortandad horrible, no sin quemar vivos a los cabecillas. Nada ganaba con esto la Tradición. La Antitradición se llevó todas las ganancias. Por este camino se llegó a la vaticinada «abominación de la desolación», y a aquellos horrores de aquella ruina de Jerusalén que mucho antes de sobrevenir arrancaron de Jesús las lágrimas del flevit super illam.

La Tradición la representa San José. Para demostrar que el mesianismo de Jesús es el verdadero mesianismo, los evangelistas prueban que es el mesianismo tradicional; el de la ley y los profetas que en Jesucristo se cumplen. Y remachando este argumento tradicional, exhiben la genealogía de Jesús según la generación temporal. San Mateo cuenta catorce generaciones desde Abrahán hasta David; otras catorce desde David hasta la transmigración de Babilonia; otras catorce desde la transmigración de Babilonia hasta Jesucristo. Esta genealogía acaba así: «Y Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús.» Aquí es San José el representante de la Tradición, y el que da nobleza y realeza davídica al Verbo humanado.

Jamás se ve que el Patriarca de la Sagrada Familia intente conciliar la Tradición que representa con la Antitradición. Pero defiende y mantiene esa Tradición de manera que así como, mediante la conciliación lograba Herodes que la Antitradición ganara, así ganaba sin conciliaciones la Tradición, a quien la Antitradición servía cooperando a sus triunfos.

La Antitradición es el poder romano que ordena el empadronamiento. Para empadronarse tenían que ir a Belén los de la Casa de David. Aquel empadronamiento sirve para que a los ojos de todas las generaciones resalte el hecho tradicional de la descendencia davídica de Jesús, que nace en Belén adonde ha ido José a empadronarse como descendiente de David. La Antitradición que es Herodes principalmente, pone en fuga a la Sagrada Familia; la persecución servirá para que a los ojos de todas las generaciones resalte el cumplimiento del vaticinio mesiánico: «de Egipto te llamé». De regreso a la patria, José no residirá dentro de la jurisdicción en que impera, heredada por Arquelao, la política de Herodes; esto servirá para que resida en Nazaret y se cumpla el vaticinio que presenta al Mesías como nazareno. Por este camino la Tradición va de triunfo en triunfo, cooperando la Antitradición, con quien no hay contubernio. Es verdad que la Tradición tendrá que ir al Calvario. Pero es que en el Calvario es la Redención. Si no fuera al Calvario no sería la Tradición...

Hemos esbozado una de las infinitas razones que movieron a nuestros mayores a proclamar patrono de los defensores de la Tradición española a San José...

FABIO

El Siglo Futuro (19 de marzo de 1935)

viernes, 10 de marzo de 2017

El General "NO IMPORTA"

Por D. Juan Vázquez de Mella

El general Cabrera rompe el cerco de Morella, obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Es la perseverancia la virtud del héroe, y la resignación en el infortunio la del mártir.

Constancia en el combate para no rendirse, y sublime paciencia en la desgracia para no ir por el camino de la desesperación a la locura o a la vileza, son grandezas del alma que brotan del sacrificio, fuente inexhausta de las bellezas morales. Y el sacrificio supone el imperio de la voluntad sobre las solicitaciones de la concupiscencia y la idea luminosa del deber sojuzgando al entendimiento, y las dos cosas juntas una energía irresistible que hace de la vida un dilema entre el honor o la muerte.

Ni la victoria colma nuestros anhelos, ni la desgracia rinde con la postración del desastre nuestras fuerzas.

España, que, paladín armado del derecho, ha salvado en una cruzada, siete veces secular, la civilización universal del simoun de los desiertos africanos; y en las contiendas de este siglo, luchando cuerpo a cuerpo con la revolución, ha demostrado que será, en la nueva edad que ya comienza, la Covadonga de Europa.

Nuestro pueblo hace de la desgracia el escabel de la fortuna, y de la derrota el pedestal de la victoria.

Por eso, al conmemorar a nuestros mártires y a nuestros héroes, sería la mayor de las injusticias no celebrar la memoria del más grande de los héroes y los mártires, del que resume y condensa así toda nuestra historia y compendia en su nombre, que significa la firmeza del triunfo y el desprecio de la muerte, lodos los rasgos de nuestro carácter, el sublime general NO IMPORTA, emblema de nuestra raza.

El joven Príncipe que después se llamó Carlos V, oponiendo a Napoleón, en el castillo de Marrac, el non possumus del honor en medio de la debilidad y vileza de Carlos IV y Fernando VII, se yergue, al lado de los que cayeron en el Parque y entre los escombros de Zaragoza, como una de las figuras más hermosas, que el odio político ha tratado de cubrir con el velo del silencio, en ese cuadro portentoso que iluminan las descargas del 2 de mayo, las bombas de Gerona y las estrellas arrancadas al cielo de la victoria en Arapiles y Bailén.

Desde el héroe de Arquijas hasta los mártires de Abanto, en las ondas de ese río de sangre generosa que socava los muros del agrietado alcázar revolucionario, se oye, como un murmullo solemne que parece la voz de la Patria, el perpetuo NO IMPORTA español que nos recuerda el deber de no rendirnos nunca al infortunio y alzar altivos la frente en las horas de las grandes tristezas nacionales, recordando las magnificencias del pasado, para salir de las desgracias del presente, fijos siempre los ojos en aquella Bandera que ondeará con su lema glorioso, cifra de nuestros amores y de nuestras esperanzas, sobre los trofeos de la victoria el día en que, aplacada la justicia de Dios con la penitencia, podamos recoger el galardón de tantos sacrificios como aun en este siglo ha ofrecido el gran héroe y el gran mártir, el general NO IMPORTA, oponiendo su pecho a la metralla para que no llegara hasta el altar.

Artículo publicado en El Correo Español el 10 de marzo de 1905, reproducido por El Requeté (Buenos Aires, 1 de marzo de 1939)

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